Inocente

En días como ayer, 28 de diciembre, hay que andar con mucho ojo para distinguir las noticias verdaderas de las inocentadas. De hecho, estoy seguro  de que hay noticias que se hacen públicas el día 28 de diciembre para que, en medio de la duda que generan, echen sus primeras raíces y vayan creciendo el resto del año hasta tener una consistencia total y así, para cuando nos demos cuenta de que iban en serio, ya no habrá vuelta atrás. Yo no sé si el sueldo del Rey, 290.000 euros al año, es una inocentada o va en serio, como tampoco sé si la congelación de salario mínimo en 641 euros es una broma de mal gusto o una decisión política tomada tras una sesuda reflexión. El mismo día y casi a la misma hora somos informados del sueldo de Rey y del de los currantes que tengan la suerte de poder serlo. Al Rey le pone el sueldo el Estado y a los currantes también. Igualdad democrática en estado puro.

La nómina del Rey es pública y la de algunos de sus súbditos también. España es transparente como el caldo de un asilo, con una monarquía que tiene un talante y un presupuesto casi republicano, con un Rey que cobra doce pagas del Estado, el mismo puntual pagador que se hace cargo de viudas, parados y toda la clase de tropa que percibirá emolumentos nunca inferiores a 641 euros al mes. ¿No es esto democracia destilada hasta la pureza? Todos iguales, pero todos diferentes. El 28 de diciembre ha quedado demostrado que el Rey es inocente de cualquier tejemaneje económico, que la Monarquía vive de un sueldo, como todos. El 28 de diciembre se apuntala (¿o se apuntilla?) el estado del bienestar, el inocente deseo de la prosperidad. Todo atado. Todos tranquilos. Todos inocentes.

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Anatomía

Las insinuadas tetas de Terelu Campos, el real ojo morado del Rey de España, la sonrisa congelada de Urdangarín, la mandíbula rota de Alfredo Pérez Rubalcaba, la ceja arrancada/depilada de Zapatero, la dioptrías cuarteleras de Carmen Chacón, las patas de gallo de Esperanza Aguirre, el frenillo de Rajoy, la lustrosa calva de Kiko Matamoros, la nariz asimétrica de Belén Esteban, la garganta de pollo de Mila Ximénez, la nariz boxeada de Cascos, el insolente tupé de Ovidio Sánchez, las arrugas insomnes de cinco millones de parados, los trajes de Camps, los zapatos rojos del Papa en Madrid, la perfecta dentadura de Rouco, la santísima tibia de David Villa, el alma sin octanos de Fernando Alonso, el cadáver apestoso de Gadafi, los exquisitos morritos de Mourinho, las cantadas de Preciado, las aventuras de Tintín, la resurrección del Capitán Trueno, y otras cicatrices que ustedes se saben ya de memoria forman parte de nuestra anatomía resumida en el año 2011 que se acaba.

Este cuerpo social, cuerpo humano mayormente, tiene mala autopsia. Los forenses periodísticos y políticos, los comentaristas de toda laya desde Belén Esteban para arriba, comenzarán desde hoy mismo a tratar de hacer un informe perfumado de lo mal que huelen nuestro presente y nuestro futuro porque bajo nuestra piel de toro no aparecen más que trozos de metralla disparada desde ciertos bancos y mercados, municiones lanzadas por los francotiradores de la extrema derecha y extremo mercado. Nosotros comeremos las doce uvas con la ira que produce la visión de nuestro cuerpo maltratado por los 365 latigazos de 2011. Nuestra anatomía es lo único que nos queda.

Posibilidades

Cuando los hermanos Lehman (¿cuántos son?) estallaron en pedazos para hacerse más millonarios de lo que ya eran, los mercados nos riñeron a nosotros, los de siempre, por haber “vivido por encima de nuestras posibilidades”. Descubrimos entonces que los culpables de la crisis éramos nosotros mismos, no los Pufo Brothers, ni las agencias de calificación, ni los banqueros trincones que se jubilaron llevándoselo crudo. Tenemos la culpa de la debacle del sistema por haber cambiado de coche y de piso, por haberle comprado una Play Station a los niños y, encima, pedir una de percebes en El Cartero. Es lo que tiene sentirse rico durante un cuarto de hora, que uno no está acostumbrado, despilfarra como un loco y luego tiene que ponerse a pagar los platos rotos.

