“Perrodistas”

Hay gente que tiene miedo a los perros y gente que tiene miedo a los periodistas. Hay perros y periodistas rabiosos, claro, pero son una minoría así que este pánico irracional no se justifica. Yo mismo, sin ir más lejos, de niño tenía miedo a los perros pero, lo que son las cosas, de mayor me compré un perro y me hice periodista. Como la vida de periodista es un poco perra, todo quedaba en casa y el perro y un servidor nos entendíamos muy bien. Yo aullaba en algunas de mis columnas y el animal dormía a pierna suelta sobre las páginas del diario en el que yo escribía. Cierto es que siempre había alguna persona miedosa o precavida que cambiaba de acera al vernos, temiendo tal vez a un ladrido inoportuno o un amago de bocado en la pantorrilla. Pero todo ha cambiado. El paso del tiempo me ha demostrado que los perros tienen ya más libertad de expresión y mejor vida que los periodistas. A saber: los chuchos mean con absoluta libertad en la mayor parte de los parques, árboles y elementos del mobiliario urbano, mientras que los periodistas no siempre pueden escribir lo que quieren, cuando quieren y donde quieren. La vida de un periodista se parece cada vez a la de un perro apaleado de los de antes. Lo que es la sociedad: no está bien visto abandonar a su suerte a canes, gatos, salamandras o periquitos. Se arma la de dios porque el Rey mata un elefante, se crean sociedades protectoras de la mangosta, el armadillo o el pollo tomatero, se apoya a focas y ballenas, pero cada día se extermina laboralmente a un puñado de periodistas, muchos de ellos excelentes profesionales, formados, críticos, finos observadores de la sociedad y, por tanto, temibles para esa tropa de políticos melindres y empresarios impotentes que creen que la buena información es una plaga y los periodistas son sus portadores.
El resultado de este desequilibrio es la aparición del “perrodista”, una desgraciada mezcla de perro abandonado y periodista maltratado que vaga por las calles y las redacciones sin collar, dispuesto a vender su talento por mera supervivencia, que ya no llega ni a mileurista, que puede ser galgo o podenco, analfabeto o fino estilista, y que debe mover el rabo con alegría y sumisión cada vez que algún especulador del talento ajeno le ofrece un hueso para seguir tirando. Cualquier día nos ponen un microchip y nos meten en un albergue para ver si alguien nos adopta para escribir noticias a 0,10 céntimos la pieza. Para ladrar.

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