Cine

Entiendo bien que haya ganado el Oscar una película muda y en blanco y negro. Esa película es una pura modernidad, la metáfora perfecta de este mundo real, un mundo gris y callado con banda sonora de organillo tocada por una orquestina que dirigen los habituales para que bailemos al son que tocan. La película que ganó el Oscar no es ninguna antigualla, es moderna, recién salida del relato de nuestras vidas, unas existencias que se están decolorando a pasos agigantados y en la que la capacidad que tenemos de tomar la palabra para discrepar tiende a cero. Nuestras vidas no son ríos que van a dar a la mar,  sino fotogramas que aspiraban a ser tecnicolor y viran ahora del sepia al marengo más impertinente. El cine mudo fue el cine de la gran depresión y estamos en ella otra vez, así que la Historia ha hecho el gran bucle desde los hermanos Lumiere pasando por el eastmancolor. En esta revival del cine mudo, nosotros somos esos miles de hombrecillos que atraviesan corriendo las avenidas, que miran hoscos la cámara a la salida de la fábrica o saludan al cameraman bebiendo agua de un botijo a la sombra y al solano, sonriendo como autómatas. Hay gánsteres engominados y bigotillo fascista que dominan el mundo desde las cloacas o los tribunales, hay actores gangosos o con frenillo  que hacen perfectamente el papel de presidente porque no se les oye la voz. Igual se tienen que retirar cuando llegue del sonoro. Era mentira que el cine en tres dimensiones fuese a triunfar por ser igual que la vida. La vida de la mayoría cada vez es más plana, más descolorida, con menos relieve. Lo único que destaca en las pantallas son las porras de los guardias que abollan estudiantes, o los dedos acusadores de políticos y economistas que nos acusan de vivir por encima de nuestras posibilidades. Sólo los telediarios son cine en 3-D porque hasta nuestro salón entra el mechoncillo blanco del yerno real acusado de mangante, los morritos de la vicepresidenta que nos sube el IRPF o la silicona de las tetas de Belén esteban, esperpento nacional para estos tiempos en los que solo se puede mirar, andar rapidito y callar porque sólo tenemos dos opciones: blanco o negro.

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Antídotos

“Amigo mio, el aire está lleno de palabra tóxicas que no se ven, pero terminan por respirarse”. El médico de cabecera se lo dijo con esta contundencia a un tipo a quien conozco que acudió a la consulta con una fuerte tos, flemas del peor color posible y dolores en el pecho. A cada aspiración su pecho emitía un ruido parecido al de un tubo de escape trucado. El doctor le tomó el pulso mientras le preguntaba qué palabras había respirado en las últimas semanas. Algo mosca, mi amigo pensó en el último boletín informativo que había entrado directamente hasta el fondo de sus bronquios. Vio la radio como una alcantarilla abierta de la que salían a chorros palabras fétidas como recesión, recortes, paro, déficit, reforma laboral y miedo. El doctor le explicó al tipo, que para esa fecha ya aspiraba como el fuelle rajado de un armonio viejo, que la actualidad se está convirtiendo en una sustancia más irrespirable que el humo de una moto. Los últimos estudios indican que respirar dos telediarios en los que se salgan Montoro, de Guindos o el presidente dela CEOEproducen el mismo efecto que fumarse dos paquetes de tabaco sin filtro. Asistir como espectador a una rueda de prensa de Merkel y Sarkozy, o escuchar las resoluciones del Consejo de Ministros tiene la misma repercusión sobre el CO2 ambiental que todo el efecto invernadero que se crea en la M30 de Madrid en hora punta.

El tipo enfermo, ya con los labios azulados por una deficiente oxigenación, sacó un hilo de voz para pedir un remedio, un antídoto. El médico fue a la estantería de su consulta y cogió dos diccionarios. “Lea palabras hermosas tres veces al día”, recomendó con aplomo mientras garabateaba un par de recetas. Dijo que se trataba de una terapia experimental pero que da resultados. El tipo compró un colirio en la farmacia y el Maria Moliner en la librería de al lado. Se sentó en un banco y leyó al azar: “salitre”, “remedo”, “campa”, “nimbo”, “hayedo”, “solapa”, “meandro”, “zoquete”, “vis”, “querencia” “almazara”, “vereda”, “majadero” …

Desde entonces está mucho mejor.

