Suerte

Por lo general, la suerte es seguir vivo un año más. Lo que no es suerte puede ser simplemente muerte.  La suerte es que ese grano oscuro de la espalda sólo sea un grano, que ese bulto del pecho sea un buñuelo de viento, que ese contrato de trabajo tampoco sea sólo un buñuelo de viento, que este amor crujiente de ahora no acabe en un simple contrato de papel mojado. No confundamos las cosas. Se puede creer que la suerte la da la ONCE o el calvo de la Lotería, pero es falso.  La suerte no es capicúa, ni tiene número de serie, ni tiene cara, ni es calva, ni siquiera tiene aspecto de suerte. La suerte no se vende, ni se compra, se encuentra o no se encuentra. Ni siquiera se sabe si existe. De existir, la suerte es silvestre y anda escondida delante de todo o detrás de nada, sin que la veamos aunque la tengamos delante. Más suerte que un cuponazo es que el niño no se drogue, que la niña sea buena gente, que nadie nos apuñale a la vuelta de la esquina, que nuestros padres se hagan viejos en paz, que no nos corten las ilusiones, ni la retirada, ni las alas, ni la leche del café. La suerte es que los políticos no sean inútiles, vagos o chorizos. La suerte lo mismo puede ser la droga más cara y escasa del mundo, que regalarse a granel en esos días en los que amanece, que no es poco, y atardece, que no es menos, y entre un momento y otro del día hemos sido razonablemente felices. La suerte es que alguna vez nos digan «es benigno», «te quiero», «te lo regalo», «no te agobies», «todo se arregla», «aquí me tienes», «se va a poner bien», «no has estado mal», «te lo mereces» y que todo eso sea de verdad. La suerte es seguir vivo, comer un filete, o una parrocha pero hacerlo por placer, afeitarse sin prisa, poder ir por lo segado o no, poder perder el tiempo y no tener prisa por ganar nada más. Esto es suerte y lo demás es sólo lotería, el bingo o unj sorteo de Jorge Javier, no confundirse. O sea, que mucha suerte a todos, que buena falta nos hace.

Adoptado

Mi perro me dijo ayer que él era quien me había adoptado a mí, no yo a él. Soy adoptado. Al saberlo tuve la misma sensación que cuando me enteré de que los impostores no eran los Reyes Magos, sino mis padres: me disgusté por esta nueva pérdida de la inocencia pero, en el fondo, creo que me lo esperaba y que además  me consuela saber que, al menos, mi perro se hace cargo de mí. Cuanto más conozco a Guindos, Rajoy,  y a la menina Sáenz de Santamaría, más me tranquiliza depender de mi perro.  Visto con calma, que los  perros adopten a los humanos no es más que una parte lógica de nuestra existencia y no la peor. A saber: no elegimos nacer, sino que la vida nos saca por las orejas del útero de nuestra madre; no podemos elegir el cargo en nuestra empresa, ni mucho menos nuestro sueldo; apenas tenemos control sobre nuestra vida sexual o sentimental, tenemos los amigos contados y de milagro y nos morimos el día menos pensado, justo cuando empezábamos a pensar que todo estaba controlado porque habíamos aprendido a bailar al son que tocan.

En este contexto de cosas la revelación de que he  sido adoptado por mi perro es una más, y no la peor, dentro de una vida que es mía de milagro.  Lo demás es  todo de prestado y provisional. No soy dueño de mi casa: es del banco. Mi futuro lo tiene escrito Cristóbal Montoro en un libro lleno de números rojos donde todo se apunta en la columna del “debe”. Mi paciencia ha sido destrozada por los integrantes de la Junta General del Principado  y sus juegos de salón. Mis hijos hablan un idioma que sólo entienden ellos. Mi autoestima parece Fukuyima después del maremoto. Mi hígado no me pasa una y al levan tarme por la mañana no me dan dos besos, sino tres ansiolíticos. Menos mal que siempre que quedará el perro que, en última instancia, me aceptará como su mascota. Al fin y al cabo no es tan malo que te adopte un perro. Esta noche le pondré al mío doble ración de huesos. Puede que durante la próxima recesión él lo haga por mí.

