Voluntarios

Un diputado de la Junta General del Principado de Asturias (JGPA) con dedicación absoluta (la mayoría de sus señorías) cobra al mes 3.655,9 euros brutos y dos pagas extraordinarias del 70 por ciento de esa cantidad. Las cobra en junio y en diciembre, para pagarse la blanda tumbona en verano y el turrón duro en Navidad. Además, el diputado viajero, el que no opte por el coche oficial de que dispone su grupo parlamentario cobra también el kilometraje que realiza con su vehículo, a razón de 18 céntimos por kilómetro. Puede que resultase más rentable ofrecerles 18 céntimos por idea. Ya sé que no es conveniente ni justo confundir valor y precio, es decir, que lo mismo algunos de estos padres y madres de la patria están cobrando menos de lo que valen, aunque a uno le pasa con estas cosas como con lo del juicio de Camps: que no se cree nada. Sin duda la política puede servir para quitar hambre a la gente. No sé si se la quita a la gente que más lo necesita, pero constato que las neveras de sus señorías de la JGPA no tienen problema alguno de abastecimiento con la percepción de unos emolumentos mensuales que, como decía aquel célebre paisano “son cifres gastronómiques, don Francisco”.

Leo esta noticia mientras escucho en la radio que doña Ana Botella ha propuesto que los madrileños se ofrezcan voluntarios para trabajar en los servicios públicos de Madrid, es decir, que supla el buen vecindario la falta de monetario que padece el Consistorio. No sé el sueldo de doña Ana Botella, ni el de sus ilustres compañeros de Corporación, pero ya que todos ellos, tanto los de allí como los de aquí, proclaman siempre que pueden que la política es para ellos una vocación irrefrenable de servicio a la Patria, que todos están al servicio de su gente, de sus vecinos y de todo lo que sea menester, debería pensar en renunciar a sus sueldos completos y hacerse voluntarios. Que vayan de voluntarios como los de la Legión, a pelear en el campo de batalla de la democracia, a dar su sangre y su sueldo por un mundo mejor, que sean la cabeza de puente de una sociedad de Jauja en la que una hora de trabajo de un diputado no sea tan cara como una ración de percebes. Amén.(De lo de Cascos, ni hablo. Está todo dicho)

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Obituario

Una de las redes sociales en la que estoy dado de alta (Linkedin, por los detalles) me envió ayer un correo electrónico en el que me informaba que 11 personas que yo conozco y que también pertenecen a esa red de Internet, “habían cambiado de trabajo” en los últimos meses. Miré los once nombres y vi que, en efecto,  la mayor parte de ellos estaban en el paro o a un paso de estarlo. Uno no necesitaba que la máquina me recordase la realidad, pero allí estaba junto con las noticias de la mañana. Todos ellos “habían cambiado de trabajo” en los últimos tiempos. El eufemismo con el que se despachaba en una frase la dura vida de esas personas  que “habían cambiado de trabajo” era el único bálsamo que se permitía la cruda, directa y certera información. Es lo mismo que decimos que “alguien pasó a mejor vida” cuando, en realidad, está muerto. Las licencias poéticas son muy útiles para rellenar conversaciones que nunca nos habría gustado tener.

Lo que aún no tengo claro del recado de Linkedin es si se trata de una simple cortesía estadística para que uno esté al día sobre los dramas ajenos, o es una sutil advertencia, un “memento mori” laboral. Sólo bastaría añadir otra frase: “¿cree que estará usted en nuestra próxima relación de personas que han cambiado de empleo”? Ofrezco esta idea a los ejecutivos de la atenta red social para que mejoren los servicios a sus abonados. Sería como cuando vamos a la iglesia el miércoles de Ceniza y nos recuerdan que algún día seremos polvo, aunque sea polvo enamorado.

 Es posible que si usted se toma la molestia de pedirle a la Seguridad Social que le envíe a su casa ese papelito que se llama “vida laboral”, lo que le llegue sea el certificado de defunción de su propio empleo por vía electrónica, eso sí, acompañado de una amable frase firmada por el ministro del ramo.

