Miguel

El lunes murió en Gijón un sabio llamado Miguel Arrieta y, como creo haber escrito alguna vez, el problema de que se muera un sabio es doble: nos quedamos sin él y, además, deja sitio libre para algún gilipollas. Vaya por Dios, como dice Daniel. Pena doble. Hueco doble. Vaya por Dios, digo yo también con un frío raro colocado en la espalda.

Miguel Arrieta era un sabio discreto. Era feo, simpático con las palabras justas, ácido sin ser corrosivo, lector impenitente, escritor inclasificable, corrector editorial puntilloso, polemista certero y bien informado, de torpe aliño indumentario, flaco como un galgo que ha corrido mucho, algo desvalido, hospitalario, cocinero excelente y siempre dispuesto a  compartir palabra, lecturas, una copa (llamada por él un “petit pourquoi”) o un cigarrillo negro de aquellos que hacía amarillear su mostacho de carabinero. Miguel, Miguelito Arrieta, había estudiado Filosofía para ejercerla, no para meterla en un aula. Porque Miguel, con su bigote a lo Nietzche y su pelo lacio y mal peinado, como un hidalgo Alatriste regresado de alguna guerra, dedicó su vida a la sabiduría que sale  de los libros y de la gente. Esa gente que transita sus trabajos y sus días por los bares en los que Miguel se escondía a ver pasar el mundo y a leer libros que rara vez tenían menos de 500 páginas y con los que disfrutaba siempre. Podía traer entre manos a Juan Benet, a Aristóteles o estar metiendo el diente a alguna cuestión relacionada con la física cuántica, pero también podía sorprenderte con la receta certera de una fabada en su punto o de una chopa a la espalda. Así era. Sabía de todo y, como era un sabio, siempre colocaba el nivel de su conversación en el punto marcado por quien huye de la pedantería y es capaz de contar lo que sabe sin apabullar. Así era este sabio de Gijón, menudo, coñón

Cuando Miguel estaba acabando su gin tonic pedía al camarero “una elongación”, es decir, que le repusiera el líquido consumido para prolongar la charla o la lectura. Uno lamenta que la vida, para variar, no sea capaz de obsequiarnos con una elongación de las vidas de aquellos a quienes queremos y admiramos. Descansa en paz, Miguel.

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