Vida

Uno ha llegado a pensar que escribe habitualmente de política porque, en realidad, no sabe escribir de la vida. La política es simple; la vida, complicada, por eso uno tiene a veces más problemas para hacer crónicas de la realidad que crónicas parlamentarias. Y eso es porque casi todos los políticos son lineales, ególatras, clónicos por disciplina de partido y sólo cumplen papeles, roles de un guión donde no caben morcillas. Todo es previsible en ellos. Por suerte, el resto de los seres  de la vida son complejos, retorcidos, geniales o sencillos, pero son variables, imprevisibles, no usan argumentario para responder a las preguntas, tienen piedad, usan de la empatía o la grosería, se emborrachan con razón o sin ella, y lloran o abrazan sin preguntarse si es lo correcto. Los seres vivos aún se enamoran y deben dinero, piden perdón sin guión, odian y aman con las tripas, se asombran o se desesperan sin hacer aspavientos, salen de sus escombros, entran en sus infiernos, lidian sus purgatorios y saben que mañana será otro día.

En la política, las pasiones se subliman en un cainita congreso extraordinario, una moción de censura, unas cartas al director, una rueda de prensa, un par de guardaespaldas o un par de dimisiones. En la vida, las pasiones engendran arte, engendran hijos, crímenes y castigos y abonan el territorio de la imaginación, del morbo, o de la leyenda. La política produce ex ministros, seres ególatras que se llaman estadistas, diputados apocados, senadores casposos, segundas damas, herederos torpes y delfines que no navegan. La vida, por el contrario, cultiva aventureros de pata de palo, mujeres irresistibles, misioneros en el Congo, directores de orquesta de melena al viento, vaqueros e indios, gentes con talento, poetas, asesinos, cocineros y sabios. Por eso uno escribe de política más que de la vida, es más fácil. Siempre en los escaños es todo más previsible que en las oscuras e inflamables pasiones que ascienden con olor a potaje por un patio de vecindad. La política es un laboratorio. La vida es la selva virgen en la que habitaron alguna vez esos seres que siempre van de corbata y que sólo ponen cazadora para ir a un mitin o los fines de semana.

La política fue vida en algún tiempo atrás, tal vez en sus orígenes, pero ahora ya no se parece en nada a ella, ni siquiera se toma la molestia de tratar de imitarla y cada vez que se mezcla con ella es para joderlo todo.

Ballena

Un periódico muerto es como una ballena varada: belleza inerte, historia derrochada, esfuerzo y evolución de décadas convertidos en despojos por los golpes de mar, las gaviotas que pican el corpachón ya podrido que, aún no hace mucho, provocaba admiración o temor. Ante una ballena muerta y varada uno piensa que, finalmente, la vida es un largo viaje a ninguna parte. Se ha muerto la Voz de Asturias tras 89 años de navegar desde las superficies más cotidianas y domésticas de la asturianía, hasta las aguas negras y abisales de la política, la corrupción, o la crisis.La Vozde Asturias llevaba cinco lustros en peligro de extinción, sorteando galernas, bajos fondos y tempestades, capeando el temporal como hacen las viejas ballenas marcadas por las cicatrices de los arponeros, pero sacando de nuevo la cabeza y un chorro de noticias con el que volvía a mostrar otra vez señales de vida . Había dado algún susto embarrancando su cuerpo en orillas complicadas y fangosas, con mala salida del barrizal. La ballena pasó por algunas agonías con mala pinta, dando coletazos desesperados, pero el bicho aún tenía vida y ganó de nuevo el mar abierto empujado por la ilusión de muchos periodistas, técnicos y empresarios, por lectores para quienes el papel escrito es un animal de compañía cuya extinción no debe permitirse. Pero nadar a contracorriente en las mareas del mercado no es hacer surf en las playas de California. Corren malos tiempos para la palabra, que es el alimento de los periódicos, y para las finanzas, que son las corrientes favorables que permiten navegar sin novedad a estos viejos y señoriales monstruos que representan otra forma de entender la vida diaria, la comunicación y la historia de las sociedades.La Voz de Asturias ha quedado varada en las orillas del mercado implacable después de remar 89 años seguidos. Hemos perdido todos una parte de nuestra historia colectiva como región, y tenemos una opción menos de saber cada mañana lo que pasa en ese océano  revuelto que se llama mundo.