Portiella

Va a regular el Consistorio gijonés con una ordenanza el uso y abuso de las calles de la ciudad, de lo que antes eran vías públicas y ahora van a tener que ser vías púdicas so pena de sanción. No es nuevo este afán ordenador. Hubo un alcalde en Gijón, creo que don Cecilio Oliver, que pretendía obligar a los ciudadanos a subir la cuesta de Correos por una acera y bajarla por la otra. Para ello puso un guardia a controlar el tráfico humano con escaso éxito. Más adelante don José García Bernardo, alcalde también de esta villa, tuvo la idea de poner unas barandillas en el Muro para que no todo el mundo pudiera pasar al hermoso paseo recién urbanizado a presenciar unos campeonatos de patinaje. La coña gijonesa dio en llamar al regidor “Pepe Portiella”.
La dinastía de alcaldes con ganas de poner puertas al campo sigue ahora con la intención de la doctora Moriyón y su equipo de aprobar un manual de buena conducta para toda clase de peatones, borrachos, adolescentes cachondos, putas, clientes y paseantes en general. Tras privatizar la fiesta de Nochevieja pasada a favor de las arcas de nuestra siempre quejosa hostelería local, la municipalidad parece querer ir más allá en su afán de orden. El difunto Manuel Fraga advirtió que la calle era suya. Ahora, en Gijón, ya han quedado muy lejos los tiempos en que los niños jugaban al cascayu, a la goma (de saltar) o a los ciclistas.

El precio por metro cuadrado del suelo urbanizable se puso por las nubes y más aún se va a poner el de suelo comunitario, ya que a la mínima infracción cívica que cometas en la calle te cae un paquete. La lista de posibles sanciones es tan larga como el catecismo del padre Astete y no digamos nada de su correspondiente relación de multas asociadas.
Ya no se puede fumar en los bares, y en la calle no se podrá cantar a coro, ni escupir, ni blasfemar contra el Fondo Monetario Internacional, ni desear a la mujer del vecino, ni echar un culete de sidra, ni tocar un culete, ni darse el lote con la pareja, ni tomarse una copa salvo que sea en terraza, ni mear contra una pared aún caso de emergencia. Todo portielles. Puertas al campo.

Días

Para sobrevivir a un lunes es necesario, antes que nada, rebañar del alma y la memoria toda la nostalgia  que dejó el bendito sábado con amigos sonrientes, niños contentos, tiempo en dosis razonables y siesta o tertulia sin reloj. Toda esa materia orgánica y temporal que venimos en llamar felicidad, hay que recogerla con esmero de las paredes de nuestra memoria y envasarla en cápsulas de cinco miligramos o menos. Con estas dosis homeopáticas de sábado nos iremos auto medicando durante el primer día de la semana para cortar el seco los brotes de ronchas de desencanto que nos haya podido dejar en el cuerpo la espesa tarde del domingo. De la misma forma que los restos del sábado ayudan a superar el lunes como los ‘anisinos’ apaciguan los cólicos de los lactantes, hemos de cuidarnos mucho de entrar por la puerta de la semana con salpicaduras del domingo.

Los domingos, salvo que haya habido fútbol y hayan ganado los nuestros por goleada, son días que caen a plomo como precipicios, sin más salida que el golpe y el portazo, que la realidad sin descongelar, dura, pelona y desaborida. Nada del domingo nos servirá para curar las cornadas del lunes porque el domingo es un exceso de todo, es como una navidad de garrafón, con mucha familia y muchos dulces en muy poco tiempo. El sábado es digestivo e informal. El domingo es indigesto y tiende a la corbata. Son excesivas las voces de los locutores de la radio, largas las reuniones familiares, las misas de doce, las cosas que hay que leer en los periódicos, la longitud de las películas que dan en la televisión. Todo excede a lo que se puede meter en 24 horas, por eso el domingo agota y decepciona. No se lleven nada de él.

Y como el lunes es un día debutante, un día que no espera pasar a la historia, un día que se sabe despreciado, hemos de tener cuidado con sus efectos. Hay lunes aguados y sin espíritu, que se dan por vencidos si dan las once de la mañana y no nos han humillado, pero hay otros lunes cabrones, que presagian una mala semana y acechan de tal manera que hasta nos hacen echar de menos un buen martes. Y esperar otro sábado.

