IBI

La Iglesia se mueve y reza inquieta por si tiene que añadirle el IBI al INRI. El INRI es el cartelín de toda la vida, el del Gólgota, el de al cruz; el IBI son las siglas que algunos quieren poner sobre la solicitada crucifixión de ciertos privilegios eclesiales. Algunos obispos y adjuntos a ellos piensan, seguramente, que el INRI es un sambenito conocido, pero que el IBI es un martirio por conocer, y ya se sabe que vale más lo malo conocido. Los clavos del INRI son los asumidos, pero los que quieren meter estos socialistas con el IBI son hierros nuevos (que, por cierto, ellos no sacaron de la funda cuando gobernaban). Sea como sea, nunca antes han penetrado esos cilicios fiscales en las delicadas carnes de la institución eclesial, tan dada a predicar que su reino no es de este mundo, salvo cuando le interesa que lo sea hasta la hez. Seguro que también hay obispos y gentes piadosas que creen que lo positivo del INRI es que, por defecto y por tradición, indica que los ladrones son los que están a los dos lados del vetusto cartel, mientras que con este asunto del IBI impagado ya hay quien empieza a pensar que Rouco y sus hermanos (en la fe) son los amigos de lo ajeno. En este país en que todo dios (con perdón) trata de escaquearse del fisco y de la Justicia, empezando por muy católicos banqueros, y al personal le cuesta tanto creer en la existencia de la divinidad como en la solidez y honradez del sistema bancario, no es de extrañar que antes de vernos obligados a ir a pedir limosna a la puerta de cualquier iglesia, los que siempre pagamos por todo vayamos a pedir a la Iglesia que cotice impuestos como cualquier ciudadano que se tenga por tal. Tal vez el problema sea que en ciertos sectores el catolicismo ha habido siempre, para más INRI, una deliberada intención de confundir la justicia con la caridad, dos conceptos que en la vida civil y en la inteligencia de la mayoría del personal, en la nómina y en la declaración de la renta se separan como el agua y el aceite, como Dios y el diablo.

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Lunes

Me miré el lunes al espejo y calculé que, con los dientes que me faltan, podría confeccionar un rosario de cuentas ambarinas con el que obsequiar a mi santa madre que me estará leyendo. Calculé también que con los kilos que me sobran podría abrir una charcutería especializada en productos asturianos. Tal vez fuera el negocio de mi vida. “Carne de mi carne”, podría llamarse el almacén, como si se tratara de un hijo mercantil trinchado en la canal de mis entrañas y bautizado en filetes con mi propia denominación de origen. Y si sigo mirando, me malicio de que con el pelo que he perdido en ciertas gateras y por la acción del tiempo, ese gran barbero, se podría montar un negocio de bisoñés o incluso implantes de pelo natural, una iniciativa que, amén de un próspero negocio, sería una obra de caridad con la que se evitarían esos horrendos implantes de cabello artificial que hacen parecer las simuladas calvas de ciertos caballeros un trasunto de la cabeza de una Nancy de Famosa. Y no digamos nada del recuento de arrugas y patas de gallo que jalonan mi mirada legañosa de miope. Si a uno le diera por hacerse un lifting que extirpase tales pliegues cutáneos, a buen seguro que obtendría piel suficiente para curtir un juego de maletas con neceser y todo. Y dejemos para otro día las verrugas, manchas, lobanillos, golondrinos, celulitis, pelos nasales, puntos negros y demás porquerías e imperfecciones del rostro y sus aledaños. Uno no llegaría nunca a la oficina si revisase a fondo cada mañana su agreste geografía humana y tratase de cartografiar en un mapa tanto daño perpetrado en su paisaje corporal.
Asomarse un lunes al espejo es arriesgarse a padecer secuelas psicológicas severas durante toda la semana, porque tanto el espejo como el lunes son dos insobornables testigos de cargo de cuyos tajantes veredictos nadie se escapa. Pero hay que hacerlo. Hay que tener valor para enfrentarse con coraje al fin de la belleza y la apostura juvenil (si alguna vez las hubo) y al principio de la dura semana; hay que mirar a los ojos al omega y al alfa de nuestras cortas y atribuladas existencias. Pero pensemos que el lunes amanece para todos, y que el espejo es el bufón descarado que refleja por igual las taras de los plebeyos que las de los reyes. Peor lunes habrá tenido Javier Fernández con el pancho que le toca lidiar, aunque sea presidente. Y no digamos Cascos, que ya no lo es. Es un consuelo que haya lunes para todos.

