Primera

Los indignados de las calles y del fútbol de este fin de semana que pasó sólo quieren evitar una cosa: que nos pasemos la vida siendo gente de segunda división, plato de segunda mesa, cornudos de nuestros gobiernos y nuestros equipos, pagafantas dela Ligay de la economía, apaleados de los árbitros y los comisarios europeos, pinches de cocina de los chuletas mourinhos que en el mundo son, cola de Bruselas, zurullo de Merkel y unos desgraciados, y unos sospechosos al fin. La filosofía de quienes platican o se quejan, o se besan en las plazas de los pueblos hasta después de las 10 de la noche, es casi la misma que la de quienes lloran de pena en los fondos sur de los campos de fútbol: no ser toda la vida unos segundones, unos miserables, unos desnutridos de autoestima.  Si la realidad nos deja siempre en fuera de juego, si la suerte no se deja meter mano, si ya no ganamos ni a la pelota, si el menú del siglo es comerse los mocos hay que mantener la capacidad de indignarse y hacerlo al margen de los insultos del columnismo del facherío matón y opusdeista, y pasando del falso paternalismo de los presuntos progresistas de editorial que, como los otros, esperan en el fondo una buena carga policial con la que dar color a la primera página del periódico.

Un respeto, porque hay que sentir mucho los colores y la ciudadanía para seguir siendo socio de este club y votante de esta democracia. Hay que pisar las calles nuevamente y las veces que haga falta para que la vida no sufra una trombosis, para exigir que cambien al entrenador, al accionista mayoritario, al ministro de turno o a la madame  que regenta el puticlub bancario. Y estas personas se lo merecen, se merecen algo, porque quien se toma la molestia de ir al fútbol y a votar, de estar a la cola del paro y a la de las entradas de preferencia o a las dos a la vez,  tiene el derecho de indignarse, de saltar al campo, de gritar a los del palco, de sentarse en el adoquinado, y de pedir cuentas para no tener pagarlas siempre.

Quien se niega a ser de segunda merece ser siempre de primera. Así en el fútbol como en la vida.

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