Y ya.

Un año más no es nada. Fíjate en la cuenta de la hipoteca, en lo que debes. Qué más da deber doce letras más o menos. No se nota porque el tiempo ya no se mide en minutos, se mide en letras de cambio. El tiempo es un pufista que te permite saldar más y más deudas, pero a condición de dejarte sin tiempo. Los yogures tienen fecha de caducidad y la tuya es, más

o menos y si hay suerte, tu hipoteca. De manera que no te pongas filosófico con la edad, con lo de los cuarenta y pico, porque tu partida de nacimiento está en el Registro Civil pero la de defunción figura en la cuenta de resultados de tu banco y eso es de una vulgaridad

insoportable. No te pongas tierno, ni dramático, ni reivindicativo con el tiempo. El tiempo es

un pufo, una hipoteca que nunca deja de pagarse y que sólo te ha enseñado hasta la fecha que los amigos son escasos, las mujeres son volátiles, los maestros no existen y los gilipollas siempre se salen con la suya. Y recuerda que nunca vivirás lo bastante como para dejar de sorprenderte de tu propia estupidez.

Lo digo en tu descargo, compañero. De manera que no hay de qué preocuparse. Puede

que ese grano sea un tumor y esa taquicardia un aviso de infarto, que el colesterol sea tu única producción original de los últimos tiempos y que sea cierto que ya eres invisible, que pronto serás inservible si no te andas con ojo y que cada día eres menos impasible y más impresionable. No te preocupes. Ya no serás ministro, ni sabio, ni gran escritor, ni amante latino, ni amante sarnoso, ni un padrazo ejemplar, ni tendrás el Pullitzer, ni salvarás ala Humanidad, ni aprenderás inglés como Dios manda, ni darás la vuelta al mundo. Seguirás siendo un aprendiz de casi todo y un experto en casi nada hasta que la cuerda se acabe y el banco diga que tu hipoteca está saldada. Y ya.

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Librería Paradiso. Gijón

En la vida conviene elegir bien. Por ejemplo, es importante acertar con el barman que le pone a uno las copas, con el médico que le ha de anunciar el último mal y, desde luego, con el librero que le vende a uno los libros. No se piden copas a cualquiera porque igual nos sabe ponerlas o las pone de garrafón. No se enseñan las tripas a cualquiera por el hecho de que vista una bata blanca y, por supuesto, no debe confundirse jamás a un librero con un almacenista de papel, como no es lo mismo un escritor que un junta letras.

Yo siempre he sido de los de Paradiso, librería que cumple la nada despreciable edad de 35 años y que acaba de recibir el premio Maria Elvira Muñiz. A Paradiso sólo le falta un rinconín en el que pongan copas para ser perfecta. Estos señores, José Luis Álvarez y Chema Castañón, son dos incunables con patas, dos profesionales libreros de otra época que siguen en la brecha por respetar con igual intensidad a los libros y a los clientes. Las prescripciones literarias de Paradiso siempre curan los males de la incultura, ya que los doctores Álvarez y Castañón, conocen la dosis perfecta de letras que debe inocularse a cada paciente lector para que queden cubiertas sus necesidades.

José Luis sigue dándose un aire a Luis Eduardo Aute y exhibe una sonrisa cívica y pacífica que hace pensar en que el mejor ansiolítico del mundo es el olor a libros y la compañía de los mismos. Chema Castañón mamó las letras en una casa llena de libros y de la mano de un padre que las devoraba y las producía a partes iguales. Mantiene un lejano parecido con un híbrido de Groucho Marx y Woody Allen y es, además, un sabueso impenitente de libros, incansable en la búsqueda para cumplir con su oficio y atender a sus clientes.

Larga vida a Paradiso y sus doctores en letras, bármans del combinado bien escrito que consumiremos, por lo menos, durante 35 años más.