Juntaletras

Soy juntaletras. Y a mucha honra, aunque algunas personas crean que me insultan al llamarme así. Soy juntaletras por la desgracia de Dios,  por lo civil y por necesidad; juntaletras por error y por horror, o viceversa. Juntaletras que solo tiene una carrera en los calcetines con sus cosechas de tomates y todo. Juntaletras me dicen quienes creen ofender mi honrado oficio de palabrero remendón, de mercenario del diccionario. Juntaletras nos llaman esos tipos que se niegan a conceder entrevistas o se esconden para no responder, esos que creen poder hacer ruedas de prensa sin preguntas como si se pudieran hacer tortillas de patata sin huevos y sin patatas. Ellos y otros han puesto de moda machacar a los juntaletras porque no soportan que estos mequetrefes les metan el dedo en el ojo a los juntacargos, a los juntadietas, a los juntachollos, a los juntasueldos a los juntaconsejos de administración, a los junta ruinasbancarias, a los juntachorizadas, a los juntafraudes o a los juntasospechas, a los juntaparados, juntarecortes y juntatrolas . ¿Cómo llamar a un juez que se va de juerga a Marbella con cargo al erario público? Juntajetas, juntaprevariacaciones.  Y ¿cómo no llamar juntapenas, juntadesgracias o  a ese ministro que recorta la pensión de las viejas, o juntapestes a quien cierra consultorios médicos y cobra las recetas, o juntatrolas a ese candidato que no va  cumplir jamás su programa electoral, un simple ejercicio de juntapalabras? Los juntaletras estamos en el mundo para que ese ejército de “juntadores” de desgracias, de prebendas y de quebrantos (ajenos, claro) sientan de vez en cuando que no todo vale. Ellos seguirán llamándonos juntaletras, tuercebotas, majaderos y cosas peores, y nosotros tendremos que seguir tratándolos a ellos de usted, de señoría, de ilustrísimo, de monseñor o de usía, porque ellos sí pueden decir lo que piensan de nosotros, pero nosotros no podemos decir casi nunca lo que opinamos sobre ellos y sobre lo que hacen. Lo nuestro sería grave desacato. Lo de ellos es ejercicio de su noble función pública, como cuando la “juntafachas” Esperanza Aguirre amenaza con cerrar un campo de fútbol para que no se abuchee a nuestro Príncipe, uno de los mayores “juntadudas” sobre el futuro de la monarquía.

Educación

El saber no ocupa lugar, pero cuesta dinero. El saber, la educación, es como los bombones: un momento en la boca y toda una vida en los michelines. Los estudiantes son lo mismo: unos años en clase y toda la vida en el paro. Por eso el Gobierno ha decidido volcar buena parte de su vasta cultura política en conseguir que el saber ocupe el mínimo espacio en los presupuestos del Estado. Saber qué hacer con el saber es algo que no sabe cualquiera, salvo que haya podido educarse en universidades de pago y hacer unos másteres carísimos como es el caso de nuestros queridos y educadísimos ministros. Los gobiernos más o menos dictatoriales se han caracterizado casi siempre por quemar libros en la plaza pública o en el corral para escarmiento de librepensadores o simples ciudadanos que se dedicaban al nefando vicio de la lectura, como le pasó a don Quijote. Quemar libros y quemar herejes ha sido siempre un entretenimiento muy español, aunque varios siglos de educación y lectura nos han ido puliendo un poco los modales, al menos en apariencia. El Gobierno de España, mucho más refinado en sus formas que aquellos fascistas de camisa negra, bigotillo y antorchas, a dónde va a parar, no quema libros: se limita a no comprarlos, a no subvencionarlos con unas becas decentes, a no contratar maestros y a despedir a otros, a convertir las aulas en rediles y a subir las tasas universitarias para que los campus no se llenen de chicos de barrio con los humos subidos por tanta cultura. El saber no ocupa lugar y, además, los que quieran saber y estudiar cada vez tendrán menos lugares que ocupar. Sale Montoro con su aspecto de elfo doméstico de Harry Potter y, con esa vocecilla y esa sonrisa de superioridad, nos explica que ha llegado un momento en el que el único papel que importa en la educación es el papel-moneda y el que no lo tenga en abundancia se tendrá que conformar con unos cursos de corte y confección por correspondencia. Eso sí, seguiremos manteniendo una nómina de más de 400.000 políticos, muchos de los cuales no sabrían hacer la “o” con un canuto. Salvo que se lo fumaran antes.

