Hoy

Hay días como hoy, con tanto diluvio de economistas del apocalipsis,  en los que uno echa de menos el perfume a almendras garrapiñadas o los caballitos y los guardias de tráfico con casco de bacinilla; el nordeste de verano de hace cuarenta años que traía olor a bronceador de coco y barquillos en la escalera trece, el olor a coche nuevo del 600 de mi padre que tanto me mareaba, la fiambrera con tortilla y carne empanada que preparaba mi madre, el afán que sentía por llevar pantalones largos de una vez, el misterio intangible de aquellas niñas, dar patadas al balón, las postillas en las rodillas y las películas de vaqueros que echaban los sábados por la tarde. Hay días como hoy en los que echo de menos a mi padre, ahora que ya entiendo algo de por qué fue como fue y por qué nunca quiso dar explicaciones sobre ello. Ahora que entiendo sus silencios y su ensimismamiento, su sarcasmo que llegaba a sacar ronchas o su ternura fuera de plazo, echo de menos que se haya ido (diciéndome aquello de “si hay que palmar, se palma”) para preguntarle qué  pensaría de todo este tinglado que a él siempre le pareció una estafa. Y, de paso, echo de menos que nadie nos enseñe ahora a los de mi quinta a ser padres, a ser otros padres menos ensimismados y agobiantes,  mientras recordamos como íbamos viendo cuando el nuestro fracasaba en el intento. Nos ponen a apretar los tornillos de la vida, este motor desconocido y muy complicado. Quieren que la pongamos a punto y ni siquiera tenemos herramientas para ello, ni para nuestras vidas ni para las de quienes nos rodean esperando de nosotros algo que no tenemos.  Ahora que parece que la UE y Rajoy están recortando hasta los días de primavera, un rayo de sol con pretensiones estivales me deslumbró ayer alguna neurona en la que guardo otros días que fueron estrellas fugaces pero que se las han arreglado para dejar en mi memoria alguna estela que, como, la baba de caracol, brilla con un rayo solar escapado tal día como hoy. Uno que carece de poética suficiente para hablar de la espuma de los días, se conforma con hablar de la baba de caracol de la memoria. Tal día como hoy.

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3 pensamientos en “Hoy

  1. Si los dibujos pudiésemos llorar de emoción, éste sería un buen momento. Porque todas las infancias y todos los padres nos recuerdan un poco a los nuestros.

    Gran post, Jaime.

    Gracias por escribirlo.

  2. Coincido con Gallota en que una infancia, en principio, tan diferente a la mía es, al mismo tiempo, tan la misma infancia.
    Trato de convencerme de que lo que fui y lo que viví no es una vía de escape de lo que soy y ahora me toca vivir. La infancia, pura potencia aunque nada en acto -ni falta que hace. Pura ilusión. Pura promesa. “Estudia, que llegarás lejos…”.
    Entonces habría agradecido el consejo de ahorrarme un poco de tanta ilusión para cuando me hiciera falta de verdad. A mí y a todos.
    Sin ilusión no hay nada. Pero nadie gestiona la ilusión. El déficit sí. Y la prima de riesgo. Pero no la ilusión. Como si no fuera la ilusión la que nos sacará de la crisis…

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