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Ayer cometí la torpeza pueril de buscar una foto mía en Google, por ver que salía, y recibí por ello el mismo castigo que Narciso: quedé tonto mirando mi propio reflejo sobre las aguas. La cara del tipo que decía ser Jaime Poncela era la de alguien que podría ser mi hijo, delgado, sonriente, con un cierto brillo de ilusión en el fondo de la mirada y ganas de que acabase el posado para irse a otra parte. Ese tipo ya no soy yo, aunque debo cargar con su foto y su recuerdo porque esa imagen, esa foto que me habrán tomado vaya usted a saber cuándo, a qué hora y antes o después de hacer qué cosas, quedará guardada para siempre en las tripas de ese monstruo llamado Internet, una especie de fosa común de nuestro pasado que devora todo lo que somos y hemos sido. Me pasó lo mismo una vez que me vi a mí mismo de espaldas entre dos espejos de un probador del Corte Inglés y fui incapaz de reconocerme. Creí que se había colado en la cabina un tipo más bien bajito, trabado, con una coronilla cada vez más despoblada rematando el cráneo, y un extraño bulto en la base del cuello, que podría calificarse de contrapapada o papada trasera. Vi a ese tipo y sentí cierta lástima por él porque, pensé, sería como de mi edad y tenía una presencia lamentable. Verse de espaldas un rato o en Google permite darse cuenta de que uno no sólo no es lo que parece, sino que tampoco parece lo que es.
A veces hay que darse la espalda a uno mismo o buscarse en Internet para saber quién es realmente. Cuando uno se mira a los ojos en Google puede acabar por darse pena y convencerse de cualquier cosa. Cuando uno se mira al cogote en el espejo del baño, no hay con quien negociar, porque uno está desprevenido y no sabe que lo miran. A veces enseño fotos viejas a mis hijos y les digo que ese era yo. Les cuesta creerlo y a mí también. Yo miro esas fotos con una mezcla de aprensión y piedad, aunque en realidad creo que no estoy viendo cómo era yo en el pasado, sino que le estoy enseñando al que yo fui en qué me he llegado a convertir con el tiempo. A lo mejor ese negativo de mi propia vida que aparece en Internet tiene aún la oportunidad de rehacer su vida en Google y vivir una existencia que era para mi y se quedó atrapada detrás del espejo.

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