Esperanza

Conozco a un hombre que perdió un brazo, pero que no ha perdido la calma, ni la dignidad, ni la esperanza, ni el humor. Nos encontramos por casualidad y escuchó mis quejas de siempre sobre la crisis, una cháchara exasperante sobre la actualidad económica y me invitó a una copa con la cordialidad habitual, sin una queja. Cuando acabó de hacer todo esto y de consolarme, giró su cuerpo y me enseñó una manga vacía con el muñón de su brazo perdido cinco días antes. Dejó su coche en un aparcamiento y cogió un taxi para acudir a una cena como un conductor responsable. Cuando volvía de la cena, unos tipos embistieron al taxi en el que viajaba y el hombre despertó en una cama de hospital sin su brazo derecho. Fue hace menos de un mes y él lo cuenta con una entereza y una credibilidad que hace muchos años no me transmite ningún ministro ni ningún sindicalista. No trata de convencerme de su entereza, ni de su fortaleza mental, ni de su abnegación ante las tragedias. No trata de convencerme de nada. No maldice, sólo mira el hueco de su brazo perdido y hace planes para cuando deje de sentir el hormigueo fantasmal del miembro que ya no existe. Usa la otra mano para pasear con su nieto y aprender de nuevo a afeitarse, escribir,  fumar y hablar por teléfono. Sigue usando su vida, su inteligencia y todo lo demás.

Alguien me dijo hace días que lo peor de la crisis es que, además de arruinados y parados, nos está dejando secos, insensibles e indiferentes salvo para con nuestros problemas. La crisis nos va amputando la esperanza en finas lonchas y cada mañana nos cuesta más trabajo reconocernos porque la estrategia carnívora de los tiburones que nos rodean es contagiosa y nos sentimos capaces de despedazar a quien quiera disputarnos nuestra galleta. Mientras esto ocurre y uno se cree desgraciado ante su nómina, el hombre que perdió un brazo piensa que la vida merece la pena y sigue remando. La vieja dama llamada esperanza aún vive.

Afición

El sonido ambiente de la tarde noche del domingo fue un réquiem, un carrusel de resultados en tono menor en el que los pitidos de gol sonaban a SOS de náufrago y los telediarios post electorales traían más de lo mismo. En la tarde noche dominguera se entonó un gorigori por el alma del Sporting y por la estabilidad democrática de Asturias. Descansen en paz ambos. Los resultados deportivos y electorales del domingo no garantizan la permanencia de nadie: ni del equipo de Gijón, ni de la gobernanza de Asturias. Los empates valen de poco en el fútbol y en la política. El Sporting paró un penalti pero sólo sacó un punto, sigue con un pie en el vacío a pesar de tanto aspaviento. El PSOE Y FAC también salvaron los muebles, pero no promocionan, siguen en puestos de descenso, no progresan adecuadamente, se han apalancado en el aprobado por los pelos, esperando vivir más de los desastres ajenos de que las virtudes propias y rogando un milagro de origen desconocido, una carambola. Los marcadores que consiguieron ambos, partidos políticos y futbolistas, son calderilla que no da para tomarse ni un café de la máquina; son el resultado de disputas anodinas, sin estrategia sólida, con jugadores cansados y sin motivación, que sienten los colores más bien poco y que son más capaces de dar titulares que satisfacciones. Los de Clemente siguen estando entre lo mejor de los peores, como la mayor parte de los candidatos que el domingo que saltaron a la cancha a jugar una prórroga, lo que quedaba por disputar de un partido que se suspendió hace diez meses y que ha terminado como empezó: en nada. Ahora, como los malos equipos que se niegan a reconocer que están en una categoría que no les corresponde, tratarán de echar cuentas a favor y balones fuera y las culpas serán solteras. Lo único cierto es que la afición nada vez va menos al Molinón y a las urnas. Por algo será.