Diagnóstico

Conozco a un tipo a quien despidieron del trabajo el mismo día que su médico le comunicó que la biopsia de la masa oscura detectada en su riñón izquierdo no era más que un montón de grasa benigna. El hombre pasó varias horas con la extraña sensación de no saber qué sentir. Llevaba en una mano la carta de despido y la otra el salvoconducto del oncólogo. Estaba sano, pero se había quedado en el paro. Era un cuerpo vivo, pero un cadáver laboral. Un biorritmo había recuperado el latido habitual, pero otro se había colapsado sin remedio. La biología molecular de sus células le había firmado una prórroga de duración indeterminada, pero el mercado laboral le dejaba en la cuneta como a un apestado tras casi tres décadas de fieles y cumplidos servicios a la empresa y a la Seguridad Social. Nunca había pensado tener cáncer, ni quedarse en el paro. Siempre había imaginado que moriría de viejo y en la cama, como un pajarito, tras haberse jubilado con una emocionante cena de hermandad en la que el director general de la empresa le habría entregado un reloj de oro tras loar durante unos segundos su probidad, lealtad y eficiencia. La vida le iba demostrando que cuando empieza el segundo tiempo de la existencia no conviene hacer demasiados planes.
Su cuerpo empezó a dar señales del presunto tumor nefrítico casi a la vez que en su empresa se vieron los primeros síntomas de desnutrición, apatía y enfermedad grave. Cada mañana se palpaba el bulto de la espalda y tocaba el ambiente enfermizo de su oficina. El mismo día pidió hora a su asesor fiscal y a su médico. Ambos arrugaron la nariz ante el panorama. El economista, fiel al estilo de este gremio, dijo que prefería las autopsias a las biopsias y se limitó a recomendar al enfermo lo de siempre: prudencia y no firmar papeles. El oncólogo arrancó un puñado de células y las metió bajo el microscopio. Mientras las células daban muestras de salud, la empresa tuvo un cólico del que salieron despedidos varios de sus operarios como si fuesen cálculos (de calculadora) renales. Los sanos y los enfermos.
El tipo puso los diagnósticos sobre la barra y pidió una copa. Salud.

Partido

La nueva economía es como el fútbol que se le atribuye a Javier Clemente: a base de patadas, caiga quien caiga. Dentro de nada, las semblanzas de ciertos empresarios se escribirán en términos muy parecidos a las de algunos entrenadores de fútbol. Los que opten por el fino estilismo y el espectáculo de estrategia sibilina serán los menos. La mayoría asumirá el juego bronco  que busca el mejor resultado al precio que sea, sin importar las tarjetas que reciban sus jugadores, las piernas que se rompan en la contienda o los cadáveres prematuros que queden en el vestuario. El balón de la economía es el beneficio y el árbitro es Mariano Rajoy, muy empresarial en sus decisiones, muy casero, ya que los empresarios siempre juegan en casa. El banquillo está cada vez más lleno de jugadores reservas, mientras en la cancha juegan a muerte los combinados de la clase empresarial contra las huestes de la antes llamada clase obrera. Lo que pasa es que el reglamento va cambiando a tal velocidad que llega un momento en que no se sabe qué es lo legal y qué es lo ilegal. El árbitro está autorizado a sacarle tarjeta al jugador que ha sido agredido por el contrario, expulsa al que le mete un gol al portero del CEOE F.C., permite que la delantera empresarial se infle a dar codazos y meter goles con las manos, mientras que sus defensas siegan las espinillas contrarias sin penalización alguna. En algunos partidos de empresarios contra currantes, los primeros han llegado a alinear a 14 jugadores, tres de ellos porteros, y a tener delanteros que llevaban pistolas en el sobaco para quitarse de encima a defensas pegajosos a base de un tiro en la nuca. Este deporte promete nuevas emociones. Llegará un día en que el reglamento permita jugar a 11 de la CEOE  contra un peón caminero. Ese día no habrá más Liga. De momento, hay partido.

