Ni orgullo, ni nada

Ayer me llamó un amigo para animarme a formar parte de la junta directiva para organizar del Día del Orgullo heterosexual. Se celebraría el 19 de marzo, día del padre. Le hice notar a mi amigo que la virilidad de San José llevaba cuestionada mucho tiempo, le agradecí la propuesta y quedé en pensarlo con tranquilidad.

La verdad es que es un riesgo decir que uno se siente orgulloso de su heterosexualidad. A todos los tíos que confesamos esta condición se nos presupone machistas, incapaces de leer a Rilke, insensibles, discapacitados para la plancha, el cosido de botones o el arte en general. Además, a estas alturas de la película uno tiene la heterosexualidad tan abollada y con tantos rayazos que sería como estar orgulloso de tener en el garaje un coche sin batería. Uno está orgulloso de pocas cosas propias. No puede presumir de inteligencia excesiva, va perdiendo memoria, tiene chata la perspicacia, ajado el sex appeal, apolillado el amor propio, cuarteada la solidaridad, le amarillean los propósitos y los discursos le repiten más que la morcilla. No me siento parte de minoría alguna (de momento), me he casado como los de toda la vida, mis hijos me insultan como al resto de los padres, tengo una hipoteca desmesurada y ni siquiera puedo pasear un perro de raza exótica, agresiva o peligrosa.

En medio de tanta vulgaridad vital, el hecho de ser heterosexual me produce tanto orgullo como lavarme los dientes por la mañana. No tengo arreglo. Ni orgullo.

Nunca llegaré a nada.

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