Reflexion

Dicen que mañana hay que votar. Los finos mercaderes de palabras precocinadas para los candidatos, solemnizan la ocasión y proclaman que en los días de elecciones se firma un contrato con los ciudadanos de cuatro años de duración. Un contrato de cuatro años es todo un lujo en estos tiempos. Aquí es donde empiezan los problemas porque uno nunca ha visto tal contrato, no sabe qué contraprestaciones tiene, dónde hay que reclamar, quién es el empleado y quién el empleador, o cómo se puede despedir al cargo electo que salga vago, golfo o inepto. No se sabe nada de nada, salvo que el contrato que se nos pide avalar dura cuatro años y que durante este tiempo los que se suben al escaño ganarán una pasta estupenda que pagaremos nosotros. En resumen: firmamos a ciegas, pagamos por obligación y las posibilidades de rescisión anticipada son muy escasas. Ningún empresario actual aceptaría contratar a ningún trabajador en estas condiciones, se echaría las manos a la cabeza y a los bolsillos negándose a pagar esos sueldazos sin que siquiera haya periodo de prueba, cosa normal en todos los contratos. Cualquier empresario se negaría a blindar por cuatro años el sueldo y las condiciones de un trabajador cuyo currículum puede haber sido falseado y su experiencia es más que dudosa o demuestra directamente su incapacidad absoluta para ejercer la tarea asignada. Nadie en la FADE ni en la CEOE aceptaría comerse un marrón de este calibre, los votantes sí, de manera, que el contrato del candidato con el electorado es comola Reforma Laboral, pero al revés. Nuestro voto firma un contrato blindado de cuatro años (en teoría) a unos gobiernos que se encargan de que podamos ser despedidos de nuestros empleos con absoluta comodidad. Muy bueno. Ala Reforma Laboraldebería responderse con una reforma electoral que incluya diputados en prácticas con sueldos de 400 euros al mes y dé al votante derecho a despedir al político canalla, ladrón o maula. Si nos ponemos a revisar los contratos, que sean los de todos.

 

Broma

Hace unos días presencié en Gijón y en directo uno de los “botellones” callejeros más grandes de mi vida. Vi con extrañeza que se celebraba a pleno día, detrás de la Feria de Muestras, y tras peregrinar hacia ese destino diciendo “meca, vaya pedo” como quien va a Meca con sus litronas de toda especie, allí se emborracharon con alegría y desenfado las mesnadas de estresados universitarios gijoneses que no habrán aprendido otra cosa, pero que saben ya de sobra que hace falta beber para vivir. Lo raro de esto es que el concurrido “botellón” se celebraba en una ciudad cuyo Ayuntamiento está estudiando un sesudo reglamento para prohibir precisamente los botellones callejeros, los besos a tornillo en las esquinas, las meadas fuera/dentro del tiesto y la práctica de otras indecencias similares en lugares públicos. Me extrañó, además, que la Universidad de Oviedo y su reelegido rector, tan obsesionados por apartarse como de la peste de manifestaciones lúdicas tumultuosas y alcohólicas (véase la Semana Negra), no hubiera dictado un bando público bajando la nota de los exámenes a los estudiantes que eligieran mostrarse bebidos en las calles en vez de quedarse embebidos en la biblioteca empollando sus exámenes de primavera. También me chocó que la gran borrachera colectiva no se celebrase en esa explanada esterilizada y hermanada con el Campus y no en un parque municipal por el que pasan niños que, a lo mejor, se escandalizan de ver tanto beodo en horas de oficina. Me extrañó también que ningún colectivo vecinal, asociación de hosteleros, comunidad de propietarios o despacho de abogados curtido en trifulcas contra los desmanes callejeros, se hubiera pronunciado en contra de semejante manifestación de consumo etílico entre la juventud. Por mucho menos que eso se han montado en esta ciudad unas Babilonias terribles. Pero, este no fue el caso. Ya que los universitarios han aprovechado que las autoridades miraban a otra parte, que el sistema legal está lleno de grietas o que hay muchos legisladores fariseos, propongo a la ciudadanía que reserve cada viernes el parque inglés para celebrar allí sus cuchipandas familiares, bodas, bautizos o despedidas de soltería. O hacemos todos botellón o que alguien me diga qué broma es esta.

