Promesas a tres turnos

En estas semanas de tanto exceso de discurso, de promesas a tres turnos, de discursos proféticos, catastróficos, resignados y, en general, repetidos, me ratifico en que el mejor político es el que se calla a tiempo. O, mejor, el que está callado el mayor tiempo posible. Si un político no habla seguro que tendrá tiempo para trabajar, para pensar, para hacer algo que justifique
su sueldo. En esto de la política pasa como con los camareros: si rebasan el tiempo de charla que separa la cortesía de la verborrea, malo. Una cosa es ser educado y otra cosa es ser un pelmazo.

Seguro que a ese barman que raja tanto se le termina por olvidar si lo que querías era un café con leche o un cubalibre. Seguro que ese gobernante predicador termina por no recordar lo que había escrito en su programa electoral, si es que se tomó la molestia de hacerlo. Por eso uno nunca se fía de los políticos ni de los camareros que hablan demasiado. En política no conviene mezclar el BOE con el Vogue, como en hostelería no conviene confundir el Martini agitado con el mezclado. No saber combinar a tiempo las promesas con las realidades o la ginebra con nla tónica, puede ser fatal en un momento dado. Un buen cóctel es la mejor obra maestra de un camarero de palabras justas, chaquetilla impecable, pajarita recta y mentón bien afeitado. Un buen proyecto de gestión para una ciudad o una región es el producto destilado por un político que se revuelve sin agitarse y que distingue la palabrería de la eficiencia.
Por eso la acción contra la crisis, el paro y otras cabronadas son el mejor discurso posible en estos tiempos en los que desde los mostradores ideológicos se nos sirve política de garrafón, muy mal destilada y dispuesta a ser servida por unos camareros a quienes el valor sólo se les supone y poco más. A algunos, ni eso.

Así que, por favor, den por finalizado ya el tiempo de la parrafada y empiecen con el de la palada. Tras las promesas a tres turnos vayamos a las soluciones. Con una por turno ya nos llega.

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Un pensamiento en “Promesas a tres turnos

  1. Los políticos charranes me recuerdan también a otra especie de profesionales embaucadores que para ocultar su falta de destreza se dedican a marear hablando sin parar (y a veces suponiendo que uno no entiende lo que le dicen).

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