Dios dirá

La posibilidad de que los muertos resuciten para vivir toda la eternidad es la creencia en la que se basa el cristianismo. Lo demás, incluso las vacaciones de Semana Santa, reservas hoteleras de playa o montaña, las procesiones, las liturgias de crespón negro, las siete palabras, el incienso, los capuchones y los latigazos de los penitentes, existen por el mero hecho de que más de media humanidad se agarra al calvo ardiendo de creer que va a vivir después de la muerte. Y eternamente, al parecer.

A estas alturas de la laicidad, la globalización y los viajes pagados con la tarjeta de El Corte Inglés, el origen de la religión y sus ritos es un asunto que probablemente traiga sin cuidado a la mayoría del personal. Por mucho que ello moleste a los obispos (gente tendente a molestarse por casi todo), la cosa de resucitar para disfrutar (o penar) años sin cuento, requiere una imaginación tan portentosa, una fe de tales dimensiones o ambas cosas a la vez que a uno se le antoja que este es tema para gente muy elegida y principal, santos, místicos y otras criaturas que no suelen abundar. El concepto que uno tiene sobre la eternidad es muy prosaico y se parece peligrosamente al de hipoteca de interés variable, algo que, me temo, nada tiene que ver con la teología ni la escatología. A uno ya le parece vivir eternamente poder aguantar hasta el año en la hipoteca esté pagada y sobrevivir para contarlo. Y no digamos si me pongo a pensar en el tiempo que mis hijos van a tardar en independizase con un contrato de trabajo y un sueldo decentes. Vivir cada día deja poco tiempo a resucitar. No sé si la resurrección consistirá en devolvernos el tiempo que hemos perdido en esta vida tratando de no hacer nada inconveniente, siendo honrados ciudadanos, trabajadores, callados y puntuales pagadores de nuestras deudas para, así, poder morirnos en paz y resucitar tocando la lira en un lugar sin obligaciones, tertulias radiofónicas, parquímetros, ni despertadores. No estaría mal.

Ya que Jesús fue un trabajador autónomo del gremio de la carpintería, tardó años en independizarse de su peculiar familia y fue ajusticiado por decir verdades como puños, espero que, a la hora de diseñar la eternidad, tenga en cuenta nuestras penalidades humanas que él compartió. Dios dirá.

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