Bajas y altas

Dice el Sistema de Salud que los currantes cogemos menos bajas laborales que antes. La noticia es llamativa, pero creo yo que debe ser matizada. Por un lado, hay que tener en cuenta que hay varios miles de gijoneses que no están de baja porque están debajo de las piedras, buscando trabajo; otros parados están simplemente de bajón y ya no tienen fuerzas ni para levantarse de la cama aunque sea para ir al médico a que les de la baja. Otro sector ha decidido no enfermar nunca más, ya que un simple catarro puede ser causante de muerte profesional repentina. El que se mueve no sale en la foto y el que se fue en camilla perdió la silla, así están las cosas. La baja médica es un lujo que se pueden permitir muy pocos enfermos (reales o imaginarios), aquellos que no tienen la obligación de levantarse cada mañana y palparse las tripas para ver si se percibe en ellas síntomas de un ERE incipiente o ya en fase terminal. La atenta lectura de las estadísticas del paro cada ocho horas se está convirtiendo en uno de los mejores remedios caseros antigripales para rebajar las tasas de absentismo laboral. Todos sabemos que el único absentismo que se da últimamente en las empresas es el definitivo y, ante la duda, preferimos ser los más enfermos de nuestra empresa antes de ser los más sanos del cementerio de la oficina de empleo.

Vivimos en una economía moribunda pero poseedora de una salud de hierro que, sin duda, nos acabará matando a todos. Moriremos pidiendo el alta al médico para no causar baja en la nómina de la empresa y, aún así y en plena agonía,  creeremos estar cumpliendo con nuestro deber ciudadano de apuntalar las cuentas generales de España y las particulares de algún señor.

Cuantas menos bajas haya entre la clase de tropa, más altas ascenderán las aspiraciones de otros. Todo es cuestión de perspectiva. Hagan la prueba.

Dios y el mercado

 

Llevamos un lustro oyendo que alguien va a refundar el capitalismo. A mí me parece que  refundar el capitalismo tiene que ser algo parecido a refundar las religiones. Lo primero sería reinventar a Dios, cosa imposible ya que, como se sabe, Dios y el mercado se crean a si mismos, nunca se destruyen y  jamás dan explicaciones de lo qué hacen  ni por qué. Si Dios y el mercado son seres superiores, intocables en su esencia, sólo accesibles mediante ese wi-fi raro llamado fe, va a ser complicado que se pueda refundar la religión o el capitalismo. O sea que seguiremos blasfemando contra Dios y contra los mercados sin que nuestra mierda les llegue a ninguno de ellos.

Mientras haya quien vive bien o muy bien gracias a la especulación teológica o a la especulación bursátil, jamás se planteará en serio refundación alguna de la religión (de ninguna), ni del capitalismo (el único). Meter miedo con las penas del infierno viene siendo tan rentable como meter miedo con el mercado. Las liturgias del capitalismo y la de las religiones, presididas por banqueros y sumos sacerdotes, economistas charlatanes o predicadores obsesivos, dirigida desde el Banco Mundial,la Mecao el Vaticano, son  herramientas de control del personal que se complementan a las mil maravillas, que llevan siglos dando dividendos y que, aunque entren en crisis, nunca desaparecen. El bolsillo es la parte más débil del cuerpo y  el miedo al más allá el talón de Aquiles el alma. En el Opus, por ejemplo, se lo han montado tan bien que han  sido capaces de controlar a la vez los dos puntos débiles del ser humano: los números rojos del cuerpo y los del alma. Unos genios.

De manera que el capitalismo jamás será refundado porque habría que matar a Dios o, lo que es lo mismo, echar al presidente del Banco Mundial. En realidad vamos camino de poner sus caras en el anverso y en reverso de los billetes de diez euros para no olvidar nunca quien manda aquí. Por eso en los billetes de dólar escriben eso de “in God we trust”.

