Campaña

 
El personal empieza a pasar de mostrar indignación a causa de los despidos ajenos a cobrar la indemnización por despido propio (eso si hay suerte). De la indignación a la indemnización hay un paso. Mientras ocurren estas cosas y el señor Cascos pide «rebelión» a los asturianos ante un grupo de trabajadores de la RTPA a quienes el gobierno no paga su sueldo , nos metemos en otra campaña electoral con mensajes caducados y candidatos hipotecados. Mi fe democrática se diluye sin remedio tras comprobar que el pienso electoral que nos están poniendo en el comedero está caducado hace años. Nos esperan quince días de ver quién le echa más morro al asunto. Paciencia.
 
Me temo que lo único que es posible decidir en las elecciones del 20-N es si queremos elegir lo malo, lo peor, lo exótico o lo testimonial. También se puede optar por la ultraderecha alicatada hasta el techo, por alguna secta mesiánica con fuerte tufo a frente de juventudes/club de fans de Karina, o por ciertos partidos de pijos-progres que quieren y no pueden. Otra posibilidad es quedarse en casa por si el ‘cobrador del frac’ anda merodeando por el colegio electoral a ver si pagamos lo que debemos, indignarse hasta llegar a la combustión espontánea a lo bonzo, o meterse en la cama con una botella de ginebra y esperar que amaine el temporal.
La última vez que fui a votar me robaron la cartera, confundí las papeletas del Senado con una quiniela deportivo-benéfica (acerté una de trece) y, para rematar, los que ganaron eran unos inútiles y unos demagogos que me han subido la hipoteca una vez por año.
 
No creo que esta vez haya más suerte que aquella, porque por lo visto en los primeros compases, la campaña electoral promete ser tan cara, ineficaz y tópica como las demás. De momento, he leído que el debate televisado entre los dos «grandes candidatos» tiene un coste estimado en más de medio millón de euros. ¿Quién hablaba de austeridad?

Fritangas

He leído hace poco en un manual de ecología, que un solo litro de aceite requemado en una sartén tiene capacidad para contaminar mil litros de agua limpia. Después de conocer esta aterradora estadística sobre el poder de la mierda sobre las buenas intenciones, no he podido dejar de pensar en qué estado se encontrará a estas alturas mi depósito personal de agua potable. Se supone que dentro de uno hay algún manantial cristalino del que aún salen ideas frescas, de mineralización baja y aptas, incluso, para el consumo de los niños en sus biberones. Pero, además, hay una parte de nuestro ser que es una cocina sucia en la que uno tiene que freír a diario los trozos tiernos de la realidad que le van llegando desde que pone las noticias de la mañana, hasta que para el carro por la noche.

Esos platos combinados de actualidad cocinada suele uno tener que consumirlos de pie, en cualquier parte, fuera de hora, como pinchos morunos ensartados por el tiempo, la prisa y el desorden, mal sazonados y con mucho aceite de sobra. En esa cocina interior es donde las buenas intenciones se convierten en torreznos pringosos que acaban rezumando aceite usada sobre el depósito del agua limpia. En ese figón interno que no se limpia casi nunca y acumula una roña secular, hay restos de todas las veces en las que uno se ha pringado con las fritangas de su propia vida. En esa cocina íntima llena de churretones, en la que uno hace comestible su tiempo, su vida y sus talentos, hay cientos de lamparones sobre los que se hace la vista gorda porque la comida rápida es la que manda y, amigos, hay que vivir.

En alguna época de la existencia se  llega a pensar que la memoria, el entendimiento y la voluntad pueden alimentarse a base de platos ligeros y refinados de un menú vital delicioso y presentable, pero los años acaban por traer la pesada digestión de una cocina basada en bazofia cada vez más grasienta. A veces, al pasar ante los contenedores de recogida selectiva, uno echa de menos un depósito en el que depositar los detritus propios que pringan las paredes su vida. Pero no los hay. Las personas religiosas llaman a esto arrepentimiento. Otros van al psiquiatra con el fin de cambiar de vida, de dirección, de cara, de estado de ánimo o de aceite en su conciencia.

Yo, que ya estoy muy contaminado, sólo creo que la vida es una fritanga en general y que lo que no mata engorda.

Miedo

 
La actualidad está ya llena de candidatos en grupos que recorren nuestras calles al oscurecer, al amanecer, a todas horas y, como los niños de las películas americanas, pican a nuestra puerta y gritan al abrirles «¿trato o truco?». Qué graciosos. La campaña electoral (o como se llame esto) ha empezado en Halloween de manera muy acertada, de la misma forma que las elecciones coinciden con el aniversario de la muerte de Franco, uno de los cadáveres más ilustres de toda nuestra historia tras haber metido miedo a muchas personas. Son muy apropiadas las fúnebres fechas en las que se pone en marcha de la maquinaria propagandística electoral. Esta coincidencia da mucho juego porque, queramos o no, hemos de admitir que la realidad cotidiana y los ‘telediarios’ tienen un aspecto que cada día recuerda más a un capítulo de la ‘Familia Monster’ en la versión de Yvonne de Carlo, por supuesto.
 
Recorren las calles algunos candidatos que meten miedo sin necesidad de colocarse disfraz alguno. Hay un grupo que no se molesta en esconder sus caretas de vampiro o el hecho de que son muertos políticos vivientes que protagonizan la enésima resurrección electoral que les mantiene en un bucle sin fin de una vida útil más larga que la de un coche alemán. Sus carteles electorales intimidan, no piden el voto: lo exigen. Otros se disfrazan de demócratas con buen rollo, como si acabasen de salir del colegio mayor, refrescando viejas muletillas, difuminando ojeras y patas de gallo gracias al fotoshop y diciendo lo que queremos oír con voz suavona y paternal, invitándonos al trato o truco sin forzar la máquina.
 
El denominador común de los cabezas de cartel es que, pese a todos sus esfuerzos, la cara natural es su propia máscara, de la misma manera que el medio es el mensaje. Los candidatos mendigan nuestros votos caramelizados a cambio de no darnos un susto, aunque sabemos a la perfección que, votemos lo que votemos, estaremos aterrorizados durante cuatro años más. Los sustos llegarán al día siguiente de las elecciones, cuando los ahora aspirantes a salvarnos la vida ya se hayan pegado un atracón de golosinas con nuestros dulces votos pedidos en Halloween de puerta en puerta.