Inocencia

El domingo por la tarde busqué unos restos de mi inocencia guardados en una caja de puros más baqueteada que el baúl de un cómico de la posguerra. Y la encontré. No era una caja de habanos ostentosos, de esos con vitola en la que sale un señor con bigote, no eran puros guardados en armadura de aluminio con forma de consolador, era  una simple caja de Farias vacía. Tal vez esos modestos cigarros de camionero que ocuparon una vez la vieja caja se fumaron a los postres de alguna remota boda protagonizada por dos seres que a estas alturas se han divorciado, no se hablan, se dan la espalda al dormir, o tienen en sus planes acuchillarse cuando haya la mínima ocasión. Es lo que tiene el ocio estúpido de los domingos por la tarde, que uno se aburre y se pone a revolver cajones y a mirar lo que hay en los armarios sin reparar en el daño que uno puede hacerse. Yo guardaba un poco de inocencia en alguna parte para una emergencia, lo sabía. Es como las madres que siempre guardan un trozo de levadura, los alcohólicos que esconden el vodka en el cajón, entre los calcetines, los fumadores que calman el “mono” con un cigarro arrugado que aparece en el fondo de un bolso, los aventureros que encuentran a tiempo la cerilla que enciende la hoguera que les salvará la vida,  o los donjuanes profesionales que siempre llevan un condón en la cartera por lo que pueda pasar. Hace muchos años metí un poco de inocencia juvenil en una caja de puros vacía junto con un mechero de gasolina, una foto de mi novia, unos papeles en blanco por si me hacía poeta, un botellín de güisqui para dármelas de tipo duro, una cajetilla de “Camel” sin filtro y una navaja suiza que me regaló mi padre. Creía que este ajuar sería suficiente impedimenta para poder atravesar a pie la vida, pero el domingo por la tarde descubrí que la navaja se había oxidado, que la foto de mi novia era un borrón negro, que me había bebido el alcohol y fumado los cigarros dejando el mechero sin gasolina. En los papeles amarillentos no había nada escrito y la inocencia era una mariposa muerta. Al tocarla percibí por un segundo su textura de momia y se  desvaneció en el aire como si jamás hubiera existido.

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Se ofrece líder clásico, modelo caudillo, con abollones por el uso en política de choque y sin pasar la ITV. Ideal para museos de antropología, libros de records extraños, portero de discoteca o desguaces ideológicos. Abstenerse partidos políticos al uso.  Perdido prestigio institucional, económico, autonómico, nacional e internacional. Tiene manchas verdes, cojea y responde al nombre de Asturias. Se gratificará su devolución. Se encontró gobierno de tamaño pequeño, y sin raza definida. Tiene tres franjas en el lomo, una de ellas magenta, no lleva collar y merodea por la calle Suárez dela Riva, Oviedo. Preguntar por Díez, Rosa.

Se buscan pupitres y pizarras para amueblar aulas de 50 alumnos o más. Razón: Montoro y de Guindos Chatarreros Asociados. Se regalan hospitales públicos por no poder atenderlos. Razón: Ana te Mato. Se encontró camión sde propaganda electoral lleno de mentiras en avanzado estado de putrefacción. Si no aparece su propietario, se destinará el cargamento a elaborar comida para perros de presa.

Por no poder creerlos, se regalan anuncios gubernamentales “tranquilizadores” sobre nuestro futuro y el del sistema financiero español. Abstenerse almas sensibles. Oportunidad. Fin de semana en Moodýs todo incluido. Sienta en sus carnes como baja su calificación personal hasta convertirse en un bono basura. Incluye noche sado-maso con Christine Lagarde y Strauss-Khan.

 Buscamos pardillos que sigan votando cada cuatro años o cuando sea. Se regala bocata de mortadela e invitación para el Models. Se ofrecen lineas tangentes en buen uso para salirse por las mismas. Talleres Rajoy, lideres en cerrojos. Ocasion. Parcelas en los cerros de Ubeda. Ideales para ruedas de prensa tras consejos de ministros. Aprovechen las ofertas. Seguiremos informando.