La Voz de Asturias era una vieja ballena amenazada a vivir en una pecera. Para vivir así, mejor morir. Un abrazo a quienes navegaron con ella hasta el final.

 

 

Gris

Ciertos amables lectores y lectoras me han reprochado que llevo meses escribiendo en tono gris y desesperanzado, que no ponen “me gusta” en el Facebook porque “tus columnas son siempre son la misma”, me han dicho. Puede que tengan razón, pero la única receta para no escribir derramando lágrimas o bilis, o las dos cosas a la vez, es esquivar la feroz actualidad diaria como el que esquiva pisar una inmensa mierda de perro abandonada sobre la acera. Uno quisiera hacer de estas columnas una sucursal del club de la comedia, un remake de “Qué bello es vivir”, un oasis de optimismo irreductible, pero las cagadas que la realidad deposita a diario en las veredas por las que transitamos la mayor parte de los peatones asalariados, mal vividos y mal dormidos, no permiten organizar una piñata. Más bien tiene uno la sensación de ser el cántaro de la piñata que organizan otros a diario y en la que se dedican a dar estacazos contra nuestro sueldo, las recetas del Seguro y el resto de nuestras miserias. Para no sentirse gris y desesperanzado ante la que está cayendo y la constatación de diaria de que estamos en manos de una tropa de inútiles, hay que ser millonario, idiota, ciego o alcohólico reincidente. No soy millonario, eso es evidente, tengo un grado de idiocia moderado, veo lo justo si no me quito las gafas y, eso sí, sigo creyendo que el alcohol es uno de los mejores anestésicos que se han inventado para soportar los usos y abusos de la vida. Por todo ello, uno no tiene más remedio que escribir en gris si piensa en gris. Ya quisiera yo pensar en Cinemascope y que me escribiera las columnas Andreu Buenafuente para partirnos todos el pecho, pero desde la hora del despertador hasta la del ocaso mi autoestima ronda los niveles de la de Franz Kafka. Que el Rey haya pedido perdón por andar esquilmando la fauna africana y los presupuestos generales del Estado, tampoco me anima. Reivindico el gris. Cuando el mundo vuelva a contarme historias en color, se lo haré saber a ustedes a través de este medio.

Cacharrería

Desconozco cuántos republicanos caben sobre la grupa de un elefante rumbo hacia el Palacio de Oriente, aunque datos recientes nos hacen sospechar que son bastantes y que la cifra va en aumento. Hace treinta años, ser republicano en España olía a naftalina y era una cosa rara; después de este fin de semana la República es trending topic junto con Botswana. Como el caballo de Pavía hizo caer la I República, el elefante de Juan Carlos I se lo está poniendo a huevo a quienes claman por la tercera edición de esta manera de gobernar con reyes laicos, no hereditarios y sin armiño. Hay que reconocer que tiene un mayor exotismo entrar en los sitios a los lomos de un señorial proboscídeo que hacerlo sobre un jamelgo cuartelero, pero tal como se ha puesto el ambiente en los últimos días uno piensa que el personal se ha indignado menos con la subida de la gasolina y la reforma laboral que con la estampa cazadora de nuestro monarca. Hay chivos expiatorios y elefantes explicatorios. Y todo en 14 de abril, por si fuera poco. O la Familia Real padece un gafe de dimensiones elefantiásicas, o tiene infiltrada en la Zarzuela una camada de republicanos feroces haciendo la puñeta a tres turnos. En 81 años ninguna monarquía ha hecho más que esta en favor de la república, lo cual es algo que conviene tener en cuenta a la hora de estudiar los flujos de la historia. Entre la escopeta de Froilán, las juergas de Marichalar, expulsado hasta del Museo de Cera, y las chorizadas “sub iudice” del impecable Urdangarín, lo de Carlos de Inglaterra y Camila Parker parece una novela rosa e inocente de Corín Tellado.

