Periodismo

El sábado cometí el error de seguir (a ratos en la tele y a ratos en la radio) la retransmisión del partido Barcelona-Sporting. No siento excesiva pasión por el fútbol, pero me irritan sobremanera el papanatismo y la falta de rigor periodístico exhibido en las narraciones que uno escuchó. Me explico. El relato del encuentro (por así llamarlo, ya que en la mayoría de las emisoras lo que se hace es hablar de cualquier cosa menos de lo que pasa en el campo, contar chistes de mariquitas y cosas peores) era de tal laya, que el Barcelona parecía jugar contra nadie. Las menciones a los jugadores del Sporting eran casi nulas (cuando no se hacían equivocando sus nombres). Sólo se analizaba la estrategia del Barcelona, no la capacidad de aguante del Sporting, mientras que, a medida que pasaban los minutos y seguía el empate a cero, los locutores iban deslizando en sus comentarios una ligera ansiedad al ver que no se cumplían los pronósticos de una carnicería anunciada. Se seguía alabando la altísima posesión de balón de los chicos de Guardiola, pero ni una mención al bloqueo tramado y trabajado por Clemente y compañía. El primer gol alivió las tensiones de los imparciales periodistas como un supositorio de glicerina alivia las de un estreñido contumaz. Todo se encarrilaba al fin y la víctima propiciatoria había cumplido su papel en el desolladero, pero el empate de Barral y la expulsión de Piqué hicieron regresar otra vez el tono preocupado de los expertos analistas que, sin recato, tiraban ya con posta contra el árbitro, pidiendo ver clavada su cabeza en un banderín de córner. Sin noticias del Sporting. Cuando el 1-1 llevaban ya varias docenas de minutos en el marcador, las taquicardias se generalizaron, pero nadie reconocía ni por un instante que el Sporting, al menos, se negaba a hacer el ridículo. El Barcelona seguía jugando con uno menos, pero lo hacía contra sí mismo. No había rival en la cancha, al parecer. Llegó entonces el gol de Keita que un avezado narrador televisivo calificó de “gesto” (no conocía tal sinónimo) y la jugada de Iniesta y Xavi que cerró la cuenta. A partir de ese momento, ya salvados, la recua se permitió una cierta condescendencia con el tesón del derrotado, pero poco más. El fin de fiesta se selló con un locutor calificando a Iniesta de “sobrenatural” (tengo testigos) y cientos de elogios a la “épica” del Barça. Que me perdonen mis colegas, pero yo siempre creí que la épica se daba cuando el pequeño vencía al grande y el indio al vaquero, no cuando el encumbrado tricampeón se las ve y se las desea para tumbar a un equipo en descenso. Viva el periodismo.

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Mano

Ahora que sabemos a ciencia cierta que ya no estamos en buenas manos,  que las que decían mecer nuestra cuna son las que afilan nuestra guillotina, convendrá hacerse uno la manicura en las suyas propias para defenderse de lo que viene. Lo mismo hay que afilarse bien las uñas, fortalecer la contundencia de los nudillos y darle tono a la muñeca para rechazar con certeros directos y ganchos de izquierda los envites y bofetadas que recibiremos de aquellas pezuñas que se nos presentaron como las manos amigas, las que velarían por nuestro futuro y el de nuestros hijos y que ahora son zarpas que nos arañan cada día un poco más de lo poco que nos queda. Ellos nos tiran la piedra y no se molestan ni en esconder la mano, porque saben que esto ya es la selva  en la que todo vale y los papeles de león y de gacela están repartidos sin derecho a réplica. Hay barra libre.

Ahora que ya está confirmado que no estamos en buenas manos, nos tocará remodelar a mano nuestras existencias porque sale más barato, y siempre podemos decir que hemos optado por una vida artesanal haciendo virtud de la necesidad, una costumbre muy española en tiempos de crisis.  Ahora que ya se va sabiendo que no hay más manos inocentes que las de los niños de San Ildefonso y que esa gente que dice tener buena mano para los negocios suele ser porque roba mayormente sin recato y a mano suelta, tendremos que centrarnos en lo que tenemos más a mano, en lo que nos queda después de esos que nos ganaron por la mano se están llevando trabajos, vidas, hacienda, barcos y honras. Así lo están haciendo: a dos manos, con las bendiciones de gobernantes, autoridades y mercados comunes, y encima son ellos quienes ahora siguen dando las órdenes de cómo tenemos que vivir los demás: con una mano delante y la otra detrás.

 

Clavo

Los clavos ardiendo se están convirtiendo en artículos muy apreciados en el mercado de los materiales de prevención y seguridad en el trabajo. Lo que son las cosas. A pesar de la incomodidad de su diseño y de las graves lesiones que puede llegar a alcanzar su utilización, el clavo ardiendo está siendo uno de los soportes vitales con mayor salida en el mercado laboral, personal e ideológico. La reforma laboral es, en realidad, una fábrica en serie de clavos ardiendo. La crisis en general produce también gran cantidad de cantos con los que darse en los dientes siempre y cuando la propia situación nos haya precipitado ya al fondo del precipicio. Al fin y al cabo la vida entera es un clavo ardiendo del que estamos pendidos sin solución de continuidad. Cuando amanece, que no es poco, se puede dar uno con un canto en los dientes. El resto es pura lotería. El día que se rompe la precaria percha nos vamos al carajo con una esquela por epitafio y un par de responsos de pago como despedida. Tener que hacerse un virtuoso del clavo ardiendo a ciertas alturas de la vida es algo que era de esperar tarde o temprano, tras habernos comido ya todas las longanizas con que se ataban los perros en tiempos pasados. Pensamos que España era Suecia y que nos pasaríamos la jubilación dorada tomando el fresco en una tumbona de Ikea y una manta sobre las rodillas.

Pero no, amigos. España es España y nuestra aportación al diseño internacional es el famoso clavo ardiendo como herramienta fundamental y percha de nuestro bricolaje vital. Excepto los banqueros, especialistas en perchas de caoba, y Felipe González que se lo lleva crudo con su consultoría privada, aquí se agarra a un clavo ardiendo desde el yerno del Rey para no ir a la trena hasta el último currante, pasando por los sindicatos que convocan huelga general a buenas horas, y toda la clase política que vuelve a presentarse a las mismas elecciones con los mismos problemas y la misma ausencia de ideas. Pero es igual, ellos se agarrarán a su clavo ardiendo para seguir vendiendo catecismos pasados de fecha e inventos que no pasarían ni por el filtro del profesor Franz de Copenhague. Yo iré a votar si me garantizan que cuando vuelva de la urna no encontraré mi clavo ocupado por otro idiota.