Calificación

Ayer me llegó una carta de Standard & Poors en la que se rebaja mi calificación personal a los niveles de la autoestima de Franz Kafka y mi solidez a un estado similar al que presenta el matrimonio de Belén Esteban. Como se lo digo. Yo sabía que las agencias de calificación se dedicaban a desacreditar ciudades, estados y comunidades autónomas pero, al parecer, han abierto ahora una nueva división dedicada a echar por tierra a personas físicas. Directamente. La cosa es hacer negocio, claro, porque, tal como van las cosas, pronto no quedarán países a los que meter el dedo en el ojo. El caso es que mi calificación personal ha pasado del “progresa adecuadamente” al “retrocede espectacularmente” en todos los aspectos de mi vida. En el económico era de esperar. Mi sueldo ha adelgazado mucho más que yo haciendo que cada fin de mes se parezca cada vez más al fin del mundo.

 Mi hipoteca, que goza de excelente salud, será la única y penosa herencia que dejaré a mis perplejos y descastados hijos. Será la única razón por la que no querrán que me muera. Según esta misma calificación, mi atractivo está al nivel del de un mandril, mi inteligencia se aproxima a la de un saltamontes y mis expectativas de futuro son similares a las del tipo que llevaba relaciones públicas de Gadafi. Además, el acreditado informe de Standard & Poors confirma en sus conclusiones que mi cotización como ciudadano y votante es similar a la del bono basura. Es, más bien, de voto basura.

Y ello se debe a que mi opinión, mi capacidad de decisión e influencia sobre al realidad tienden a cero. Ni yo ni los que tienen mi nivel de calificación civil pintamos nada a la hora de decidir lo que nos va a pasar en el futuro. Votamos, además, a unos tipos que tampoco tienen nada que hacer porque ellos no mandan, porque la devaluación de la democracia es directamente proporcional a la fuerza bruta del famoso mercado. Standard & Poors ha convertido las urnas en un cajero automático cuya clave secreta sólo conocen ciertos mercaderes y que nosotros rellenamos con votos en blanco que, al salir por el otro lado, son cheques en blanco para que banqueros, especuladores y tipos así nos sigan devaluando un poco más. Ellos sí que son tipos de interés.

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