Fiera

Cuando el antaño fiero león dijo que se había hecho vegetariano y aseguró que dejaba para siempre sus hábitos agresivos, algunas almas cándidas se lo creyeron y lo recibieron con el silencio cómplice y algo amedrentado de los corderos, aplausos y expresiones beatíficas, como quien recibe al hijo pródigo que ha dejado sus años de pecado. Algunas hienas vieron también una nueva oportunidad de aliarse a un antiguo enemigo en retirada, mientras que el resto de los machos alfa de la zona, viejos, cansados y bajos de forma, se confiaron. El león había vuelto al bosque después de trabajar durante años en varios circos de capitales importantes. Allí había aprendido todos los trucos que sabía y con los que se había hecho un nombre como rey de las pistas ya que no había podido ser rey de la selva. El circo le dio habilidades mediante las cuales podía esconder las uñas hasta dar pena o maullar como un gatín compungido en una noche de tormenta.  En realidad había tenido que pasar por el aro en muchas ocasiones, un ejercicio que, aunque humillante en su inicio, le había servido para amaestrar sus furias, hacerse fuerte e implacable, disimular el filo acerado de sus colmillos y manejar sus instintos carnívoros con naturalidad y autocontrol.

 La pequeña selva no estaba preparada para aquel maestro de la estrategia, educado en los mejores circos de las ciudades  que, en su última pirueta, se hacía pasar por vegetariano y dormía la siesta a la sombra de un árbol rodeado de confiados corderos lechales. A dieta de acelgas y remolacha, el león prometió usar su fuerza sólo para defender a todos los habitantes de la  aislada selva. Pese a las reticencias de los otros desdentados felinos, el león vegetariano tomó el mando.

Cuando se comió de una sentada medio rebaño de ovejas que sólo acertaron a poner cara de idiotas, aún hubo quien lo disculpó diciendo que lo único que pasaba es que león vegetariano se estaba saltando la dieta. Cuando perecieron casi todas las gallinas de la comarca y el león se tiró al monte a comerse todo lo que se le ponía por delante, la estampida fue total. La selva anda hoy atemorizada y todos los bichos susurran por si acaso.

“Lo siento”, dijo el león a sus víctimas, “lo de los vegetales será políticamente correcto, pero no acabo de cogerles el sabor”

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Emigrar

He leído que un arquitecto experto en paro se dedica a vender jamón y poner vasos de vino detrás de la barra de su propio bar. Si los arquitectos se dedican a manejar el cuchillo jamonero porque ya no manejan el tiralíneas ¿qué les queda a los camareros de toda la vida? Un señor que construía casas se ha tenido que auto emplear poniendo tapas de jamón cortadas con plomada y nivel porque lo suyo, lo de construir casas, no da de sí ni para un bocadillo de mortadela. Los tiempos en los que cada título en Arquitectura llegaba con un jamón debajo del brazo, una novia mona y de buena familia y un chalé en Somió con descapotable a la puerta, se han acabado. Ahora, bajo el brazo de los niños y de los licenciados que llegan a la vida o la edad laboral en estos tiempos no hay nada de nada, ni una hogaza de pan, se la han comido por el camino. Los titulados universitarios de ahora, sean de lo que sean, han de dedicarse al socorrido negocio de la hostelería para evitar tener que vivir de sus abuelos hasta que pueda empezar a vivir a costa de sus nietos.

Mientras esto pasa en el pujante imperio capitalista, los chinos que huían de Mao y vendían rosas en los bares de copas de madrugada se han hecho ya los dueños del rosal en todas sus variedades florales, del bazar en que venden el tiesto que los contiene, del invernadero que los cobija y de la finca completa con todos sus jardineros. Nosotros les ponemos a ellos las tapas de jamón y rezamos para que atraquen cruceros cargados de rusos con dientes de oro, abrigos de pieles y carteras llenas. Los rusos que llegaban hace años eran arquitectos o ingenieros en paro que trabajaban de camareros o mayordomos en España ¿Les suena? ¿Y aquellos indios de turbante que no tenían rupias ni para una culebra que encantar? Son los dueños de nuestras siderurgias. Tienen una en cada mano y más manos que Shiva, que tiene cuatro.