Equilibrio

En la vida corriente, lo mismo que en la democracia, puede ser necesario elegir entre seguridad y libertad. Es un viejo debate. Los buenos políticos (los malos también) presumen de ser capaces de gobernar manteniendo un exquisito equilibrio entre ambos factores y dicen que esa es la receta del perfecto mandatario. Todos quienes se tienen por demócratas de pura sangre afirman que de nada vale tener las calles más seguras del mundo si eso se hace a costa de imponer el toque de queda a partir de las 8 de la tarde. Sin embargo, y pese a estas proclamas, dudo que este criterio del equilibrio delicado se aplique también a las cuestiones económicas, es decir, cuando se decide si en una sociedad es más importante la seguridad del estado del bienestar o la libertad de mercado, banqueros, especuladores y otras especies engordadas en la cloaca económica. Lo cierto es que en la vida privada, con los años nos hacemos conservadores. La libertad que tanto buscamos a lo largo de los años nos ha dejado ya bastantes cicatrices, así que nos declaramos cansados de jugarnos el tipo como rebeldes sin causa (o con ella) y queremos tener más seguridad. Seguridad Social, seguro de desempleo, seguro de vida y hasta seguro de muerte con opción a esquela, corona e incineración. El problema es que quienes mandan han decidido sin preguntar a nadie y, eso sí, proclamándose equilibrados y sensibles gobernantes, que prefieren promocionar y garantizar la libertad de algunos con cargo a la seguridad de todos. Las calles del sistema económico se han puesto muy peligrosas por culpa de un asesino en serie llamado déficit, esa es la razón por la que se establece un severo toque de queda para nuestras nóminas, los convenios colectivos y las negociaciones salariales.
Es irónico que celebremos ahora el segundo centenario de “La Pepa”, la Constitución que nos hizo pasar de súbditos a ciudadanos y cortó con el absolutismo. Es irónico porque tal como van las cosas de descompensadas entre nuestras libertades y nuestras seguridades, uno siente crecer a diario la sensación de ser un siervo inseguro, sometido a un moderno absolutismo económico en el que la libertad de unos pocos se costea con la seguridad de muchos. Todo para el pueblo, pero contra el pueblo.

Puntos

Propondré a Rajoy que instituya un DNI por puntos para acotar los desmanes de ciertos sinvergüenzas que circulan por ahí sin respetar límite alguno.  No hay razón para multar y quitar puntos sólo a quienes se desmadran en las calzadas y no hacer lo propio con quienes se pasan por el arco de triunfo todos los códigos menos el de circulación. Ya que esta medida ha dado resultado en las carreteras y se muere menos gente, hay que instaurar el DNI por puntos para poner a raya a esa gente que fuma en el ascensor, que deja la caca del perrito en medio de la acera, que pone la música del coche a todo lo que da, que no se ducha nunca, que se mete en las conversaciones ajenas, que grita por todo, que espía la vida de sus vecinos o que aparca por el morro en las plazas reservadas a minusválidos. Uno puede ser un mal conductor y un buen ciudadano en general, pero también puede ser un virtuoso del volante  y un hijo de perra que amarga la vida a todo aquel que pilla por delante. Ese tipo podrá andar en el coche todo lo que quiera, pero que se limite a eso, a conducir, y quede inhabilitado para la vida civil. Que le quiten el DNI una temporada y se sienta como un apátrida en medio de nos semejantes a quienes desprecia, maltrata, ningunea o chulea sin piedad. No hace falta que les ponga ejemplos. Seis meses sin DNI y un examen de ciudadanía para volver a recuperarlo. Si no, nada.

Hay conductores suicidas en las relaciones  sentimentales, en las personales, en las laborales, en las políticas y en la vida pública. Hay tipos que nunca ceden el paso, que siempre se atraviesan en doble fila y que van con la luz larga para tratar de deslumbrar. Tipos que gobiernan sin mirar donde pisan, tipos que hacen su trabajo con desprecio absoluto por los resultados, mentirosos disfrazados de estadistas, estafadores travestidos en benefactores de la humanidad, o lobos con piel de visón . A todos esos y esas, señor Rajoy, a esos que embisten y maltratan, a quienes siempre aparcan de oído al lado de nuestra vida causando sólo abollones en nuestra maltrecha carrocería humana, a esos que nos atropellan y se dan a la fuga dejándonos tirados una y otra vez, que les quiten todos los carnés. O que les den de hostias hasta en el de identidad.