Ahora, en Cataluña, han descubierto que los enfermos son los culpables de la crisis del sistema sanitario. Al parecer, los catalanes enferman “por encima de sus posibilidades” y eso hará que, en justa correspondencia, paguen un euro por cada receta que recojan en la botica. Siempre andamos haciendo cosas por encima de nuestras posibilidades y no acabamos de aprender que en nuestras manos está el futuro de todo en sistema económico, una forma de vida y una civilización. La clase media ya no es lo que era, ya no es sufrida, ya no hereda los zapatos de su hermano, no remienda las coderas de los jerséis, no coge puntos a las medias, no zurce los calcetines; quiere coger la baja, tomar jarabe para la tos, pastillas para los nervios, usar pantis, ir a El Corte Inglés los sábados por la tarde, comprarse un coche y hasta echarle gasolina de vez en cuando.

Esto es un sin Dios. Menos mal que están ahí Botín, Merkel, Sarkozy, Rajoy, y de Guindos (uno de los hermanos Brothers) para ponernos en nuestro sitio y decirnos que hasta aquí hemos llegado. Igual descubrimos algún día que tenemos gobiernos que están por encima de nuestras posibilidades.

Móvil

He leído que empieza a ser más difícil darse de baja de la Iglesia que de una compañía de teléfonos móviles. Unos ciudadanos que fueron el otro día a apostatar por escrito ante cierto arzobispo se encontraron con la misma burocracia que para pasarse de Orange a Vodafone o viceversa. Desconectar de la fe y de la Iglesia no es lo mismo que poner el teléfono en silencio o dejar de pagar la línea. Dios tiene tarifa plana y regala todos los sms que se quiera con sólo entrar en una iglesia parroquial. Al parecer, los templos disponen de una cobertura divina de wi-fi que le pone a uno conexión con la telefonista del Altísimo en menos que se reza un avemaría o se cuece un huevo.

A pesar de que hablar con Dios tiene muchas más facilidades que disponer de una buena cobertura de ADSL, cada vez hay más ciudadanos que optan por darse de baja de este servicio porque no lo usan.

Los obispos y compañía no entienden que haya tantas bajas de la clientela porque llevan siglos convencidos de que Dios tiene mejor tarifa plana que Buda o Mahoma y que ser ateo o agnóstico es como tener el teléfono descolgado cuando te van a llamar de la radio para regalarte un jamón. Sin embargo, la realidad es cruda para este episcopado que en la era digital e hipercomunicada, aún sigue hablándole a la gente como en los tiempos  de los teléfonos de baquelita, negros como sotanas y duros como cucarachas.

Si es cierto que Dios quiere decirle algo al mundo, si es cierto que hay gente que quisiera oírlo y otros a quienes les importa un bledo, lo mejor es que Dios cambie de telefonistas o que les proponga alguna campaña de captación de abonados con menos amenazas y más sentido común. Aunque sólo sea porque es Navidad.

 

Túnel

A uno le gustaría que alguna gente estuviera subtitulada. Es decir, que ciertos personajes públicos llevasen colocada una pantalla de plasma a la altura del estómago, o en el pecho como los patrocinadores de los futbolistas,  en la que se pudiera leer con claridad lo que realmente quieren decir cuando hablan de algo, es decir, los pensamientos que están ocultando con las palabras que van diciendo. Lo digo, por ejemplo, por Rajoy durante su jornada triunfante. Al ser político y gallego al mismo tiempo, el ya casi presidente del Gobierno precisaría de subtítulos para que todas las buenas gentes que creen por mayoría aplastante que con él va a florecer nuestro jardín comprueben, en realidad, que está pensando más en podar que en sembrar. Para comprender en toda su dimensión la obra de cualquier actor, es mucho mejor la versión original subtitulada que los doblajes y no me dirán que el Parlamento tiene mucho de cine de arte y ensayo. Más de ensayo que de arte, por lo que se ve.

Los subtítulos son más bien incómodos, cansan al espectador, es cierto, pero permitirían apreciar con toda su intensidad el valor de los diálogos originales, el tono y el matiz exacto de las afirmaciones que se hacen en los mítines, los debates y las investiduras. En lo tocante a las conversaciones de contenido político, los subtítulos darían todo su valor a las promesas electorales, a las profecías de futuros venturosos, al verdadero alcance del talante y del talento que se pretenden transmitir. Escuché ayer algunas intervenciones de Rajoy y eché mucho de menos los subtítulos correspondientes. Los de él, los de Rubalcaba y todos los demás, porque incluso tuve la sensación de que, e algunas escenas, el movimiento de sus labios no coincidía con la banda sonora y hasta me dio la sensación de que algunas salvas de aplausos que salían de los escaños estaban enlatadas. ¿Qué quiere decir realmente reforma laboral? ¿Qué es, en lengua coloquial, reducción del déficit? ¿Por qué aplauden tanto cuando dice que va a subir un uno por ciento pensiones de viudedad de 600 euros? 