El viejo mundo es cada vez más viejo y el emergente ya ha sacado mucho más que la cabeza. Aquí vamos camino de ser un solar donde ya no están a salvo ni los arquitectos. Será ley de vida y tal vez volveremos a emigrar todos a Alemania para soñar con que Ángela Merkel nos da el pecho.

Rendija

Hay días en los que uno llega a la hora del café con ganas de resucitar. No es que haya tenido la sensación de estar realmente muerto, pero en alguna parte del cerebro explota una urgencia de resurrección inmediata. La verdad es que el milagro de revivir a la realidad cotidiana se consigue muy pocas veces, muy pocas, pero a base de intentarlo con tesón, se resucita algunas veces. Si usted recuerda, cuando se es niño, adolescente o joven uno está vivo a tiempo completo. La muerte es cosa de otros, una realidad abstracta, un cansancio de pudridero que se observa en los viejos. A esas edades en los que uno cree que los charcos con océanos y el amor dura para siempre, no es preciso resucitar.

En esos tiempos el disco duro de una persona arranca en pocos segundos. A golpe de resorte o de simple y primitiva erección matinal, uno se lanza a la vida sin encomendarse a nadie. Tras sonar el despertador, se recomponen todos los programas en un momento y el sistema operativo funciona sin tasa desde el amanecer hasta el ocaso. Todo apetece, todo produce curiosidad y en todo o casi todo se puede meter baza.

Luego va llegando eso que llaman la edad adulta. Los aparatos de uno ya no están para muchas alegrías y hay temporadas en las que se vive en una especie de letargo, con medio cuerpo dormido mientras la otra mitad se hace cargo de todo a tiempo completo. La memoria se mete en su madriguera porque necesita tiempo para borrar recuerdos inútiles, desgraciados, o pasajes de la realidad que hacen insoportable la vigilia. Hay días de color gris marengo o panza de rata en los que uno llega a sentirse medio muerto en plena vida.

Hay ciertas temporadas en las que estar de cuerpo presente ante la propia existencia es la mejor manera de seguir vivo: velando uno su propia momia existencial. Hay quien dijo que la vida estaría muy bien si no hubiera que vivirla a diario, pero no hay manera. Por eso hay veces que uno se mete en la fosa común de la vulgaridad y deja pasar los días hasta ver si hay un destello por alguna parte. Y ocurre. Pocas veces, pero quiere uno creer que ocurre. Puede ser una cara, un libro, un cuadro, un color, un cielo, un beso, una palabra, un vaso de vino. De pronto se abre la rendija y se atisba por ella una cierta resurrección.

 

20 N

El domingo, después de votar, me hice a mí mismo una encuesta a pie de urna y mentí por mentir. Lo hice sin razón alguna, como los niños que roban una galleta, aunque sentí un intenso y estúpido placer contándome a mí mismo una mentira sobre una encuesta de la que yo era a la vez encuestador y encuestado. Tras votar y mentir en mi propio sondeo, me tomé media caja de sidra para olvidar lo que había votado. Pensé que sumergirme en la bebida a la hora del vermú  me daría un margen para no acordarme de la mentira posterior, ya que si no recordaba el sentido de mi voto, no recordaría tampoco la mentira que había contado. Sin embargo, al ser yo el encuestador y, además, estar borracho, me puse muy faltón, echándome en cara la mentira que había contado en la encuesta. Es lo que tiene andar por ahí votando, bebiendo y auto mintiendo en las encuestas.

Presa de la angustia, tomé otra media caja de sidra para matar la mala conciencia que me producía discutir con mi mitad encuestadora por haber mentido, pero tampoco arreglé nada. Mi personalidad votante pilló entonces una borrachera de las llamadas “lloronas” y se empezó a disculpar con todos los interventores, encuestadores, apoderados, presidentes de mesa, guardias municipales y de los otros por no haber dicho la verdad. “Si tiene mal votar, que se quede en casa, que lo deje”, exclamó uno que ya se había hartado de mis explicaciones. “¡Hay que saber votarlo y mearlo!”, me espetó un propio.

Al cierre de los colegios mi parte encuestadora empezó a hacer públicos los primeros resultados del sondeo matinal, pero como las respuestas que le había dado mi personalidad votante habían sido falsas, los resultados no tenían nada que ver con la realidad. Me dormí. Cuando Matías Prats se hizo presente en mi salón dando los auténticos datos del 20-N, la resaca que aún arrastraba se me quitó por completo. Mi personalidad encuestadora y mi personalidad votante lloraron al unísono camino de bar para enfrentarse a la realidad como debe ser: borrachos.