Bobo’s

He visto que este año tampoco estoy en la Lista “Forbes” de millonarios, ni mucho menos en el libro “Guinness” de records sexuales, ni tampoco en la “Lista Rosa” de ciertos almacenes gijoneses que regalaban jamones a tutiplén. Soy un cero a la izquierda que sólo aparece en padrón municipal y gracias. Para compensar, coy a crear la lista “Bobo’s” en la que apareceremos los ciudadanos y ciudadanas que, como es mi caso, sigamos cultivando unos índices de credulidad más allá de lo razonable. Apareceremos en ella quienes seguimos pensando que defraudar a Hacienda es reprochable, que quien bien siembra siempre acaba por recoger, que el trabajo bien hecho es garantía de seguridad laboral o que los políticos y los sindicalistas de todas las razas y pelajes hacen lo que hacen por nuestro bien. La lista “Bobos”, posiblemente encabezada por un servidor en varias ediciones, incluirá también a aquellos que pensaron que callarse a tiempo es mejor que protestar, que quien bien te quiere te hará un ERE, que la humanidad aún tiene remedio, que el alcohol es un veneno, que la puntualidad es una virtud y que la buena educación abre todas las puertas. Estarán en esa lista quienes ceden el paso, quienes respetan los “stops”, los que rezan a las cuatro esquinitas de la cama, los soñadores compulsivos, los que hablan bajo cuando entran en la sucursal del banco o están en presencia de un notario. Estarán bien colocados en puestos de salida de la lista “Bobo’s” todos aquellos que han pensado que este sistema social, político y económico está creado para ayudar a la gente, que unas elecciones lo pueden cambiar todo, que el parlamento es la voz del pueblo, que los jueces son imparciales, que las promesas electorales tienen valor alguno y que los obispos nos precederán en el reino de los cielos. Bienvenidos quienes deseen ser candidatos a la primera lista, quienes creen en la dieta mediterránea, los yogures con fibra, el jogging matinal, el ahorro, la templanza, la castidad, la calidad, la caridad, la paciencia y las buenas maneras. Pueden añadir otros méritos y sumarse al grupo. Gracias.

Bazas

Si este país no necesita una huelga general tampoco necesita otras elecciones. Son dos lujos que molan mucho sobre el papel, que funcionan como los efectos especiales de cualquier democracia que se precie, pero que tendrán nulos efectos sobre nuestra vida cotidiana. Fuegos fatuos. Sombras desde el fondo de la caverna de Platón. Y esto se debe a que ni los sindicatos ni los políticos tienen poder alguno sobre la realidad, aunque siguen viviendo la ilusión de que una buena manifestación dominguera o un masivo mitin fin de campaña influyen sobre lo que nos está pasando. Y no es verdad porque ellos tampoco tienen ni la menor idea de cómo se tapa la hemorragia que nos está desangrando. Ellos ya no mandan. Los que se presentan a las elecciones otra vez porque no saben pactar, gobernar o ceder dicen que no nos podemos permitir una huelga general. Los que convocan la huelga general porque no tiene más remedio dicen que no nos podemos permitir unos políticos como estos. Algunos de los que quedamos en medio de ambas convocatorias sólo sabemos que, al paso que vamos, no nos vamos a poder permitir ni pagar la hipoteca. Lo demás, manifestaciones y elecciones, le parecen a uno ejercicios cansinos, voces en castañeu, brindis al sol que evidencian la impotencia interior que se siente ante una realidad en la que sólo contamos como cifras de manifestantes o de votantes que unos lanzan contra otros como boñiga seca. El resto del tiempo somos tan necesarios como una huelga o unas elecciones a destiempo.
Somos un país excesivo, que sufre como el cordero llevado al matadero o que se levanta de las patas de atrás a la primera de cambo. Siempre hemos sufrido y protestado por encima de nuestras posibilidades, hasta para manifestarnos en calles y urnas. Como el tahúr del tango, nos ponemos a jugar a las siete y media y nunca calculamos: pedimos carta con seis y nos plantamos en dos y medio. Los que tienen todos los ases en la manga se mean de risa con las huelgas y las elecciones y siempre ganan la partida.

