Las voces de La Voz

A uno no le gustan las sociedades mudas. Ni siquiera las sociedades afónicas. Las sociedades sin periódicos, sin voz, sin La Voz, sin radios o televisiones públicas y privadas, son sociedades mudas, sordas, anegadas en su propia ignorancia y en un tiempo de silencio que no hace pensar en nada bueno. Uno lleva más de 25 años tratando de ser periodista y viendo como este oficio es cada vez más cabrón y complicado, cada vez más determinado por caprichos econòmicos, por presiones políticas, por gestores incapaces, por censores que heredaron de Manuel Fraga (RIP) un afán desmedido por creerse conciencia de otros, padres confesores, o inquisidores con la tea siempre a mano, preaprada para la barbacoa ideológica. Ahora que nos van a robar la nómina, la pensión, el empleo, la honra y los barcos; ahora que hay que contar con claridad y buena letra como la izquierda se evapora, como la derecha se solidifica hasta el blindaje, como los monárquicos también roban, como los obispos se suben al púlpito y a la parra, ahora, precisamente ahora, las sociedades no se pueden quedar sin voz. Sin la voz de La Voz y sin ninguna otra. Y los periodistas, amaestrados para contar cualquier cosa menos nuestra propia miseria, presos de nuestro estúpido silencio corporativista y suicida tenemos que levantar las voces. Levantar La Voz, levantar la voz y el martillo de las palabras que golpean contra la realidad por muy terca, dura y sucia que sea. Digamos lo que pasa por todos los medios, en todos los medios. Que no se calle ninguna voz.

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