Días

Para sobrevivir a un lunes es necesario, antes que nada, rebañar del alma y la memoria toda la nostalgia  que dejó el bendito sábado con amigos sonrientes, niños contentos, tiempo en dosis razonables y siesta o tertulia sin reloj. Toda esa materia orgánica y temporal que venimos en llamar felicidad, hay que recogerla con esmero de las paredes de nuestra memoria y envasarla en cápsulas de cinco miligramos o menos. Con estas dosis homeopáticas de sábado nos iremos auto medicando durante el primer día de la semana para cortar el seco los brotes de ronchas de desencanto que nos haya podido dejar en el cuerpo la espesa tarde del domingo. De la misma forma que los restos del sábado ayudan a superar el lunes como los ‘anisinos’ apaciguan los cólicos de los lactantes, hemos de cuidarnos mucho de entrar por la puerta de la semana con salpicaduras del domingo.

Los domingos, salvo que haya habido fútbol y hayan ganado los nuestros por goleada, son días que caen a plomo como precipicios, sin más salida que el golpe y el portazo, que la realidad sin descongelar, dura, pelona y desaborida. Nada del domingo nos servirá para curar las cornadas del lunes porque el domingo es un exceso de todo, es como una navidad de garrafón, con mucha familia y muchos dulces en muy poco tiempo. El sábado es digestivo e informal. El domingo es indigesto y tiende a la corbata. Son excesivas las voces de los locutores de la radio, largas las reuniones familiares, las misas de doce, las cosas que hay que leer en los periódicos, la longitud de las películas que dan en la televisión. Todo excede a lo que se puede meter en 24 horas, por eso el domingo agota y decepciona. No se lleven nada de él.

Y como el lunes es un día debutante, un día que no espera pasar a la historia, un día que se sabe despreciado, hemos de tener cuidado con sus efectos. Hay lunes aguados y sin espíritu, que se dan por vencidos si dan las once de la mañana y no nos han humillado, pero hay otros lunes cabrones, que presagian una mala semana y acechan de tal manera que hasta nos hacen echar de menos un buen martes. Y esperar otro sábado.

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