Perrerías

 
Mi perro me preguntó ayer acerca de cuál había sido el efecto Rubalcaba sobre mi persona. Hay perros socráticos que le hacen a uno la vida imposible. Además, la pregunta fue lanzada con indiferencia, mientras el perro olfateaba con profesionalidad de catador de vinos los restos olorosos de una meada antigua que un colega suyo había lanzado contra la base de un chopo. Yo estaba recién llegado de las campas de Rodiezmo a donde había viajado en busca de un líder, como Diógenes buscaba a un hombre y como mi perro busca alcorques en los que orinar. Fui a buscar un líder y me tuve que conformar con un bollu preñáu y media de vino. Por ponerme a la altura del animal y que no me tomase por tonto, le respondí a mi perro que en Rodiezmo había detectado un persistente tufo a ‘sálvese quien pueda’ y que no había venteado ningún rastro olfativo de liderazgo político consistente.
Lo que parece es que en la manada socialista hay una seria lucha por ocupar el puesto del macho alfa que ya huele a muerto. El problema es que el sabueso aspirante al liderazgo ya ha sido atropellado varias veces y no tiene el pedigrí de quien se estrena. Es más bien un perro callejero hecho a sí mismo, a base de mantener la guardia alta si es necesario y de guardar el rabo entre las piernas si esa era la estrategia conveniente.
Por su parte, el ovejero leonés que se jubila no renuncia a dejar de mandar en el cotarro y quiere dirigir las últimas cacerías a su manera, aunque sea haciéndose pasar por el perro del hortelano. Con este panorama, lo visto en Rodiezmo fue un espectáculo similar al que presentan ciertos hogares para mascotas abandonadas. La jauría socialista que hace años llegaba a las campas de Rodiezmo en formación perfecta, ladrido coordinado y con la presa acorralada según se mira a la derecha, es ahora una desvaída sombra de lo que fue, una colección de chuchos famélicos y desorganizados que no espantan ni a las gallinas. Quedaban por allí cuatro mastines viejos que apenas tienen agudeza visual para controlar al ganado, su ladrido se parece a un quejido y apenas conservan su antiguo porte amenazador. Los demás no pasan de caniches, excepto las exministras del Vogue y similares que pueden rondar el estilo 101 dálmatas. El resto tiene hueso que roer.
Así las cosas, he quedado con mi perro de que sea él quien vaya a la próxima edición de Rodiezmo (si es que la hay) y huela las pantorrillas de los oradores por ver si distingue en ellas en inconfundible olor del líder de la manada. Mientras, seguiremos aguantando perrerías.

 

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