Equilibrio

En la vida corriente, lo mismo que en la democracia, puede ser necesario elegir entre seguridad y libertad. Es un viejo debate. Los buenos políticos (los malos también) presumen de ser capaces de gobernar manteniendo un exquisito equilibrio entre ambos factores y dicen que esa es la receta del perfecto mandatario. Todos quienes se tienen por demócratas de pura sangre afirman que de nada vale tener las calles más seguras del mundo si eso se hace a costa de imponer el toque de queda a partir de las 8 de la tarde. Sin embargo, y pese a estas proclamas, dudo que este criterio del equilibrio delicado se aplique también a las cuestiones económicas, es decir, cuando se decide si en una sociedad es más importante la seguridad del estado del bienestar o la libertad de mercado, banqueros, especuladores y otras especies engordadas en la cloaca económica. Lo cierto es que en la vida privada, con los años nos hacemos conservadores. La libertad que tanto buscamos a lo largo de los años nos ha dejado ya bastantes cicatrices, así que nos declaramos cansados de jugarnos el tipo como rebeldes sin causa (o con ella) y queremos tener más seguridad. Seguridad Social, seguro de desempleo, seguro de vida y hasta seguro de muerte con opción a esquela, corona e incineración. El problema es que quienes mandan han decidido sin preguntar a nadie y, eso sí, proclamándose equilibrados y sensibles gobernantes, que prefieren promocionar y garantizar la libertad de algunos con cargo a la seguridad de todos. Las calles del sistema económico se han puesto muy peligrosas por culpa de un asesino en serie llamado déficit, esa es la razón por la que se establece un severo toque de queda para nuestras nóminas, los convenios colectivos y las negociaciones salariales.
Es irónico que celebremos ahora el segundo centenario de “La Pepa”, la Constitución que nos hizo pasar de súbditos a ciudadanos y cortó con el absolutismo. Es irónico porque tal como van las cosas de descompensadas entre nuestras libertades y nuestras seguridades, uno siente crecer a diario la sensación de ser un siervo inseguro, sometido a un moderno absolutismo económico en el que la libertad de unos pocos se costea con la seguridad de muchos. Todo para el pueblo, pero contra el pueblo.

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