La radio expira

Mientras escribe uno estas líneas, hay un programa de la radio pública asturiana que se despide. Tras diez meses de trabajo impecable y con miles de fieles oyentes para contarlo, la asfixia económica a la que el Gobierno asturiano ha sometido a la RTPA se cobra una nueva baja y manda a la calle a un puñado de profesionales. “La radio es mía” es hoy, por desgracia, “la radio expira”, un juego de palabras tan siniestramente apropiado para estos tiempos de Halloween político en los que vivimos. Menos mal que estamos gobernados por unas personas que dicen admirar a Jovellanos, que lo citan en todos sus discursos, que suspiran citando de carrerilla las frases de apoyo del señor Gaspar Melchor a los emprendedores, a las cosas de Asturias, al progreso del país astur. Menos mal que nos gobiernan jovellanistas y no una panda de ultramontanos vengativos y cerriles. Menos mal que estos mismos repúblicos son unos liberales de libro, que rechazan de plano las presiones, censuras y penurias que pasó Jovellanos por decir lo que pensaba y pensar por su cuenta. Menos mal que esta esla Asturiasque alcanza el orgasmo sociológico dando los mejores premios después del Nobel (al parecer), y proyectando al mundo un espejismo de universalidad que se convierte en provincianismo garbancero el resto del año. Menos mal que estamos protegidos de quienes quieren acabar con los emprendedores, con los pequeños y medianos empresarios, con los que crean trabajo. Menos mal que nos habían prometido velar por nuestro bienestar, por el de nuestros empleos, por el futuro de nuestros hijos y todas esas cosas.

Mientras todo esto se escribe y se recuerda, “la radio es mía” expira, la espicha, echa el cierre porque, sencillamente, nadie puede trabajar sin cobrar.

Para no citar siempre a Jovellanos, citaremos a Groucho Marx, el hombre que nos indicó el camino que va de la nada hacia las más altas cotas de la miseria. Puede que el consuelo sea pensar que “la radio es mía” debe marcharse de un club que no es capaz de tener socios de su nivel.

Salud compañeros. Y suerte.

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Todo a cien

 
El Gobierno Cascos cumple 100 días con una trayectoria de todo a cien. Impagos a empresas de cientos de miles de euros, centenares de kilómetros de carreteras que no se harán, cientos de cabreados porque no cobran el sueldo, puestos de trabajo en peligro que se cuentan por centenas y una incertidumbre sobre el futuro de Asturias que llega al cien por cien. Todo a cien para tres meses de cortesía que a uno le han parecido tan ruidosos como la Guerra de los Cien Años. La paciencia que se pide para con un gobierno debutante, esa norma no escrita de los cien días de gracia y cortesía, le ha fallado a los que se estrenaban en sus sillones, tal vez al llegar desafiantes y arropados por centenares de forofos que, más que un gobierno, parecían haber ganado una guerra civil o la Copa de Europa.
En economía existe el concepto de compra con dolo. Es decir, comprar una cosa a sabiendas de que no se va a poder pagar. En política debería haber candidaturas con dolo, es decir, hacer ofertas electorales con la certeza de que no se pueden, no se quieren o no se van a cumplir. Conste que esto del voto con dolo vale también para la oposición cuando se atecha y confunde sus intereses con los del común. Cuando un gobierno se pasa cien días buscando cien razones diarias para echar la culpa de todos los problemas a quienes gobernaban antes, es que lo mismo se presentó a las elecciones con poca intención de gobernar, lo cual no deja de ser una contradicción, por no decir una estafa. Quien quiere mandar tiene, se supone, ganas de poner coto a los miles de errores cometidos por su antecesor, de mejorar la cosa, de arreglar goteras, no de echar la culpa de todo al anterior inquilino. Cien días de reproches, cien presuntos chiringuitos desmontados, cien conspiraciones y cien amenazas con tirar de la manta producen titulares, pero no dan de comer a nadie
Asturias será un país, como dice ahora nuestro Gobierno, pero, hasta la fecha, es un país de todo a cien. A ver cuándo alguien nos sorprende con cien soluciones a algo.