Hoy

Hay días como hoy, con tanto diluvio de economistas del apocalipsis,  en los que uno echa de menos el perfume a almendras garrapiñadas o los caballitos y los guardias de tráfico con casco de bacinilla; el nordeste de verano de hace cuarenta años que traía olor a bronceador de coco y barquillos en la escalera trece, el olor a coche nuevo del 600 de mi padre que tanto me mareaba, la fiambrera con tortilla y carne empanada que preparaba mi madre, el afán que sentía por llevar pantalones largos de una vez, el misterio intangible de aquellas niñas, dar patadas al balón, las postillas en las rodillas y las películas de vaqueros que echaban los sábados por la tarde. Hay días como hoy en los que echo de menos a mi padre, ahora que ya entiendo algo de por qué fue como fue y por qué nunca quiso dar explicaciones sobre ello. Ahora que entiendo sus silencios y su ensimismamiento, su sarcasmo que llegaba a sacar ronchas o su ternura fuera de plazo, echo de menos que se haya ido (diciéndome aquello de “si hay que palmar, se palma”) para preguntarle qué  pensaría de todo este tinglado que a él siempre le pareció una estafa. Y, de paso, echo de menos que nadie nos enseñe ahora a los de mi quinta a ser padres, a ser otros padres menos ensimismados y agobiantes,  mientras recordamos como íbamos viendo cuando el nuestro fracasaba en el intento. Nos ponen a apretar los tornillos de la vida, este motor desconocido y muy complicado. Quieren que la pongamos a punto y ni siquiera tenemos herramientas para ello, ni para nuestras vidas ni para las de quienes nos rodean esperando de nosotros algo que no tenemos.  Ahora que parece que la UE y Rajoy están recortando hasta los días de primavera, un rayo de sol con pretensiones estivales me deslumbró ayer alguna neurona en la que guardo otros días que fueron estrellas fugaces pero que se las han arreglado para dejar en mi memoria alguna estela que, como, la baba de caracol, brilla con un rayo solar escapado tal día como hoy. Uno que carece de poética suficiente para hablar de la espuma de los días, se conforma con hablar de la baba de caracol de la memoria. Tal día como hoy.

Hoy

Hay días como hoy, con tanto diluvio de economistas del apocalipsis,  en los que uno echa de menos el perfume a almendras garrapiñadas o los caballitos y los guardias de tráfico con casco de bacinilla; el nordeste de verano de hace cuarenta años que traía olor a bronceador de coco y barquillos en la escalera trece, el olor a coche nuevo del 600 de mi padre que tanto me mareaba, la fiambrera con tortilla y carne empanada que preparaba mi madre, el afán que sentía por llevar pantalones largos de una vez, el misterio intangible de aquellas niñas, dar patadas al balón, las postillas en las rodillas y las películas de vaqueros que echaban los sábados por la tarde. Hay días como hoy en los que echo de menos a mi padre, ahora que ya entiendo algo de por qué fue como fue y por qué nunca quiso dar explicaciones sobre ello. Ahora que entiendo sus silencios y su ensimismamiento, su sarcasmo que llegaba a sacar ronchas o su ternura fuera de plazo, echo de menos que se haya ido (diciéndome aquello de “si hay que palmar, se palma”) para preguntarle qué  pensaría de todo este tinglado que a él siempre le pareció una estafa. Y, de paso, echo de menos que nadie nos enseñe ahora a lo de mi quinta a ser padres, a ser otros padres menos ensimismados y agobiantes,  mientras recordamos como íbamos viendo cuando el nuestro fracasaba en el intento. Nos ponen a apretar los tornillos de la vida, este motor desconocido y muy complicado. Quieren que la pongamos a punto y ni siquiera tenemos herramientas para ello, ni para nuestras vidas ni para las de quienes nos rodean esperando de nosotros algo que no tenemos.  Ahora que parece que la UE y Rajoy están recortando hasta los días de primavera, un rayo de sol con pretensiones estivales me deslumbró ayer alguna neurona en la que guardo otros días que fueron estrellas fugaces pero que se las han arreglado para dejar en mi memoria alguna estela que, como, la baba de caracol, brilla con un rayo solar escapado tal día como hoy. Uno que carece de poética suficiente para hablar de la espuma de los días, se conforma con hablar de la baba de caracol de la memoria. Tal día como hoy.

