Censura

La torpe amenaza de censura previa en los telediarios de la televisión pública ha muerto tras desatar tremendas iras en la profesión periodística. Al coro de indignados se han sumado las augustas asociaciones de la prensa, pomposos editores y directores de medios privados y toda la panda habitual de oportunistas que, con tal de ir de estupendos, se apuntan a lo que sea. No digamos nada de la clase política y sindical que, salvo escasas y honrosas excepciones, tiene una acendrada afición al tijeretazo. Les gusta censurar antes, durante y después. No hace falta que pongamos ejemplos que ya están en la mente de todos. Desde Fraga a Zapatero, cualquier repúblico con un cierto bronceado democrático lleva un censor en el bolsillo y da clases de periodismo al reportero más bragado. Antes de Fraga no se molestaban en disimular. Ahora, cada vez menos.

Lo que me ha llamado la atención del coro de escandalizados es que en él se hayan alzado como primeros tenores los empresarios y directivos de medios privados. Oyéndoles quejarse con amargura del tijeretazo que se trataba de meter en RTVE, uno ha estado a punto de olvidar los muchos atropellos diarios que han de sufrir los profesionales que trabajan en esos medios. La escandalosa precariedad laboral de muchos periodistas, la racanería salarial que padece la mayoría, los recortes constantes en el tamaño de las redacciones, los horarios de trabajo propios de una sociedad pre-industrial, la ausencia de reciclaje profesional adecuado o la globalización de los grupos editoriales, han hecho del oficio de periodista una jungla intransitable. Cualquiera que pretenda permanecer en ella y vivir de este trabajo sabe que se mueve en un campo de minas en el que se aplica la autocensura de forma permanente con el regocijo y la anuencia de los empresarios de la comunicación que tanto se rasgan las vestiduras con lo que pasa en RTVE.

Escandalizarse de la censura ajena y no ser capaces de ver la propia es una prueba más de la mediocridad que se está imponiendo en ese oficio y no precisamente por culpa de los periodistas de a pie. Medios de comunicación clónicos y sin personalidad propia, faltos de recursos, dirigidos a veces por burócratas de la redacción desconocidos en la calle, medios muertos de miedo ante las restricciones publicitarias de los clientes y de los gobiernos dan como producto final un estado de censura interna y externa que empobrece la información y es una falta de respeto a los ciudadanos que aún leen, ven o escuchan noticias. Asistir a ruedas de prensa en las que no se admiten preguntas, respaldar editorialmente opciones políticas de manera desequilibrada e interesada, o contar sólo ciertas partes de la verdad son formas de censura tan cutre como la que pretendía el consejo de RTVE. La censura es un estado mental y económico que, por desgracia, tiene abundantes ejecutores y larga vida por delante.

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