Éxito

Para algunas personas de mi generación, para los que vimos a Franco morir en la cama y apenas nos acordamos de las monedas de ‘a perrona’, el socialismo era una ideología limpia, aseada y fresca como el agua de colonia que nos ponía nuestra madre cuando nos íbamos al colegio. El socialismo aquél era un evangelio de ciertas clases activas y pasivas, una doctrina asequible proclamada por tipos que nos recordaban a los ‘penenes’ que nos pastoreaban en la Universidad. El socialismo de entonces, el de cuando la libertad sin ira, libertad, era un cuento de la buena pipa que todos fumábamos en paz. Un cuento con final feliz en el que los buenos llevaban chaqueta de pana y los malos paseaban en un ‘Mercedes’ negro como un toro de Osborne, o en un ‘milquinientos’ con bandera de España de latón en la aleta. Eso pasaba en los ochenta y los noventa.

Teníamos apenas veinte años, pero comenzamos a trabajar gracias a unos contratos basura que se inventó Felipe González y que nos permitían ir pagando la prejubilación de nuestros padres y las clases de la autoescuela. El socialismo traía olimpiadas y mundiales, se codeaba con modistos y actores, apadrinaba escritores vanguardistas y no tenía problemas en hacerse fotos con el Rey en Marivent. Se hacían ‘expos’, trenes y autopistas, los hijos de los obreros íbamos a la Universidad a estudiar, sin necesidad de perder el tiempo conspirando contra nadie y Alfonso Guerra nos obsequiaba con unas campañas electorales llenas de maldades ingeniosas y citas de Machado sobre música de Mahler. Pero con el tiempo el socialismo se hizo de piedra. Los trajes de Armani sustituyeron a los pantalones de pana.

El PSOE esculpió el rostro de FG en su propio Monte Rushmore y ganaban elecciones sin bajarse del autobús hasta que llegó un señor de Valladolid con pinta de estar muy cabreado y ser muy de derechas. En todo ese largo viaje que nace en las genialidades de FG y muere en las soserías de ZP, el socialismo dejó muchos pelos en la gatera y muchos cabreados en las calles. El resultado es una ultraderecha muy bien alimentada dispuesta a subirse a lomos de Rajoy y cabalgar el poder durante unos años. Felipe González ya dijo hace mucho que, a veces, las derrotas se ganan de puro éxito. Y a ello van.

Calificación

Ayer me llegó una carta de Standard & Poors en la que se rebaja mi calificación personal a los niveles de la autoestima de Franz Kafka y mi solidez a un estado similar al que presenta el matrimonio de Belén Esteban. Como se lo digo. Yo sabía que las agencias de calificación se dedicaban a desacreditar ciudades, estados y comunidades autónomas pero, al parecer, han abierto ahora una nueva división dedicada a echar por tierra a personas físicas. Directamente. La cosa es hacer negocio, claro, porque, tal como van las cosas, pronto no quedarán países a los que meter el dedo en el ojo. El caso es que mi calificación personal ha pasado del “progresa adecuadamente” al “retrocede espectacularmente” en todos los aspectos de mi vida. En el económico era de esperar. Mi sueldo ha adelgazado mucho más que yo haciendo que cada fin de mes se parezca cada vez más al fin del mundo.

 Mi hipoteca, que goza de excelente salud, será la única y penosa herencia que dejaré a mis perplejos y descastados hijos. Será la única razón por la que no querrán que me muera. Según esta misma calificación, mi atractivo está al nivel del de un mandril, mi inteligencia se aproxima a la de un saltamontes y mis expectativas de futuro son similares a las del tipo que llevaba relaciones públicas de Gadafi. Además, el acreditado informe de Standard & Poors confirma en sus conclusiones que mi cotización como ciudadano y votante es similar a la del bono basura. Es, más bien, de voto basura.

Y ello se debe a que mi opinión, mi capacidad de decisión e influencia sobre al realidad tienden a cero. Ni yo ni los que tienen mi nivel de calificación civil pintamos nada a la hora de decidir lo que nos va a pasar en el futuro. Votamos, además, a unos tipos que tampoco tienen nada que hacer porque ellos no mandan, porque la devaluación de la democracia es directamente proporcional a la fuerza bruta del famoso mercado. Standard & Poors ha convertido las urnas en un cajero automático cuya clave secreta sólo conocen ciertos mercaderes y que nosotros rellenamos con votos en blanco que, al salir por el otro lado, son cheques en blanco para que banqueros, especuladores y tipos así nos sigan devaluando un poco más. Ellos sí que son tipos de interés.

