Armagedon

Perder en dos días a un presidente y a un entrenador de fútbol es muy duro para cualquiera. Dos golpes en la misma herida para una Asturias falta de liderazgo y llena de moratones, son muchos golpes. Ni los guionistas de los culebrones venezolanos son capaces de mantener esta tensión narrativa en un solo episodio. Ni Carlos Dickens habría pintado un panorama tan sombrío y lleno de orfandad. Y, además, las vidas paralelas de ambos personajes, de Paco Cascos y Manolo Preciado, añaden más morbo a la coincidencia de los cesantes, a la sensación de Armagedon en la que vivimos esta semana. Asturias y el Sporting están en puestos de descenso, ambos gestores tienen un banquillo lleno de figuras de medio pelo, están jodidos de presupuesto y no pueden hacer fichajes de relumbrón aunque quisieran.

Ambos son muy gallos, dicen siempre la última palabra, les gustan los periodistas domésticos y padecen una cierta manía persecutoria en su relación con la prensa. La afición confía en ellos, les pide que den un vuelco a las cosas, pero los milagros sólo se hacen en Fátima, ni en Covadonga. Y eso que Cascos llegó al principado hecho un Pelayo dispuesto a fumigar a los infieles. Pero se le acabaron las piedras a media batalla y pide tiempo muerto para recoger munición. Manolo tuvo algo más de suerte y de tiempo. En cinco años pasó por días de vino y rosas, salvó los muebles en varias ocasiones (los suyos propios y los del equipo) pero, al final, su carisma no fue suficiente.

Paco y Manolo son perfiles de aristas cortantes, capaces de generar amigos y enemigos de la misma intensidad. Ambos ejercen la diplomacia con guantes de boxeo. Ambos carecen de sentido de la medida en sus filias y sus fobias: primero disparan y luego preguntan. Preciado retó a Mourinho y Cascos plantó cara a Rajoy. Preciado ganó y Cascos perdió, pero ambos consiguieron un club de fans, una forofada incondicional que les juró amor eterno a ellos y odio perpetuo al infiel.

Preciado se va para no volver. Cascos se va para intentar quedarse. Ambos han vivido dulces derrotas y amargas victorias. Ambos se guardan ases en la manga. Ambos son producto de este país nuestro, tan dado a dejar que los árboles no permitan ver el bosque, a jugar con el campo embarrado. Tal vez Preciado pudiera presentarse a las elecciones y entrenar Cascos al Sporting. Igual funciona el cambalache.

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