Diagnóstico

Conozco a un tipo a quien despidieron del trabajo el mismo día que su médico le comunicó que la biopsia de la masa oscura detectada en su riñón izquierdo no era más que un montón de grasa benigna. El hombre pasó varias horas con la extraña sensación de no saber qué sentir. Llevaba en una mano la carta de despido y la otra el salvoconducto del oncólogo. Estaba sano, pero se había quedado en el paro. Era un cuerpo vivo, pero un cadáver laboral. Un biorritmo había recuperado el latido habitual, pero otro se había colapsado sin remedio. La biología molecular de sus células le había firmado una prórroga de duración indeterminada, pero el mercado laboral le dejaba en la cuneta como a un apestado tras casi tres décadas de fieles y cumplidos servicios a la empresa y a la Seguridad Social. Nunca había pensado tener cáncer, ni quedarse en el paro. Siempre había imaginado que moriría de viejo y en la cama, como un pajarito, tras haberse jubilado con una emocionante cena de hermandad en la que el director general de la empresa le habría entregado un reloj de oro tras loar durante unos segundos su probidad, lealtad y eficiencia. La vida le iba demostrando que cuando empieza el segundo tiempo de la existencia no conviene hacer demasiados planes.
Su cuerpo empezó a dar señales del presunto tumor nefrítico casi a la vez que en su empresa se vieron los primeros síntomas de desnutrición, apatía y enfermedad grave. Cada mañana se palpaba el bulto de la espalda y tocaba el ambiente enfermizo de su oficina. El mismo día pidió hora a su asesor fiscal y a su médico. Ambos arrugaron la nariz ante el panorama. El economista, fiel al estilo de este gremio, dijo que prefería las autopsias a las biopsias y se limitó a recomendar al enfermo lo de siempre: prudencia y no firmar papeles. El oncólogo arrancó un puñado de células y las metió bajo el microscopio. Mientras las células daban muestras de salud, la empresa tuvo un cólico del que salieron despedidos varios de sus operarios como si fuesen cálculos (de calculadora) renales. Los sanos y los enfermos.
El tipo puso los diagnósticos sobre la barra y pidió una copa. Salud.

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