Aleluya

Ya que las grandes instituciones políticas y mercantiles han demostrado que no pueden salvar al mundo, más bien contribuyen a destruirlo de manera meticulosa, los simples mortales hemos de buscar rutas de salida alternativas antes de ser desollados sin piedad por la estampida de quienes antes nos protegían. Si los héroes tradicionales se han dado de baja, si el Estado es el rehén del mercado, si el mercado es un atracador, llamaremos al vecino de al lado para que nos saque del atolladero. Igual nos sorprende. Eso es lo que hicieron los japoneses de Fukushima cuando se les vino abajo la casa y fueron después oreados con variables dosis de plutonio.

 Cuando las instituciones se miraban perplejas y los que se lo llevaron crudo vendiendo la energía nuclear se metieron en el búnker, aparecieron unos bomberos y varios policías de a pie, tipos modestos, de mirada directa, cuerpo menudo, pelo y voluntad cortados a cepillo e historias personales desconocidas. Se metieron en el horno con el valor cívico que da tener conciencia y se jugaron el tipo a cuerpo gentil por mor de ese viejo soniquete que se llama el bien común. A esos bomberos y policías japoneses se les entregó ayer el premio Príncipe de Asturias que recibieron con la misma austeridad, modestia, marcialidad y sentido del honor que demostraron entrando a pelo en un reactor nuclear para salvar el trozo del mundo que les quedaba más a mano.

Ellos sólo hicieron lo que había que hacer. Por suerte, la vida demuestra que quedan héroes de una pieza ante cuyo ejemplo uno es capaz de sentir todavía emoción y agradecimiento. Por ellos y por otros parecidos tiene sentido que Leonard Cohen siga cantando Aleluya.

Beber

La Administración ha decidido prohibir la venta y el consumo de alcohol a los menores de 18 años. No es mal intento de atajar un problema que, al paso que vamos, hará que los niños de tres años sepan más marcas de güisqui de malta que variedades de potitos Bledine. Los adultos tenemos que prorrogar las sobremesas hasta las 7 de la tarde para tener tiempo a elegir la marca de ginebra y la marca de tónica correspondientes con la que prepararnos un digestivo en condiciones. El problema del alcohol, es que se trata de la droga legal, social y admitida de nuestros tiempos y de otros muchos.

No hay sobremesa sin chupito, no hay vermú sin ginebra y no hay cafetín sin gotas. Saberse las añadas de los vinos, las etiquetas de las ginebras y las paradas de la ruta del cava del Penedés, forma parte de la cultura en alza, de los usos y costumbres y de lo que hay que saber para estar al día. Si usted no entiende de gastronomía y vinos, dese por apartado de cualquier tertulia de cierto nivel. Hay que saberse los nombres de tres o cuatro cocineros creativos y tener unos vinos de referencia con cita textual de bodega y año de cosecha. O eso, o ir a tomar una pinta de galipote al chigre de abajo.

En medio de esta Babilonia y estas babayadas, los niños y adolescentes ven beber a sus padres con más asiduidad de la que suelen verlos leer. Los hay que beben mientras leen, pero esa es otra historia. Hemos criado a toda una generación que ha conocido antes la textura del hielo en las copas que en los documentales del National Geographic y, claro, pasa lo que pasa. Beber es demasiado barato, demasiado asequible y demasiado efectivo como anestésico físico y moral. El alcohol es a veces la única válvula de socialización de los adolescentes a quienes los adultos hemos dado, tal vez, pocas herramientas o armas para entrar en el mundo real. El botellón es la prolongación del biberón para quienes no saldrán de casa de sus padres hasta bien cumplidos los treinta años. En las civilizaciones primitivas la edad adulta se alcanzaba tras matar un león. Aquí se logra con una borrachera de tamaño selvático. Igual es que no hemos sabido darles razones para no beber.