La versión doblada de los políticos es más cómoda de seguir, tiene un soniquete familiar, que adormila al personal, como esos doblajes de toda la vida que acunan nuestras siestas en el sofá. El problema es que cuando dejan de hablar y empiezan a actuar uno echa en falta haber leído en su momento la letra pequeña del guión. El único mensaje claro de Rajoy es que se han acabado los puentes. A partir de ahora todo será túnel.

Banco

Una de las pocas cosas positivas que tiene la crisis es que se aprenden cosas de economía. Después de los mini empleos llega el “banco malo”, un concepto sobre el que aún estamos recibiendo las primeras lecciones, pero que va a tener recorrido. Lo de abrir un banco malo me parece una redundancia ya que, Botín me perdone, no he conocido aún un banco bueno en todos los años de mi vida. Si los bancos en los que tenemos nuestra magra fortuna son los buenos, al parecer, ¿cómo será este banco malo con que nos amenazan ahora? Supongo que la maldad bancaria es un concepto diferente a la maldad ordinaria, ya que, como decía Vito Corleone, en las cosas de negocios no hay cuestiones personales, ni buenas, ni malas. ¿Este Banco Malo estará siempre en números rojos? ¿Los cajeros llevarán antifaz y el director habrá pasado años en la cárcel por evasión de impuestos? ¿Cada vez que uno abra una cuenta le regalarán un viaje a las Islas Caimán, no una batería de cocina Magefesa?

Uno que siempre ha sido pobre, siente ante  los bancos el mismo temor que ante los dentistas, de manera que ponerse ahora a pensar en la apertura del banco malo, la oveja negra de los bancos, da terror. Seguramente será ese el banco que se tragará lo que aún queda flotando en nuestra economía después de este temporal de tres años y pico. En la galaxia económica este banco será un agujero negro de proporciones siderales que se comerá nuestras nóminas antes de que sean abonadas en cuenta. “Niño, cómete les fabes o llamo al Banco Malo”, dirán las madres a sus retoños de cuarenta años que aún no han podido irse de casa porque los bancos buenos no les quieren dar una hipoteca.

En la cárcel hay encerrados muchos atracadores y pocos banqueros. Tal vez el Banco Malo se funde poniendo a su frente a los atracadores convictos y dejando que los banqueros nos atraquen de una vez a mano armada, como Dios manda.

Nanoeconomía

Ya está la Navidad a la vuelta de la esquina, como las putas de antes, las de siempre, las que no tienen para limusina. Ya llega la vieja y manoseada Navidad que nos trae como regalo sorpresa la esplendorosa idea empresarial de los “mini empleos”. Ha sido oír la propuesta dela CEOEy empezar a ver pasar ante mis ojos a los siete enanitos cantando lo de “ahívó, ahivó,” o como se escriba lo que cantaban los novios de Blancanieves cuando se iban a picar a la cantera de diamantes. Los siete enanitos (sin diamantes, claro) fueron seguramente la base argumental del presidente dela CEOE para plantear lo de los mini empleos: unos tipos de contrato para señores que, además de ser apaleados, van silbando a trabajar como enanitos, con su mini pico y su mini pala para, posteriormente, cobrar sus mini sueldos correspondientes con los que pagar maxi hipotecas y vivir en sus mini pisos.

Nunca dejarán de sorprendernos a los habitantes de este país lleno de mini ideólogos, de mini emprendedores y de mini pensadores que no se cansan de tramar la manera de jodernos nuestra mini vida un poco más. Esto ya no huele a una nueva precarización del mercado laboral, sino a la pulverización del mercado laboral, a su microscopización definitiva hasta llegar a un tamaño de no retorno. Vamos camino de que se consoliden unas condiciones laborales de tamaño subatómico, una nanoeconomía que producirá vidas laborales que ya no se medirán en trienios y lustros, sino en décimas de segundo.

 Si triunfa la reforma laboral, las plantillas de las empresas serán como una caja de Juegos Reunidos Geyper donde se mezclarán mini trabajadores; a uno de ellos se le podrá hacer un mini contrato para fregar una baldosa, a otro para que la seque y al tercero para que supervise la tarea. Los mini contratos se firmarán en hojas de papel de fumar y cuando usted consiga la mini jubilación, la empresa le ofrecerá una cena de despedida consistente en un mini menú infantil de hamburguesería. En vez de un reloj de oro, como toda la vida, le regalarán un cronómetro para que sus hijos y nietos puedan medir lo que dura un trabajo estable.