Imagen

Ayer cometí la torpeza pueril de buscar una foto mía en Google, por ver que salía, y recibí por ello el mismo castigo que Narciso: quedé tonto mirando mi propio reflejo sobre las aguas. La cara del tipo que decía ser Jaime Poncela era la de alguien que podría ser mi hijo, delgado, sonriente, con un cierto brillo de ilusión en el fondo de la mirada y ganas de que acabase el posado para irse a otra parte. Ese tipo ya no soy yo, aunque debo cargar con su foto y su recuerdo porque esa imagen, esa foto que me habrán tomado vaya usted a saber cuándo, a qué hora y antes o después de hacer qué cosas, quedará guardada para siempre en las tripas de ese monstruo llamado Internet, una especie de fosa común de nuestro pasado que devora todo lo que somos y hemos sido. Me pasó lo mismo una vez que me vi a mí mismo de espaldas entre dos espejos de un probador del Corte Inglés y fui incapaz de reconocerme. Creí que se había colado en la cabina un tipo más bien bajito, trabado, con una coronilla cada vez más despoblada rematando el cráneo, y un extraño bulto en la base del cuello, que podría calificarse de contrapapada o papada trasera. Vi a ese tipo y sentí cierta lástima por él porque, pensé, sería como de mi edad y tenía una presencia lamentable. Verse de espaldas un rato o en Google permite darse cuenta de que uno no sólo no es lo que parece, sino que tampoco parece lo que es.
A veces hay que darse la espalda a uno mismo o buscarse en Internet para saber quién es realmente. Cuando uno se mira a los ojos en Google puede acabar por darse pena y convencerse de cualquier cosa. Cuando uno se mira al cogote en el espejo del baño, no hay con quien negociar, porque uno está desprevenido y no sabe que lo miran. A veces enseño fotos viejas a mis hijos y les digo que ese era yo. Les cuesta creerlo y a mí también. Yo miro esas fotos con una mezcla de aprensión y piedad, aunque en realidad creo que no estoy viendo cómo era yo en el pasado, sino que le estoy enseñando al que yo fui en qué me he llegado a convertir con el tiempo. A lo mejor ese negativo de mi propia vida que aparece en Internet tiene aún la oportunidad de rehacer su vida en Google y vivir una existencia que era para mi y se quedó atrapada detrás del espejo.

Chatarra

En este país necrófago y necrófilo ya tenemos festín de lacón con grelos para una temporada. Manolo Fraga es desde ayer un cadáver exquisito que dará de comer durante días a bandadas enteras de editorialistas, revisores de la historia y turiferarios de la derechona más contundente que aún usa zapatos de Segarra, aquellos que le regalaban a Franco por docenas de pares. Fraga aplicaba el lema ‘España es diferente’ porque servía para atraer al turismo y para poder firmar penas de muerte. La filosofía de base era la misma y valía para todo. Más tarde, colocó la Ley de Prensa y la pseudo libertad de expresión como una guinda que adornaba el pastel pestilente de la dictadura. Fraga vio luego que el negocio era hacerse demócrata con el pelo cortado a cepillo y meterse el Estado entero en la cabeza por si había que volver a ponerse al mando. Como no pudo ser presidente del Gobierno, Fraga se autonombró presidente de todas las derechas españolas, metió en la trituradora a los que eran más fachas que él y se dedicó a prohijar a tipos como Aznar y Cascos, por poner algún ejemplo. Luego, se retiró a Galicia para organizar queimadas, gobernar como monarca absoluto y darse homenajes con cien mil gaiteros por banda.
Desde ayer, Fraga es un león más de las Cortes, una estatua solemne fundida en bronce con restos de chatarra de la dictadura y recubierta luego con varias capas brillantes de democracia orgánica, inorgánica y mediopensionista. Fraga muerto es un búnker tan sólido como el Fraga vivo. Ha conseguido escapar de la Historia a base de caminar más rápido que ella y abandonarla en el momento justo, cuando la desmemoria es una virtud colectiva muy bien valorada.

Las voces de La Voz

A uno no le gustan las sociedades mudas. Ni siquiera las sociedades afónicas. Las sociedades sin periódicos, sin voz, sin La Voz, sin radios o televisiones públicas y privadas, son sociedades mudas, sordas, anegadas en su propia ignorancia y en un tiempo de silencio que no hace pensar en nada bueno. Uno lleva más de 25 años tratando de ser periodista y viendo como este oficio es cada vez más cabrón y complicado, cada vez más determinado por caprichos econòmicos, por presiones políticas, por gestores incapaces, por censores que heredaron de Manuel Fraga (RIP) un afán desmedido por creerse conciencia de otros, padres confesores, o inquisidores con la tea siempre a mano, preaprada para la barbacoa ideológica. Ahora que nos van a robar la nómina, la pensión, el empleo, la honra y los barcos; ahora que hay que contar con claridad y buena letra como la izquierda se evapora, como la derecha se solidifica hasta el blindaje, como los monárquicos también roban, como los obispos se suben al púlpito y a la parra, ahora, precisamente ahora, las sociedades no se pueden quedar sin voz. Sin la voz de La Voz y sin ninguna otra. Y los periodistas, amaestrados para contar cualquier cosa menos nuestra propia miseria, presos de nuestro estúpido silencio corporativista y suicida tenemos que levantar las voces. Levantar La Voz, levantar la voz y el martillo de las palabras que golpean contra la realidad por muy terca, dura y sucia que sea. Digamos lo que pasa por todos los medios, en todos los medios. Que no se calle ninguna voz.