Otoño

Me tenía engañado este verano otoñal. Me tenía engañado pensando que todo el año se puede ir de manga corta, o que el color de los bosques se quedará así hasta el verano que viene. Sentía estos días una felicidad solar y elemental, con olor a huertas cuajadas de las primeras berzas, a la primera sidra de los llagares, con la visión nocturna al amanecer de un cielo tan limpio y estrellado que parece recién creado. Pero la muerte de un niño de 16 años que cruzaba una calle camino del instituto ha volcado este carrito de placeres básicos que estaba siendo nuestro otoño veraniego y me ha hecho salir del engaño plácido.

Morir a los 16 es un titular que no permite más comentarios. Morir a los 16 es haberlo dejado todo pendiente, ser pasado cuando aún se esperaba por el futuro. La misma vida que regala otoños dorados en los que la gente aún pasea descalza a la orilla del mar, es la que deja caer de su enramado a un chaval de 16 años que no era aún fruta madura. No estoy preparado para presenciar veranos tan largos ni vidas tan cortas. Ambas cosas me ponen un nudo en la garganta porque no las entiendo y lo que no entiendo me da miedo. Me tenía engañado y algo hipnotizado esta placidez de octubre, este aire templado, las noches silenciosas y estrelladas y las mañanas llenas de adolescentes explorando los primeros arrabales de la vida, cargando con sus carpetas, y sus mochilas con sus miedos, con sus hormonas, sus complejos, sus éxitos y con sus amores. Cargando entre el tráfico con los primeros pesos de la vida.

Yo presenciaba este paisaje maravillado por igual ante la belleza de las hojas rojizas del bosque y el tesón o la desgana con que las bandadas de adolescentes cruzan la calle en su migración anual hacia las aulas, en su viaje por etapas hacia eso que llamamos la edad adulta. En esa travesía cotidiana ha muerto uno de ellos. Tenía 16 años y deja padres huérfanos, amigos que se estrenaron ante la cara de la muerte y una tremenda desazón general que no cura ni la visión de este otoño dorado y tan engañoso como la vida.

Así vamos

Lo peor de que se mueran los sabios es que, además de perderlos, en el mundo queda más sitio libre para los gilipollas. A menos sabios, más gilipollas. Es una ley demográfica no escrita, pero real. Pura ocupación del espacio, como el principio de Arquímedes de la incompetencia.  A menos tipos con talento, más voceras y más horteras de bolera que piden pista para aterrizar en los huecos de nuestra desolación ciudadana. Es ley de vida y de la física: cuando un espacio social queda libre, otro cuerpo lo ocupa, aunque sea un cuerpo poco glorioso. La botella sólo puede estar medio llena o medio vacía, pero en cualquiera de los dos casos, el hueco que no contiene vino contiene aire.

En política ha ocurrido lo mismo. La muerte de las ideas, de las ilusiones y de la confianza ha dejado el patio amueblado para el advenimiento de gilipollas de toda especie que vienen a rebañar lo poco que queda en el fondo del barril. Lo peor de que se hayan muerto sabios anónimos o conocidos, políticos de talla verdadera, activistas, pensadores, gentes de bien que han sido arrolladas por la fanfarria hortera de nudo de corbata gordo,  es que ese hueco será llenado de nuevo por la vacuidad insoportable de mitineros que hablan para los ovejas, de banqueros que lo llevan crudo o de los habituales coros de la ultraderecha crecida que ya huele pelo de poder y babea de placer.

La socialdemocracia ha dejado morir muchas ilusiones sabias, muchas esperanzas fundadas en el cambio de modelo social, en la necesidad de justicia, de equilibrio, de humanismo. Quienes sabiamente lucharon por eso se han muerto de verdad o, sencillamente, se han muerto de asco y prefieren guardar silencio y dedicarse a sus asuntos privados.  La socialdemocracia ha ido dejando huecos de saber político y social en manos de muertos. Algunos eran unos muertos de hambre que se dedicaron a robar porque nunca lo vieron tan gordo. Otros eran muertos en vida que necesitaban tomar una biodramina cada vez que pensaban más de diez minutos seguidos. Esos y otros han dejado el hueco libre y aún no se han dado cuenta.

Las encuestas dan mayoría absoluta al PP y la calle da mayoría absoluta a la indignación.  Así vamos llenando huecos.