Nada

Iba a escribir que ayer me había colocado a mi mismo una barricada en el alma, pero no es verdad porque no tengo neumáticos tan pequeños y porque en mi interior ya no hay reivindicación posible, ni por las malas, ni por las buenas. Iba a decir también en plan ingenioso que hay días en los que me tiro de los celos por no tirarme de los pelos, aunque lo dejaré en el tintero porque no sé si uno sigue vivo por los pelos o por los celos. Falto de argumentos para escribir estas líneas de los martes, iba a confesar que no creo en Dios, pero me parece pretencioso darle jaque mate a la divinidad porque yo nunca he entendido mucho de fe ni de ajedrez y, además, los dioses siempre ganan todas las partidas. Bordeando ya la blasfemia me dispuse a escribir una pastoral para apóstatas, a malmeter sobre obispos y otros seres de mitra y toca, a incitar a la rebelión contra el clero, a hacer teología de sobremesa y sal gorda, pero pensé que, a no mucho faltar, igual acabo dando con mis huesos en un asilo regentado por monjas o frailes que se apiaden de mi y recojan los trozos de mi alma podrida y mi cuerpo abollado.

Ya por lo seglar y lo existencialista, tanteé la idea de abominar por escrito de la letra y de la música de esta vida desafinada; despotricar hoy mismo de la existencia al completo, en todos sus estilos, del popular al operístico, pero pronto caí en la cuenta de que la vida es la única canción que uno puede seguir cantando por mal que suene. Ya desencantado, puse en el papel la palabra “testamento”, pero renuncié a seguir escribiendo nada más porque, por un lado,  no creo estar en pleno uso de mis facultades mentales para hacer legado alguno y, por otra, mis posesiones son tan escuálidas en número y calidad que en vez de dejar herencia dejaría lástima. Y no es plan.  Traté de luego de hacer la lista de la compra de la dieta Ducan, un crucigrama fácil, una relación de los seres más gilipollas que he conocido, de las mujeres más interesantes que me han evitado, de las palabras del RAE que más me gustan, de los jefes más burros que me han pastoreado y de los amigos más brillantes que aún conservo y con quienes comparto sociables soledades de barra de bar con algunas triunfos por copas, abundantes bastos y espadas y cada vez menos oros.

Pensé escribir sobre todas estas cosas, pero no me salió nada. Igual estoy vacío.

Rey

El Rey estudia pedir a los Reyes Magos una nueva familia. Igual entre colegas de monarquía consigue este regalazo navideño, aunque no es seguro. Todo esto me lo dijo mi perro después de echar la siesta (él) sobre unas páginas del “Hola”. No son las que mejor informan, pero abrigan mucho, aseguró este chucho sibarita. Lo cierto es que ser Rey, hijo de casi Rey y nieto de Rey de España no le hace a uno rey de su casa, ni de su Casa Real. Hay que fastidiarse. Y eso otro de que el hombre es el rey de su casa y que casa es su castillo va a tener que ser revisado a fondo, casi a la vez que la ley que dice quien forma parte dela Familia Real.Si cada uno de nosotros pudiésemos echar de nuestra familia a ese cuñado cargante en las cenas familiares, divorciarnos por lo legal de ese yerno sabelotodo que bebe hasta el agua de los floreros, o desterrar a esa suegra criticona (no es mi caso, me apresuro a aclarar) la vida sería mucho mejor, más llevadera. Aquí es donde se ve que poder vivir como un rey no siempre es cuestión de llevar mucho séquito. Hay reyes, como el nuestro, a quienes lo que empieza a sobrar es precisamente la compañía y le pesa más la familia que la corona. Mi perro, que es un animal de compañía muy especializado, me ha indicado que esa labor, la de acompañar sin ser un coñazo, un lastre o un peligro, es muy delicada y, por tanto, no todos los humanos la ejecutan como es debido por muy duques que sean.

Ya se sabe que en una democracia el rey reina, pero no gobierna y eso puede llegar a extremos tan absurdos como el que nos ocupa: el caso de un Rey que organizó una transición y no va ser capaz de organizar las cenas de familia. ¿Sentará a don Iñaki en la mesa de los niños o lo obligará a cenar en la cocina con el servicio? Seguro que Su Majestad está echando de menos a Marichalar, un yerno algo golfo y juerguista, bastante borbónico en sus costumbres, pero todo por lo legal, sin acusaciones de trincar nada, pero a quien como castigo le quitaron los ducados y hasta la estatua que tenía en el museo de cera. Ser rey ya no es lo que era; te sale ranala Familia Realy no te puedes hacer ni republicano. Es lo que tiene todo lo que se recibe por herencia: la corona y la familia. Hay que cargar con ellas por la gracia de Dios.