Pie

Cada vez que me calzo por las mañanas tengo la sensación de estar metiendo el pie en la boca a un hombre. Si uno se fija bien el hueco de ciertos zapatos, sobre todo de los zapatos de caballero, compone el mismo gesto que la boca de un ser humano. Según la horma y el modelo esa boca puede parecer un bostezo, un grito de auxilio o una exclamación de gol en un campo de deporte. Si uno pone todos sus zapatos en fila y los mira con la mente en blanco, podrá oír lo que quiera en cada momento: un piropo, una queja, un grito desgarrado. Parecerá una manifestación de indignados mudos. Es posible, incluso, que los zapatos hablen entre si durante las noches para relajar el tremendo dolor de mandíbulas que les produce pasarse miles de horas con su boca abierta, teniendo que tragarse sus palabras y nuestros pies. Siempre me he fijado mucho en los zapatos que usan los políticos porque, a causa de su trabajo al servicio de la sociedad, tienen más tendencia que el resto a tapar bocas ajenas de todas las formas imaginables. Casi todos usan zapatos con antifaz, cosa que da que pensar. Estoy convencido, perdonen mi petulancia, de que la expresión “calzarse a alguien” en el sentido de anular a cierta persona, fue inventada por algún político como el mejor resumen de sus prioridades gubernativas. Sólo los zapatos más viejos, los que ya han tenido la boca tapada demasiados años y durante demasiados kilómetros consiguen un cierto grado de libertad escapándose por los talones, pero para eso hace falta mucho tiempo.

Esta democracia será perfecta cuando los zapatos tengan libertad de expresión y los gobernantes vayan descalzos alguna vez. Seria una democracia de a pie

Abortos

Para poder abortar en el estado de Texas (USA) la madre dimisionaria es obligada a escuchar el corazón del feto del que va a deshacerse. La cosa es un poco “gore” y peliculera, aunque tiene su lógica y hasta evita algún aborto. Es posible que haya que aplicar esta misma medida preventiva al Gobierno de Cascos cada vez que decide abortar retoños de la moribunda Asturias. Los latidos (más de 800 a la vez) de la RTPA, los de miles de ciudadanos que salieron a la calle en apoyo del Centro Niemeyer, o los de las decenas de miles que han llenado los cines en las sesiones del Festival de Gijón deberían ser suficientemente disuasorios para no matar lo que está bien vivo. Si se dice que los gobernantes son los padres y las madres de la patria, los gobiernos de FAC tienen una propensión cada vez más acusada a devorar a sus hijos. Y a la sordera. Jovellanos no lo habría hecho. Seguro.

Antropología

En una de estas antologías periodísticas que hacen balance de fin de año y, de paso, de lo que ha sido de la Familia Real española antes y después de don Iñaki y sus secuaces, me he encontrado con una imagen en la que los Príncipes de Asturias inauguraban una exposición en Atapuerca (Burgos) sobre la evolución humana desde el mono hasta el monarca. Se supone que la monarquía es una de las más refinadas expresiones de la capacidad de evolución que empezó con la monería, aunque está por saber si el rey fue antes que el mono o si en la noche de los tiempos ya se mandaba por vía hereditaria y el mono fue antes que el rey. Hasta esa fecha, la foto de sus altezas junto al cráneo pelado y desdentado de quien fue la abuela de la mona Chita (descansen en paz ambas) es la confirmación de que hemos evolucionado, al menos en teoría. Cabe suponer que el rey de Atapuerca sería el mono más poderoso de todos, dormiría en la zona más abrigada de la gruta, llevaría un servicio de seguridad formado por gorilas /( en esto no hay cambios) y contaría con una admiración de todos, dispuestos además a regalarle las mejores piezas de sus cacerías y a brindarle los melones más jugosos criados en sus huertas.

Los monos de segunda admirarían con un punto de envidia todas estas monadas de la evolución, un rasgo genético de sumisión que se ha quedado en el ADN de todos los humanoides hasta la fecha de hoy. Aunque, claro, no estaría  mal que algún antropólogo nos aclarase si el caso Urdangarín es un ejemplo de fallo técnico en la cadena evolutiva o si, por el contrario, el duque de Palma es el post-simio más listo de la manada y un representante de lo que será el homo sapiens evolucionado dentro de veinte siglos más, Ese hallazgo arqueológico querría decir que los reyes son un invento muy antiguo o que no hemos evolucionado nada desde entonces. Es más, igual dentro de otros mil siglos hay una regia familia de orangutanes que inaugura una exposición en la que los tipos disecados tras la vitrina somos todos nosotros y el cráneo más valioso de la muestra es el de un tipo al que entonces, según parece, llamaban Urdangarín.