Rendija

Hay días en los que uno llega a la hora del café con ganas de resucitar. No es que haya tenido la sensación de estar realmente muerto, pero en alguna parte del cerebro explota una urgencia de resurrección inmediata. La verdad es que el milagro de revivir a la realidad cotidiana se consigue muy pocas veces, muy pocas, pero a base de intentarlo con tesón, se resucita algunas veces. Si usted recuerda, cuando se es niño, adolescente o joven uno está vivo a tiempo completo. La muerte es cosa de otros, una realidad abstracta, un cansancio de pudridero que se observa en los viejos. A esas edades en los que uno cree que los charcos con océanos y el amor dura para siempre, no es preciso resucitar.

En esos tiempos el disco duro de una persona arranca en pocos segundos. A golpe de resorte o de simple y primitiva erección matinal, uno se lanza a la vida sin encomendarse a nadie. Tras sonar el despertador, se recomponen todos los programas en un momento y el sistema operativo funciona sin tasa desde el amanecer hasta el ocaso. Todo apetece, todo produce curiosidad y en todo o casi todo se puede meter baza.

Luego va llegando eso que llaman la edad adulta. Los aparatos de uno ya no están para muchas alegrías y hay temporadas en las que se vive en una especie de letargo, con medio cuerpo dormido mientras la otra mitad se hace cargo de todo a tiempo completo. La memoria se mete en su madriguera porque necesita tiempo para borrar recuerdos inútiles, desgraciados, o pasajes de la realidad que hacen insoportable la vigilia. Hay días de color gris marengo o panza de rata en los que uno llega a sentirse medio muerto en plena vida.

Hay ciertas temporadas en las que estar de cuerpo presente ante la propia existencia es la mejor manera de seguir vivo: velando uno su propia momia existencial. Hay quien dijo que la vida estaría muy bien si no hubiera que vivirla a diario, pero no hay manera. Por eso hay veces que uno se mete en la fosa común de la vulgaridad y deja pasar los días hasta ver si hay un destello por alguna parte. Y ocurre. Pocas veces, pero quiere uno creer que ocurre. Puede ser una cara, un libro, un cuadro, un color, un cielo, un beso, una palabra, un vaso de vino. De pronto se abre la rendija y se atisba por ella una cierta resurrección.

 

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