Mordaza

Se levantó a mear de madrugada y al pasar ante el espejo notó algo raro. Miró con detalle y observó que le faltaba media oreja. Echó mano a lo que quedaba de su apéndice, pero el resto de su pabellón auditivo se evaporó con una textura parecida al polvo que cubre las alas de las mariposas. Volvió a la cama sudando y, al girar la cabeza sobre la almohada, sintió como se volatilizaba su segunda oreja, sobre la que acaba de apoyarse. Se hizo en su cabeza un silencio tan profundo que quedó dormido de inmediato pensando que todo era una pesadilla. Pero no. A la mañana siguiente despertó sin orejas.

Llegó tarde a la oficina (no había oído el despertador) y lo hizo provisto de unos auriculares de astronauta con los que cubría el solar de sus apéndices desaparecidos. A nadie le pareció extraño, casi todos los llevaban. En la reunión de la mañana se las apañó para sentarse de perfil, fingir que tomaba notas con una mano y apoyar toda la cara en la otra, tapando con ella el hueco donde estuvo su oreja hasta el día anterior. Aquella postura le hacía parecer muy interesado en un montón de sandeces que no tuvo que oír. Mientras su jefe hablaba de ciertos balances él pensó dejarse unas patillas de bucanero melenudo para cubrir con ellas sus extintas orejas. Volvió a casa en coche sin escuchar las noticias de día, una retahíla de discursos políticos propios de tarados en los que se explicaban las bondades de la denominada ley mordaza, muy apropiada para sociedades de ciudadanos condenados a ser sordos y estar callados. Tampoco oyó la bronca de sus vecinos de arriba mientras veía en la tele una película sueca subtitulada. Durmió como un bebé, ajeno al petardeo de las motos y las sirenas de las ambulancias, se saltó feliz todas las tertulias radiofónicas de la mañana y tiró el teléfono móvil a la papelera.

Tres noches después, al levantarse a mear, vio en el espejo que su boca había desaparecido, como si alguien hubiera pasado por su cara una goma de borrar. Sonrió para dentro y volvió a la cama. Al día siguiente se hizo tatuar en el espacio que ocuparon sus viejos labios una boca ficticia pero muy lograda que, entre otras ventajas, le permitía afeitarse en menos pasadas. La boca falsa lucía una sonrisa sutil, acogedora y permanente que atrajo de inmediato a todas sus compañeras de oficina.

Desde entonces su jefe lo tiene por el empleado modelo, sus compañeros ponderan su sensatez y capacidad de escuchar, sus compañeras admiran su silencio varonil, todo el mundo lo tiene por un sabio, sensato, callado y meditativo. Él es, por fin, un ciudadano sordo y callado, muy en la línea de lo políticamente correcto.

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