La feria nacional

Pasó la llamada Fiesta Nacional, otrora día de Raza y la Hispanidad, celebración hoy muy modernizada con ministros en Audi y bandera nacional sin ave rapaz en el escudo, aunque manteniendo el olor cuartelero que España necesita en todas sus fiestas mayores. Tal parece que los españoles no seamos capaces de celebrar nada sin toros en el desolladero y militares desfilando por las calles a clarinazo limpio. Volvimos a ver la habitual coreografía de la matiné madrileña en la que no faltaron cabra de la Legión, el Rolls blindado de Franco, la Familia Real alrededor del patriarca herido, el vermú de los elegidos en el Palacio Real y las lentillas de la ministra de Defensa supervisando el contingente escoltada por un par de generales de cinco estrellas con aspecto de demócratas.

En las tertulias de la radio se hablaba después de si hay que cambiarle el formato a la fiesta, si hay que meter en el programa menos uniforme y más cosa civil. La alternativa que se me ocurre es que desfilaran por Madrid los cinco millones de parados que forman parte del ejército de reservistas de la crisis. El desfile duraría muchas horas, pero sería vistoso y muy sentido. En la tribuna presidencial junto al Rey y el jefe del Gobierno, podrían sentarse también los banqueros españoles en general, ciertos empresarios y algunos políticos vitalicios. Ellos y los que han trincado jubilaciones, pluses y prebendas de millones de euros pese a destrozar la economía, pasarían revista a las tropas de parados, a los becarios de 500 euros al mes, a los pensionistas con el ácido úrico tan disparado como su indigencia, a los maestros interinos no contratados, a los médicos que hacen doble turno para no dejar enfermos en el pasillo, a los funcionarios y no funcionarios de sueldo ultracongelado y a toda la peña que está harta de pasarse el mes con un nudo en el estómago y otro en la cartera.

Con aire poco marcial como corresponde, las tropas civiles presentarían armas y respetos ante la tribuna presidencial haciendo sonoros cortes de manga para continuar a paso firme a hacer cola en las oficinas del INEM, pelearse por otro subempleo o engañar a sus desesperaciones cotidianas. Así, todos ellos celebrarían con todo derecho y conocimiento el Festín Nacional, la Feria Nacional o la Mierda Nacional, como prefieran llamarla.

Viva España.

Alma

Mientras buscaba una gabardina o algo barato de entretiempo,  vi mi alma entre un montón de saldos de la feria de stocks, en un expositor de restos de serie. Estaba un poco tapada por la manga de un jersey y tenía pegada una etiqueta del código de barras de unas bragas de señora mayor, pero la reconocí enseguida tras experimentar el pequeño repelús que da verse a uno mismo desde fuera y en liquidación. Junto a mi alma se rebajaban también restos de existencias de algunas memorias de candidatos políticos, así como algunas piezas de lencería femenina, jerseys con bolas y caras conocidas que, a fuerza de haber sido manoseadas, habían perdido sus rasgos. Una cosa es que le adviertan a uno de que pueda llegar el día en que venda su alma al diablo, y otra es verla como un stock más de todo a 0,99 euros y, encima, mezclada con cosas inservibles y dispares como en un cambalache que mezcla la biblia con un calefón.

Me dirigí al departamento de atención al cliente donde hablé con varios organizadores de la feria que me dieron todo tipo de explicaciones sobre por qué mi alma estaba en el expositor más polvoriento y no en las zonas de productos de marca donde, como mucho, se descuenta el 20%. El vendedor me aseguró que mi alma había pasado ya tiempo suficiente en las zonas  de marcas exclusivas, mezclada con los relojes de medio millón y las chaquetas de pijo, pero que a estas alturas de la temporada ya no daba el pego. Otras almas  de más solvencia e interés que la mía copaban el interés del público y la cotización ferial. El tipo, cuya cara me sonaba de otras rebajas, me dijo que la puja de almas de mi talla estaba muy por los suelos y que «lo que ya no se ha vendido, caballero, mal salida tiene a estas alturas», añadió.

Así que me compré un pack de calzoncillos boxer en buen uso, unas memorias polvorientas de cierto presidente, cogí mi propia alma con la mano derecha y la miré. Recité algo de Hamlet haciendo como que echaba cuentas de euros a pesetas y pasé por caja. Cuando pagaba con tarjeta, pensé que más vale lo malo conocido mientras veía mi alma en la bolsa de plástico que me miraba con cara agradecida.