Sueño

Soñé ayer que me iba de copas con la Reforma Laboral. Como tiene un nombre tan largo, sus amigos la suelen llamar zorra, a secas. Para mi sorpresa, a ella no le parecía mal que se refirieran a ella por ese nombre tan feo. Al igual que esos robots mutantes y medio humanos que salen en las películas, la Reforma Laboral tiene asumido que es un ser híbrido creado a martillazos por unos diseñadores políticos y unos mecánicos burócratas, todos metidos en su sótano del Banco de España durante una noche de tormenta. Ha sido creada con la misma finalidad que las rameras de carne y hueso: sacar dinero a unos y dárselo a sus protectores, a sus chulos. Durante esa noche de copas oníricas (que yo pagué todas, claro), la Reforma, “llamadme zorra, por favor”, reclamaba ella muy desenfadada y en su oficio, me contó que sus padrinos la tienen atendida a cuerpo de reina. Ella tiene clara su vocación y practica varias modalidades de trabajo. La Reforma puede funcionar como señorita de compañía en las reuniones de la CEOE, o putón verbenero y desorejado de esquina meada en los barrios de toda la vida, antes llamados barrios obreros. La estrategia es putear en un lado y dar alegrías en el otro. Ella me confesó que le han dicho que tiene trabajo para mucho tiempo, porque en este país los obreros son unos vagos y tienen necesidad de que alguien los ponga firmes, alguien que los putee vamos, a ver si se van dando cuenta que han estado viviendo por encima de sus posibilidades, que las empresas no son instituciones benéficas puestas ahí para acogerlos a ellos  mientras pagan la hipoteca de una casa que, claro, tiene un precio que está muy por encima de sus posibilidades. La noche terminó mientras ella se zampaba una ensalada de brotes verdes.

Al despertar tuve la sucia sensación de haberme ido de putas. Menos mal que sólo era un sueño

Gol

Es bastante probable que el Sporting haya sido una de las primeras empresas de España en aplicar la reforma laboral de Rajoy. Ha sido aprobarla en Consejo de Ministros y, oye,  empezar a entrar y salir gente por la puerta del vestuario con cara de póker. Lo de “mover el banquillo” como sinónimo universal de cambios en las empresas de cualquier tipo, sienta como un guante a la política laboral del Sporting SAD. Aún estaba fresca la tinta en los periódicos de la ratificada confianza a Iñaki Tejada como “míster” rojiblanco cuando fuimos informados del “clementazo”. No conozco al señor Tejada, pero me parece que después de tantos años en la casa rojiblanca habría merecido un trato algo menos esperpéntico. Es un decir, claro. Ya se sabe que las relaciones laborales no van necesariamente acompañadas de modales exquisitos. Y eso que siempre se ha dicho que el Sporting es “un equipo señor”. Señor, Señor.

A uno que no sabe nada de fútbol, le da la sensación de que cuando un equipo no consigue entrenadores que le den títulos se queda con cualquiera que dé titulares, que meta frases por la escuadra, que deje en fuera de juego a la opinión pública y un largo etcétera de símiles deportivos que ustedes mismos podrán componer. Javier Clemente, tengo entendido, es un auténtico fenómeno mediático, una red social con patas, un altavoz de ocurrencias, sentencias que va escanciado en su discurso como se sirven los txiquitos que se toman en las barras de las tabernas: pequeños de tamaño, pero frecuentes en el tiempo y contundentes en el contenido. Falto de fútbol, el Sporting debería andar algo más sobrado de imagen y del ya mentado “señorío”, una facultad que se le supone pero que no siempre exhibe cuando y como debiera. Mucha tarea tienen por delante mis colegas José Luis Rubiera y Manfredo Álvarez para poner en orden la comunicación de este venerable Sporting, muy dado a meterse goles en propia puerta.