Bosco

Ayer le pregunté a mi perro Bosco sobre qué reflexionan los candidatos en una jornada de reflexión. Mi perro dio unas vueltas sobre sí mismo antes de acomodarse para contestarme a su manera que nadie que sea político puede ser reflexivo, ya que la historia demuestra que cualquier político reflexivo ha dejado la política para siempre o, en su defecto, ha sido expulsado del partido como un apestado. La reflexión, sostiene mi perro, es tan contagiosa como el moquillo y un político reflexivo es un peligro para el rebaño. Además, el animal añadió que no se debe confundir el acto de reflexionar con los conspirar, maquinar o especular, verbos que también indican el uso de la inteligencia analítica, pero con una finalidad que es casi siempre oscura, egoista y sospechosa  en sus fines. A mayor abundamiento, el buen Bosco añadió que, por ejemplo, no es lo mismo un chucho que un perro aunque puedan parecer lo mismo y que, por eso,  cada vez que alguien proclama que Fulano es “un político de raza”, debería añadir aquello de “no sabemos de qué raza”. Los perros piensan que los políticos ladran por falta de reflexión ya que es sabido que en el género animal, los más bichos más ladradores son los más acomplejados e histéricos. Añadió, además, que los candidatos andan muy caninos, sobre todo de ideas.

El animal me dejó con la boca abierta al afirmar que dar por sentado que los candidatos reflexionan sobre cosa alguna antes, durante o después de la jornada de reflexión, es mucho sostener. Es como pensar que un perro amaestrado para el circo puede llegar a estudiar una carrera. Apariencias falsas. Opina mi perro Bosco que lo mejor de una jornada de reflexión es el callar de los candidatos, agotados de tanto gritar, no de tanto pensar. Hoy sábado, día de la reflexión, disfrutemos del silencio. El perro me ha recomendado que si salgo hoy a la calle y me cruzo con alguien que ha sacado un candidato a pasear, tenga a mano unas bolsitas de plástico. Por las cagadas, claro.

Miguel

El lunes murió en Gijón un sabio llamado Miguel Arrieta y, como creo haber escrito alguna vez, el problema de que se muera un sabio es doble: nos quedamos sin él y, además, deja sitio libre para algún gilipollas. Vaya por Dios, como dice Daniel. Pena doble. Hueco doble. Vaya por Dios, digo yo también con un frío raro colocado en la espalda.

Miguel Arrieta era un sabio discreto. Era feo, simpático con las palabras justas, ácido sin ser corrosivo, lector impenitente, escritor inclasificable, corrector editorial puntilloso, polemista certero y bien informado, de torpe aliño indumentario, flaco como un galgo que ha corrido mucho, algo desvalido, hospitalario, cocinero excelente y siempre dispuesto a  compartir palabra, lecturas, una copa (llamada por él un “petit pourquoi”) o un cigarrillo negro de aquellos que hacía amarillear su mostacho de carabinero. Miguel, Miguelito Arrieta, había estudiado Filosofía para ejercerla, no para meterla en un aula. Porque Miguel, con su bigote a lo Nietzche y su pelo lacio y mal peinado, como un hidalgo Alatriste regresado de alguna guerra, dedicó su vida a la sabiduría que sale  de los libros y de la gente. Esa gente que transita sus trabajos y sus días por los bares en los que Miguel se escondía a ver pasar el mundo y a leer libros que rara vez tenían menos de 500 páginas y con los que disfrutaba siempre. Podía traer entre manos a Juan Benet, a Aristóteles o estar metiendo el diente a alguna cuestión relacionada con la física cuántica, pero también podía sorprenderte con la receta certera de una fabada en su punto o de una chopa a la espalda. Así era. Sabía de todo y, como era un sabio, siempre colocaba el nivel de su conversación en el punto marcado por quien huye de la pedantería y es capaz de contar lo que sabe sin apabullar. Así era este sabio de Gijón, menudo, coñón

Cuando Miguel estaba acabando su gin tonic pedía al camarero “una elongación”, es decir, que le repusiera el líquido consumido para prolongar la charla o la lectura. Uno lamenta que la vida, para variar, no sea capaz de obsequiarnos con una elongación de las vidas de aquellos a quienes queremos y admiramos. Descansa en paz, Miguel.