Informe semanal

 

El ministro de Trabajo, Valeriano Gómez,  dijo hace algunas semanas que hacen falta “lustros de contención salarial” para salir de la crisis. Menos mal que, a renglón seguido, el señor ministro aclaró que serán “sólo” dos lustros. Un alivio. Lo grande, lo enorme, lo inconmensurable de este asunto, es que nos dicte la moderación salarial un señor que se pone el sueldo a sí mismo y que hace quince días se quitó la gorra de sindicalista para meterse en el Audi de ministro. Como ustedes ya habrán visto, quienes dictan nuestras vidas son, por lo general, seres que transitan por mundos distintos a los nuestros y, desde luego, en coches distintos a los nuestros. Seguimos. Tenemos a Valeriano y su receta de los dos lustros de cinturones apretados, y tenemos también a la recua de eurodiputados españoles que, salvo honrosas excepciones, se han negado a congelar sus sueldos y, de paso, a dejar de volar en clase de lujo para hacerlo en clase turista. La ‘eurojeta’, en definitiva. Cuando a estos tipos les dijeron que en política había que tener altura de miras, creyeron que les estaban hablando de los aviones.

Para completar este recorrido por la cámara de los horrores de la política que nos ha dejado el informe de la semana que termina, tenemos al tal señor Trichet, presidente del Eurobanco, que sube y subirá los tipos de interés bancario por si acaso nos da a todos por lanzarnos a la calle a consumir como locos, a comprar joyas, pieles y coches de lujo. Ya no menciono a la locuaz Elena Salgado, experta en malas noticias, que, con su aspecto habitual de esfinge mal alimentada, nos sorprende con la inesperada noticia de que el paro seguirá subiendo. Lo que no aclaró es si será durante los dos lustros de moderación de Valeriano o durante algo más de tiempo.

Resumen del informe semanal: en estas condiciones y en compañía de tan brillantes gestores hay que vivir y hay que votar. Hay que joderse.

Lavado de manos

 

El jueves 9 de mayo se celebró el Día Mundial del Lavado de Manos. En serio, no me lo estoy inventando. Es una de estas exóticas iniciativas internacionales que, en este caso, tratan de convencer al personal de que hay que ser higiénicos. Mi madre siempre me dijo que había que lavarse las manos sin necesidad del patrocinio dela OMS, pero eran otros tiempos, ya me hago cargo. No sé si habrá un Día Mundial del Lavado de Pies o de Sobacos, dos partes del cuerpo que pueden generar graves problemas de convivencia en caso de no ser visitados por el agua y el jabón de manera asidua. Pero ese es otro tema.

A mí me ha hecho gracia que el Día Mundial del Lavado de Manos haya coincidido con el inicio de la campaña electoral (si alguien sabe cuándo acabó la anterior, haga el favor de ponerse en contacto conmigo). La campaña electoral viene a ser el Día Mundial del Lavado de Cara y Conciencia, un momento en el que los candidatos y candidatas (o sea, la candidatez o la candidatada) tratan de hacer un ejercicio de higiene mental en la cabeza de sus votantes a base de tirar de la cadena de frases tópicas que vierten sobre nuestras cansadas mentes un lote de promesas con buena presencia y escasa credibilidad. Los aspirantes piensan que lanzan sobre sus interlocutores un torrente de refrescantes e insospechados proyectos cuando, en realidad, la cosa no pasa de ser un chorrete intermitente que sale a baja presión.

Nos esperan ahora dos semanas de galopante dialéctica sobre cañones y mantequilla, de sexo preelectoral sin amor ejercitado en rastros, mercadillos y plazas de abastos a base de empujones y apretones de manos sudadas a las que bien les vendrá lavarse a fondo después de cada cortejo al votante.

La única duda que se despejará el día 22 es si la derecha vendrá a quedarse con lo poco que nos ha dejado la izquierda. Lo demás es cosa sabida. Yo me lavo las manos. Ellos, también.