Sea como sea, sea uno monárquico, republicano o mediopensionista, lo que no tiene un pase es que la imagen sonriente y nada medioambiental del Rey de España penetre en nuestras malheridas vida y haciendas, como para recordarnos que todavía hay clases y que el que sólo puedan cazar gorriones con gomeru que hubiera estudiado para rey.

Está fuera de lugar. Como un elefante en una cacharrería.

Machadiana

MACHADIANA

Señor, una cacería

tumbó a Juan Carlos, y está

el ABC todo el día

espantando el qué dirán .

Era este Rey, un señor

de mozo muy jaranero,

muy galán y algo torero;

de viejo gran cazador.

Dicen que tuvo dos yernos

el monarca campechano;

uno diestro en lucir hermosos ternos,

y otro presto a trincar con las dos manos.

Al mermar su fortaleza

junto a la reina Sofía

pensó que pensar debía en reforzar la realeza

y reforzóla

de una manera española,

 casando bien a sus hijas

algo equinas y algo pijas.

Pero los yernos felones

deslucieron los galones

de su Casa,

sin que el monarca pudiera

poner tasa,

sordina a estos dos cabrones.

El paisano,

parecía republicano

con tanta campechanía;

y de caza se les iba,

con el fusil en la mano

-¡qué tunante!-

el matador de elefantes.

¡Oh fin de una aristocracia!

Corona oxidada y rancia;

en el mástil,

pintada la tricolor

y el monarca esperando en la estación,

al exilio,

el caballero Borbón.

Poema original en http://www.cancioneros.com/nc/2013/0/llanto-y-coplas-antonio-machado-joan-manuel-serrat

Elefantes

El elefante es el rey de la selva y Juan Carlos I es el Rey de España. Hay algo de justicia poética o de simple azar prosaico en que un rey bípedo se rompa la cadera tratando de matar a un rey cuadrúpedo. La ventaja del elefante es poder cojear con más comodidad en caso de fracturas indeseadas. Además, los reyes y los elefantes tienen en común ser especies en peligro de extinción. Es curioso que ambos traten de acelerar el proceso de desaparición del otro. Cierto es que el rey de dos patas tiene ventaja sobre el de cuatro porque lleva escopeta, escolta, ojeadores y toda la peña. El rey de la selva sólo tiene tonelaje para defenderse, colmillos de marfil, una soberbia presencia física con la que impone respeto a cualquiera y una manada que siempre se pone de su parte. El otro rey, el de esta selva española en la que cada vez hay más empleos en peligro de extinción, está viendo llegar el proceso final de su vida sin ser capaz de imponer ya demasiado respeto en parte alguna, con una familia que sale en estampida cada vez que hay peligro y con un ecosistema que cada vez se le hace más hostil. Hasta Jaime Peñafiel, antaño jefe principal de esa manada llamada corte, montaría si pudiese un circo a la antigua para pasear al gran elefante y a sus dumbos metidos en la jaula llena de tábanos para mostrarlos de pueblo en pueblo.

La desesperación hace matar moscas a cañonazos o ir a comer a los albergues de Cáritas cuando ya no puedes pagar ni la hipoteca. La pérdida de sentido de la realidad hace matar elefantes con la misma pose que mostraba John Wayne en las escenas de la película Hatari. Ya no se lleva.

Cualquier día un nieto díscolo y algo macarra acabará disparando sin querer una bala perdida contra su abuelo, consumando así la extinción de una antigua familia de elefantes que vivía en España.