También existe

Con sus  broncos desfiles, sus frases programadas, sus cuentos para idiotas, sus chistes de cuneta, sus niñas crecederas, el mitin de campaña nos declara la guerra.

Candidatos joviales agotan las promesas. Se quitan la corbata, baban, palpan y besan. Sueltan dulces mentiras, saludan entre berzas, mienten entre tomates, abrazan costillares y aúpan niños meados con la mirada tierna.

Como viejos rockeros negados a la muerte, sin cambiar de balada retoman grandes éxitos; calculan bien los bises y, ante un público fácil, venden todo el papel para cantar su solo y las mismas cuarenta.

Sudan en penitencia tantos años de chófer, por el Audi blindado, mesa en el reservado, por sus sueldos redondos, viajar en clase ‘bisnes’, por chollos y prebendas.

Con su verbo escogido fingen que son mortales,  pican a los portales luciendo frases hechas, dejan paso a los viejos sin mentar sus miserias y van de campechanos,  y nunca pisan mierda.

Con sus jefes de prensa predican sus verdades, apuntan con el dedo, reclaman su tostada, y dicen a la masa “soy la sal de la tierra”.

Colegas con los jóvenes, dulces con las preñadas, ñoños con los bebes, rudos con los currantes, los candidatos disfrazan como perlas sus colmillos de nácar. Posan con futbolistas, mongolitos, parados, modistas, ingenieros, monjas y cardenales. Cada foto es un voto y su voto es su hacienda.

Pero lejos del ruido y de la caravana, del discurso trilero, del lema y de la pulla, la democracia aguanta callada y resistente, dura como la vida, sentada con los tipos que esperan y resisten confirmando que, pese a todo, ella, la gente y el sur también existen.

(Maestro Benedetti: muchas gracias)

Caninos

Mientras olisqueaba un montón de sobres de propaganda electoral abandonados junto al contenedor de basura, mi perro me preguntó ayer qué hay que saber para decidir si un gobierno es bueno o malo. Mi perro es uno de los defensores del sufragio animal (un perro, un voto) y quiere estar informado de política. Un doberman muy agresivo que mea en su mismo árbol, le ladró el otro día con muy malas maneras que cierta opinión pública estaba siendo muy injusta con el gobierno de Asturias. Yo no suelo meterme en perrerías, pero aclaré que las personas y las instituciones pueden ser conocidas por lo que hacen y por lo que no hacen. Por ejemplo, un perro que “no hace nada” no es necesariamente un inútil. Cuando decimos que “el perro no hace nada” damos a entender que es bueno, aunque también podemos querer decir que es un aburrido o un vago que no vale ni para ladrarle a un gato. Hay personas que se caracterizan por no beber; ¿son unos tristes o unos tenaces abstemios? Otros han dejado el sexo ¿estrechos mojigatos o virtuosos célibes? Los que comen poco ¿son anoréxicos o modélicos en su frugalidad?

El perro alzó la pata (la de atrás), pero la dejó a media altura porque yo seguí mi perorata. Dije que lo mismo pasa con las gobiernos. También se les puede medir por lo que no hacen. Por ejemplo, un gobierno que no hace la fiesta de Nochevieja es que quiere que la gente esté en familia y lejos del vicio. Si no paga a las empresas que hacen la televisión no es por mandar a mucha gente al paro, sino porque quiere que la gente vea menos tele y lea más libros. Si no invierte en nuevas residencias de ancianos es para que los viejos vean crecer a los nietos en casa, como antes. Si no gasta dinero en carreteras nuevas es parea que la gente camine más o vaya en autobús y, de paso, ahorre gasolina. Hay que tener perspectiva y ver el gobierno medio lleno, no medio vacío. El perro me olió con desconfianza y se fue a hacer pis sobre el montón de papeletas electorales, renunciando al sufragio animal.

