Pedrada

Pasó  un meteorito a 345.000 kilómetros de la Tierra. Tenía el tamaño de un portaviones de los grandes y si hubiera impactado contra nuestras cabezas habríamos pasado a la historia. Aunque no se sabe si habría quedado alguien para escribirla. Al parecer, 345.000 kilómetros en términos espaciales son muy poca cosa, como ir de paseo la esquina. Lo que tiene el infinito es que, además de que nadie cobra aún peaje por transitarlo, nunca te sales y 345.000 kilómetros son una bagatela. Todo depende de la escala en la que uno se mueva. Volar en clase turista toda esa pila de kilómetros sería insoportable para cualquiera (más si es fumador), pero para un meteorito ese vuelo una pijada. Se lo hace antes de desayunar y sin despeinarse. Para nosotros, esos miles de kilómetros son lejísimos, costarían una pasta en gasolina y ya no sabríamos que contestarles a los niños cuando volviesen a preguntar “papi ¿cuánto falta?”.

La recesión económica es como un meteorito inmenso cuyos impactos son mortales de necesidad. Navega por el espacio infinito del capitalismo expansivo a unas velocidades más altas que los tipos de interés bancario, aunque la distancia  a la que pasa y el daño que hace es variable, como los tipos de interés bancario. A diferencia de lo que ocurre con esos milenarios escombros siderales generados por el Universo, la chatarra producida por la actividad económica tiene sus propias leyes y establece una relatividad especial. Esa es la razón por la que la misma crisis abre un cráter imposible de rellenar en las vidas de algunos y, por el contrario, pasa de largo sobre las haciendas de otros que, además, se hacen aún más ricos de lo que eran recogiendo los restos generados por el impacto del cascote sobre el vecino.

La radio nos despierta cada mañana con nuevas noticias del desastre. El pedrusco sigue en caída libre. Unos saben que, una vez más, la pedrada les hará más intocables de lo que ya son porque se encuentran a una distancia del monstruo que les hace invulnerables. Otros miramos al suelo esperando oír el zumbido de la mole antes de ser aplastados como cucarachas. Lo único que nos sale del cuerpo es una vocecita que pregunta “papi, ¿cuánto falta?”.

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