Adivinanza

Mi perro me preguntó ayer si yo conozco el nombre de un país donde la pena de muerte está abolida pero en el que un guardia te puede matar disparando una pelota de goma contra tu cabeza, como en una ejecución sumaria o en una cacería de jabalíes. Le dije que podía ser Siria, pero me dijo el perro que no le sonaba. Como ya conozco estas salidas de tono del animal, me hice el loco y traté de imitar su indiferencia canina oliendo un árbol (mover el rabo sería escándalo público), pero no coló. Luego, muy perro y muy insistente, me preguntó si yo sé qué país puede ser ese en el que hay derecho a la intimidad y libertad de expresión, comunicación, reunión y manifestación, pero el Ministerio del Interior te espía el Facebook y te puede meter en el saco de los terroristas por organizar un botellón en el que a alguno le de por vomitar donde no debe. Yo respondí que podría tratarse de Corea del Norte, pero el chucho descartó esta opción moviendo mucho la papada y harto ya de mi ignorancia geográfica. Mediado el paseo volvió a cargar contra mí para añadir que en ese mismo país se reconoce el derecho al trabajo como cosa prioritaria y muy principal y, sin embargo, el número de personas que no tienen donde trabajar supera los cinco millones. Añadió el bicho que, aparte de los 101 dálmatas, él jamás había visto a tantos de su especie juntos obligados a no hacer nada aparte de bulto. Luego, ya crecido, me comentó si sabía en qué país se habla de renovación política pero los candidatos son siempre los mismos y cada vez más viejos. Yo respondí que podría ser Cuba. Él me dijo que a otro perro con ese hueso. He de confesar que hace meses que no sé muy bien ni en qué país vivo. He perdido el norte y la brújula y hasta el perro ladra con más claridad de lo que yo pienso.

Después de dar otra vuelta a la manzana en silencio absoluto, el perro me ha pedido que escriba esta columna pidiendo ayuda a los lectores. Si alguien sabe de qué país se trata el de la adivinanza del chucho, llámenle por favor

Móvil

Creo que el otro día me leyó el pensamiento el buzón de voz del teléfono móvil. Como se lo cuento Estaba yo organizando en mi cabeza las frases que iba a dejar en el contestador de un amigo despuésde oir el pitido de rigor, cuando la voz de la locutora automática interrumpió su consabida perorata enlatada para salirse del guión y decirme: «Lo siento, no puedo entender qué desea. Inténtelo más tarde. Gracias».
Yo sabía que mi estado mental es bastante confuso desde hace meses, pero jamás llegué a pensar que se daría cuenta de ello hasta un buzón de voz. Que un teléfono móvil sepa que uno no sabe lo que quiere es muy penoso. Lo peor es que igual sabe también que uno sabe muy bien qué quiere pero no lo puede conseguir. Estas cosas marcan un antes y un después en la vida de un humano. Es como recibir una inspección de Hacienda en mal momento o morirse sin estar confesado.
Se puede tolerar que un móvil se quede sin cobertura, que se le agote la batería, que vibre en un mal momento, o que tarde dos o tres días en registrar un mensaje. Lo que es intolerable es que un móvil le pueda leer a uno el pensamiento y sepa, además, que está hecho un lío, que no es capaz de decir en alto lo que desea de manera inteligible.
Me consuela haber leído por ahí que cada vez hay cada vez más personas que, impotentes y desbordadas por la tiranía tecnológica,  insultan y pegan a sus ordenadores cuando no funcionan. Puede que estos sucesos desemboquen en otro tipo de violencia doméstica: la violencia tecnológica. Todo se andará. Uno es pacífico por naturaleza, pero puede entender que alguien le solmene unapatada a la impresora o al DVD en un momento de mucha tensión. A mí me parece tan mal que la computadora me deje colgado como que el móvil descubra que tengo la mente en blanco y estoy pasando momentos de confusión.
Hace días que me abstengo de pensar o desear nada ante mi teléfono. Por si acaso.