Sondeo

Ayer, coincidiendo con el CIS, hice un sondeo electoral en mi propio interior, en mis tripas, ya que será de ellas de donde salga lo escrito en la papeleta que echaré al cesto el 25-M. Uno siempre ha tenido la fantasía extraña y seguramente falsa de que los cuerpos humanos y los cuerpos electorales tienen en común disponer de organismos (y hasta microorganismos) con opiniones encontradas en más de una ocasión. Pienso, por ejemplo, que las tripas suenan porque discuten entre ellas por alguna cosa de interés general para todo el cuerpo. Unas elecciones o una mala digestión, por ejemplo. Uno cree que cada vez es más arriesgado acodarse en la barra del chigre, pedir una pinta y soltar por aquella boca “este país es de derechas”, o “Asturias es de izquierdas”, o “aquí todo el mundo va a misa”. Aquí los sociólogos tienen poco que hacer. Uno ya no consigue ponerse de acuerdo ni consigo mismo, así que mal se va a poder saber la intención de voto de todo un país de cuarenta y pico millones de almas. Si mi mano derecha no sabe lo que hace la izquierda (la mano, quiero decir), ¿cómo va a saber el CIS lo que bulle en la tripas de cada ser humano con derecho a voto? Difícil lo veo.

El resultado de la encuesta que me hice fue poco esclarecedor. El hígado me pide votar a la izquierda, mientras el estómago tira más hacia el centro derecha desde hace algunos meses. La garganta pide justicia social unas veces, pero hay otras en las que se derechiza de tal modo que los ruidos que salen de ella recuerdan a una intervención parlamentaria de Fraga, que en gloria sea. Los oídos se decantaron por la abstención, ya que los argumentos de los partidos en campaña entran por uno y salen por otro. La nariz contestó con un prudente “no sabe , no contesta”, muy afectada, dijo, por los tufos a corrupción que llegan de todas partes y que le impiden situarse como es debido. La entrepierna se declaró anarquista sin paliativos para estar todo día a lo suyo sin culpa y sin pausa. El día 25 quiere quedarse en la cama.

¿Resultado del sondeo? Muy incierto. O todos mienten o yo me estoy desintegrando como votante y como ciudadano, una vez pulverizado como trabajador. Anoche traté de encuestar a mi cerebro, pero no pudo atenderme. Se pasa el día echando cuentas para que yo pueda llegar a fin de mes.

Bardales

Cuando se mueren los buenos queda más sitio para los tibios, seres situados en la antesala de los peores. Que se haya muerto el cura Bardales deja más sitio para los curas Rouco, los finos inquisidores color ala de mosca, los cristianos de talla única, los padrenuestros automáticos, los creyentes de repetición, los meapilas que quieren tener el ‘cumplo’ en mano para irse con el ‘miento’ volando. La muerte de José María Bardales clausura una de las últimas trincheras de la Iglesia que acogió a los seres humanos sin exigirles la fe de bautismo o el sello de haber ido a misa de doce. Ya no hay locos ni tampoco santos, no se engañen, y eso que nos harían falta bastantes ejemplares de ambas especies para desatascar este sumidero en que andamos metidos. Uno siempre ha pensado que la santidad es tener sentido común y creer que el cielo puede esperar pero las urgencias de los de aquí abajo no admiten demora. La gente quería al cura Bardales por eso, porque estaba ahí para lo que fuera, como uno más, a tiempo completo, con sus grandezas y sus limitaciones. Como el resto, sin esconderse tras una sotana, sin paternalismo pero con tolerancia, armado con su alma. Toda el alma. Los santos no levitan a una cuarta del suelo, que no les cuenten cosas raras; los santos a los que la gente llora de verdad son aquellos que nunca pretenden serlo, los tipos que andan a pie por los caminos de todo quisque, los que van al bar, a la fiesta y a dar el pésame, los que prefieren curar heridas a hurgar en ellas, los que van al fútbol y piden que nos den ahora un adelanto del Paraíso para repartir entre los que menos tienen. El cura Bardales era un paisano corriente que se ha muerto sin querer, como todos, después de haber vivido queriéndolo con todas sus fuerzas, su inteligencia, su fe, su esperanza y su caridad.