Primera

Los indignados de las calles y del fútbol de este fin de semana que pasó sólo quieren evitar una cosa: que nos pasemos la vida siendo gente de segunda división, plato de segunda mesa, cornudos de nuestros gobiernos y nuestros equipos, pagafantas dela Ligay de la economía, apaleados de los árbitros y los comisarios europeos, pinches de cocina de los chuletas mourinhos que en el mundo son, cola de Bruselas, zurullo de Merkel y unos desgraciados, y unos sospechosos al fin. La filosofía de quienes platican o se quejan, o se besan en las plazas de los pueblos hasta después de las 10 de la noche, es casi la misma que la de quienes lloran de pena en los fondos sur de los campos de fútbol: no ser toda la vida unos segundones, unos miserables, unos desnutridos de autoestima.  Si la realidad nos deja siempre en fuera de juego, si la suerte no se deja meter mano, si ya no ganamos ni a la pelota, si el menú del siglo es comerse los mocos hay que mantener la capacidad de indignarse y hacerlo al margen de los insultos del columnismo del facherío matón y opusdeista, y pasando del falso paternalismo de los presuntos progresistas de editorial que, como los otros, esperan en el fondo una buena carga policial con la que dar color a la primera página del periódico.

Un respeto, porque hay que sentir mucho los colores y la ciudadanía para seguir siendo socio de este club y votante de esta democracia. Hay que pisar las calles nuevamente y las veces que haga falta para que la vida no sufra una trombosis, para exigir que cambien al entrenador, al accionista mayoritario, al ministro de turno o a la madame  que regenta el puticlub bancario. Y estas personas se lo merecen, se merecen algo, porque quien se toma la molestia de ir al fútbol y a votar, de estar a la cola del paro y a la de las entradas de preferencia o a las dos a la vez,  tiene el derecho de indignarse, de saltar al campo, de gritar a los del palco, de sentarse en el adoquinado, y de pedir cuentas para no tener pagarlas siempre.

Quien se niega a ser de segunda merece ser siempre de primera. Así en el fútbol como en la vida.

Semana

La calle estaba llena de senegaleses vendiendo relojes de colores y poniendo sonrisa de piano de cola a las negativas de los clientes europeos en crisis. Unos amables testigos de Jehová reparten unas revistas algo ajadas en las que aparece un Jesucristo muy atildado, con pinta de haber ido al barbero a retocarse las puntas de la melena. Unos cristianos de base sacaron una pancarta para indignarse contra un obispo montaraz que no les deja reunirse en un local eclesial. Les he dicho que se consuelen porque en ese bajo comercial húmedo y decorado con posters del Domund pasados de fecha, tampoco dejarían entrar a los senegaleses del reloj, ni a los de Jehová y, mucho menos, a cristianos que no están a la altura porque, como ellos mismos dicen, son de base. La calle estaba llena de otros indignados. A unos se les nota en las pancartas. A otros se les nota en la cara que va anunciando una úlcera de duodeno. A otros se les notará en breve porque la indignación va ganando altura, como las riadas, y pronto habrá que empezar a poner carteles en las esquinas con la leyenda “hasta aquí llegó la indignación en mayo de 2012” junto a un borde negruzco que quedará de recuerdo si algún día baja la marea. En la calle estaba cuando uno se ha puesto a pedir que le nacionalicen la pena que tiene en la barriga a todas horas, que el Estado se haga cargo de su amargura, de sus recibos y de su incertidumbre, y que lo haga con la misma decisión que se ha chupado los pufos de Bankia. Otro tipo mendigaba a gritos en una esquina, pero había dejado de pedir dinero: pedía sentido común. Unos jóvenes dejaron de pedir un futuro para pedir un presente. Una maestra agraciada con 50 alumnos por aula, profetizó que pronto se volverá a impartir Formación del Espíritu Nacional. Un alumno de primero de Universidad vaticinó que el año que viene dejará de pasar apuntes para pasar apuros. A mi médico se le acabaron las gasas en mitad de la consulta. Acabó de vendar a su paciente con papel higiénico (del Elefante, proveedor de la Casa Real). Por cierto, los Reyes no celebrarán sus bodas de oro y Carlos de Inglaterra se ha metido a hombre del tiempo en la BBC. Camila hizo de baja presión atmosférica con gran éxito. Qué semana.