Reformatorio

Por lo que uno ha visto en los papeles durante estos días, la llamada reforma laboral es más bien un reformatorio laboral, una institución de carácter punitivo a la que van a para todos los trabajadores que no son aún parados y parte de los parados que quieran ser trabajadores. El reformatorio laboral cuyos estatutos ya han sido aprobados, está dirigido por una señora con pinta de institutriz apolillada que se apellida Bañez. Esta señora ha contratado como asesores pedagógicos a los doctores Montoro y De Guindos, dos expertos en estricta disciplina laboral para meter en vereda a obreros sin concepto global de la economía ni de la construcción europea, o a toda la panda de leninistas que lo mismo montan un complot contra el concejal de cultura de Gijón que arman una huelga general por todo lo alto. Parece ser que un grupo de relevantes socios de la CEOE se encargarán de organizar los menús de la institución a base de sopa de sobre y bocadillos de mortadela. Los brotes verdes que puedan crecer en el patio se servirán en ensalada al presidente de los empresarios, autor de la famosa “dieta Rosell”. Ellos mismos repartirán las pagas de los domingos entre quienes se porten bien, además de encargarse de poner las notas trimestrales a los internos y de darles permiso para ir al cine, a las sesiones baratas del día del espectador, eso sí. Las salidas al patio se reducirán de 45 a 20 minutos por día.
Así las cosas, el reformatorio laboral de la señora Báñez se va a poner de bote en bote en los próximos meses, con huéspedes de todas las edades y condiciones. Hasta los que tenían habitación individual indefinida van a tener que compartirla con los recién llegado. Lo que parece es que todas las plazas disponibles se llenarán antes de que acabe este año y que en 2013 habrá que aprobar una nueva reforma laboral que, al cambio, será como construir una ampliación del reformatorio, una institución que lleva creciendo sin parar desde hace años y que, sin embargo, no acaba de imponer disciplina a trabajadores y sindicalistas. Lo mismo hay que pensar en medidas más tajantes.

Nada

A mi edad ya no llega uno al sábado con el guapo subido. A mi edad, a esta de hoy, llega uno al sábado muy descolocado y acumulando razones varias para creerse un ignorante total, un tipo con las percepciones básicas desgastadas, desviadas. Ejemplos.

Un sinvergüenza de afilados dientes blancos que viste trajes de gratis total y gemelos de oro, sale de rositas del juzgado aunque el olor podrido sea muy intenso a su alrededor. El juez que trincaba a este y otros apandadores, terroristas con muchas muescas en la culata de revólver y dictadores bananeros de fino bigotín, es condenado a la muerte profesional y civil por unanimidad. Debe ser que no sé nada sobre Justicia. Un banquero que se ha gastado en putas y yates los ahorros confiados a él por varias generaciones de la clase media, recibe una indemnización de varios millones de euros para vivir su jubilación dorada. Mi madre no llega a 600 euros mensuales de pensión. Debe ser que no entiendo de economía.

Un cura pederasta puede haberse pasado 20 años dande clase a inocentes niños. Hay crimen pero no castigo. Una profesora de religión casada por amor con un señor divorciado es puesta de patitas en la calle. Debe ser que no entiendo nada de Teología. Un ex ministro fascista que asentía ante las condenas de muerte que firmaba su jefe paticorto, muere en loor de democracia. Los perroflautas de la tienda de la campaña del 15M son sacados a toletazos de unas calles que, casualmente, el muerto reclamaba para sí. Debe ser que no entiendo nada de historia de España. Ni de vías públicas.

Un entrenador de fútbol es despedido de su trabajo por poner a su equipo al borde del descenso. El tío que lo despide llora como una esposa maltratada que, pese a todo, sigue adorando a su hombre aunque le pegue una paliza cada fin de semana dentro o fuera de casa. Para rematar, unos políticos quieren nombrar al defenestrado “mister” hijo adoptivo de la ciudad. Debe ser que no entiendo nada de deportes. Ni de violencia doméstica, claro. Debe ser que no entiendo nada de nada.