Pedrada

Pasó  un meteorito a 345.000 kilómetros de la Tierra. Tenía el tamaño de un portaviones de los grandes y si hubiera impactado contra nuestras cabezas habríamos pasado a la historia. Aunque no se sabe si habría quedado alguien para escribirla. Al parecer, 345.000 kilómetros en términos espaciales son muy poca cosa, como ir de paseo la esquina. Lo que tiene el infinito es que, además de que nadie cobra aún peaje por transitarlo, nunca te sales y 345.000 kilómetros son una bagatela. Todo depende de la escala en la que uno se mueva. Volar en clase turista toda esa pila de kilómetros sería insoportable para cualquiera (más si es fumador), pero para un meteorito ese vuelo una pijada. Se lo hace antes de desayunar y sin despeinarse. Para nosotros, esos miles de kilómetros son lejísimos, costarían una pasta en gasolina y ya no sabríamos que contestarles a los niños cuando volviesen a preguntar “papi ¿cuánto falta?”.

La recesión económica es como un meteorito inmenso cuyos impactos son mortales de necesidad. Navega por el espacio infinito del capitalismo expansivo a unas velocidades más altas que los tipos de interés bancario, aunque la distancia  a la que pasa y el daño que hace es variable, como los tipos de interés bancario. A diferencia de lo que ocurre con esos milenarios escombros siderales generados por el Universo, la chatarra producida por la actividad económica tiene sus propias leyes y establece una relatividad especial. Esa es la razón por la que la misma crisis abre un cráter imposible de rellenar en las vidas de algunos y, por el contrario, pasa de largo sobre las haciendas de otros que, además, se hacen aún más ricos de lo que eran recogiendo los restos generados por el impacto del cascote sobre el vecino.

La radio nos despierta cada mañana con nuevas noticias del desastre. El pedrusco sigue en caída libre. Unos saben que, una vez más, la pedrada les hará más intocables de lo que ya son porque se encuentran a una distancia del monstruo que les hace invulnerables. Otros miramos al suelo esperando oír el zumbido de la mole antes de ser aplastados como cucarachas. Lo único que nos sale del cuerpo es una vocecita que pregunta “papi, ¿cuánto falta?”.

Acorralados

Creo que ayer hubo un debate muy importante en la televisión. Lo que pasa es que no sé si fue el debate de ‘Acorralados’, el de ‘Sálvame’ o el de alguna otra telebasura de la misma alcurnia que las anteriores. Todos los días hay tantos debates, que uno se pierde. Javier Marías escribía hace poco que el abuso desmadrado de las palabras hace que pierdan sentido. Esta sociedad mediática en la vivimos obliga a enfatizar mucho todo lo que se dice para poder llamar la atención entre tanto ruido, por eso los insultos de antes ya no valen. Decirle a un tipo que es un majadero, un memo o un botarate es perder el tiempo, es como no decir nada; lo más suave es empezar por llamar al otro «hijo de la gran puta» y, de ahí, para arriba.
Esta es la razón por la que me he perdido y ya no sé qué valor tiene la palabra «debate» cuando se usa por igual para hablar del futuro del Parlamento de España y para conocer las hazañas rurales de un ex atracador de bancos estrábico, un ex guardia civil chulín, una nieta bastarda de Alfonso XIII a la que parece faltar un hervor, una señora desequilibrada que grita con afanes teatrales y otros esperpentos que conviven dentro de una gochera rural asturiana con vistas a una parva de cucho. Debatir, lo que se dice debatir, aquí hace mucho tiempo que no se debate sobre nada, excepto sobre las vísceras, siliconas y pleitos de tipo venéreo que salen a relucir en las ‘tertulias’ de ‘Gran Hermano’ y ‘Sálvame de luxe’. El resto de las conversaciones que se dan en llamar debates son monólogos con eco o chismologías de peluquería de señoras.
El debate de ayer entre Mariano y Alfredo podría haberse llamado ‘Vótame deluxe’ para conseguir provocar un poco más de interés que el que provocó. Los debates en los que no se debate nada no tienen gracia. Debatir es, según la Real Academia, «altercar, contender, discutir, disputar sobre algo». Este «sobre algo» es la clave, ya que no hay nada que debatir cuando las dos partes, PP y PSOE, están tácitamente de acuerdo en su incapacidad para solucionar ninguno de los problemas de España. Lo único que se discute es cuál de los dos concursantes va a tener que cambiar de sitio la caca acumulada en el patio. El de ayer fue un debate entre dos seres políticos que están tan acorralados como los ‘frikis’ de ‘Acorralados’. Y nosotros, de público.