Brazo

Es una suerte que la sanidad pública asturiana haya conseguido reimplantar con éxito el antebrazo de un señor. Esta cirugía de reconstrucción corporal va a ser de gran utilidad para quienes ya no tenemos más recurso de oposición a la realidad que dar cortes de manga. Está visto que a banqueros, políticos, empresarios se les da la mano y se acaban quedando con el brazo entero de un bocado limpio. Antes de que pase eso, antes de servir de brocheta humana y aperitivo a un sinvergüenza de dientes amarillos y afilados, prefiero quedarme manco yo mismo, auto inmolarme a base de darles cortes de manga hasta que se me rompa el antebrazo por la línea de puntos y largarme luego al HUCA con mi extremidad en una caja de hielo, como si fuera una pescadilla, para que me la vuelvan a implantar.

Pronto veremos colas interminables de mancos voluntarios e indignados con su bracete “on the rocks” metido en una bolsa del Más y Más, esperando su turno en las urgencias de los hospitales para que se lo vuelvan a poner en su sitio. La pena es que el Creador no nos haya dado más que dos brazos para poder hacer frente con más recursos a determinadas épocas de nuestra vida en las que seríamos capaces de dar hasta cuatro cortes de manga de una sola vez. Se oyen tantas sandeces al mismo tiempo (convocar elecciones anticipadas, hacer a Preciado hijo adoptivo, cargarse la Semana Negra, poner sueldos de 600.000 euros al año para banqueros de la raza de Rinconete y Cortadillo, o pelarnos los sueldos a los de siempre) que uno debería tener tantos brazos como un pulpo para expresar su profunda indignación, su braceo con riesgo de desgarro, su desgarro mudo con el braceo del que se ahoga. Ante quienes han llegado allá arriba dando codazos a placer, ante esos abusones inalcanzables que nos han dejado sin riñones, sin pensiones y sin voz, sólo valen ya nuestros cortes de manga sonoros, contundentes, con la camisa remangada, a brazo partido y un cirujano de cabecera que nos lo remiende una y otra vez.

Fantástico

Llevo una temporada dudando de que mi vida esté basada en hechos reales. Suena raro, soy consciente, pero es una idea que me obsesiona. Hay días en los que, desde por la mañana, uno oye cosas en la radio y lee en los periódicos historias tales, que parece imposible estar viviendo una vida basada totalmente en hechos reales. Es verdad que las películas de cine que advierten estar “basadas en hechos reales” suelen tener más morbo que las que son pura fantasía. Los directores que colocan en la pantalla y al principio el cartelito ese de “basada en hechos reales” ya saben que se han ganado un plus de atención. Eso funciona en el cine, pero cuando se abusa mucho de este recurso narrativo puede uno hacerse un lío . Ayer escuché, por ejemplo, que los jefes de los bancos que hayan necesitado ayudas del Gobierno para no irse al garete, podrán ponerse un sueldo de “solo” 600.000 euros al año. Eso si, los que dirijan bancos que hayan sido intervenidos a tope, podrán cobrar “solo” un máximo de 300.000 euros. Con unas vidas como esas, basadas en hechos reales valorados en 600.000 euros al año, seguramente da gusto ser el protagonista de una historia muy interesante, que al resto nos suena a pura ciencia ficción. Parece que cuanto más basadas están en hechos reales las vidas de algunos otros, menos creíbles y sólidas parecen las nuestras propias. Pasa lo mismo con los discursos de los políticos, basados en una idea de la vida real que es pura fantasía. Por el contrario, el resto de la tropa soñamos con ganar 600.000 euros, tener coche oficial y ser elegidos una vez tras otra para cargos oficiales. Esas fantasías en las que se basa nuestra vida real, son la vida real de ellos. Fantástico.