Maquillaje, je ,je

 

Parece evidente y aceptado, al menos en teoría, que la política sin ética es un paripé y un engaño al sistema democrático. Parece también que la información sin ética cada vez tiene menos cabida en el mercado. La información engañosa es, además de fraude perseguido por la ley, una puñalada trapera entre las costillas de una actividad fundamental en nuestra sociedad. La información sin ética daña a la profesión. La política sin ética daña a los políticos, a todos: a los buenos y los mediocres, espanta a los electores y genera recelos generalizados contra la propia democracia. Aceptado todo lo anterior ¿qué grado de responsabilidad tienen los comunicadores en general sobre la difusión de propuestas electorales de más que dudoso cumplimiento? Las campañas electorales son una orgía de lemas, frases y letra menuda que transportan mensajes de políticos de dudoso curso legal. ¿Se puede prometer pleno empleo? (yo se lo he escuchado a un candidato). ¿Se puede garantizar para un próximo mandato la solución de problemas que no se han solucionado en el actual? ¿Puede un partido de la oposición asegurar que si gana tomará ciertas medidas que no respaldó cuando las propuso el actual gobierno? ¿Se puede dar cabida a cualquier mensaje y a cualquier precio? ¿Se puede aceptar ser el maquillaje de cualquier promesa?

Josep Plá escribió que “la mediocridad es indestructible” y yo añadiría que es, además, puede ser contagiosa. La mediocridad que se ha instalado en ciertas capas de la “clase” política. La comunicación, sea por la vía que sea, debe respetar unas normas mínimas. El “todo  vale” que parece imperar en las campañas políticas, en algunas al menos, no debería trasladarse a los comunicadores que son los mediadores. Las posibles mentiras del mensaje político no pueden trasladarse sin más. No podemos ser, como dice un viejo periodista, “magnetófonos con patas”.

Los comunicadores no son la conciencia de los partidos políticos, es cierto, pero tampoco pueden ser los alcahuetes de mensajes abiertamente falsos o de dudosa procedencia, ni embellecedores de programas imposibles o abiertamente falsos. Si no somos la conciencia de ellos, tengamos al menos conciencia propia. El foto-shop puede usarse para quitar alguna pata de gallo, pero no como maquillaje neutral de la ausencia de ideas.

MILAGROS, HIJO

Nacer el 14 de febrero y ser síndrome de Down es una de las  ironías de la vida más sutiles y crueles que uno ha conocido. Venir al mundo el día de los enamorados con el escaso patrimonio de una minusvalía severa y vitalicia da que pensar sobre lo que llamamos suerte. Con estos dos datos elementales comenzó la vida de mi hijo Nacho, síndrome de Down. Cada vez que llega su cumpleaños uno cae en la tentación de regalarle esta columna de padre en la que no hay preguntas, respuestas, ni sorpresas, sólo constataciones. Ser síndrome de Down e hijo de Vicente del Bosque, por ejemplo, tiene sus ventajas. Tiene la ventaja de la visibilidad pública y la de poder suscitar los comentarios piadosos de personas para quienes estos seres de ojos rasgados y lengua torpe han sido siempre simples mongólicos, pero desde ahora, gracias al fútbol, ya saben que son síndromes de Down.

Ser síndrome de Down el resto del año, en una familia normal o sin familia, sin fútbol de por medio, sin alguna película sobre mongólicos superdotados y simpáticos en horario de tarde, es una vida dura, poco televisada, nada fácil.

Mi hijo es uno más de estos seres a quienes todos tenemos por cariñosos, melómanos y tozudos. Pero mi hijo y todos los demás síndromes de Down son, sobre todo, ciudadanos que precisan cuidados, compañía casi permanente, que envejecen antes que el resto, que requieren más medios para sobrevivir y menos paternalismo ocasional. Lo único que me preocupa de cada cumpleaños de mi hijo es no poder regalarle un futuro decente. No lo habrá para casi nadie, pero aún menos para los débiles, para los necesitados. El mundo no es para ellos.

Lo que sí puedo decir es que cada día del año, Nacho da lecciones de comprender que la vida es un extraño y precioso don que sólo se vive una vez, aunque sea en el papel de síndrome de Down. Tal vez haber nacido en 14 de febrero le haya convertido en uno de los escasos enamorados de la vida que conozco. Serán milagros de San Valentín, hijo.

Reflexiones en la jornada

“Me gustas democracia porque estás como ausente, con tu disfraz parlamentario, con tus listas cerradas, tu Rey tan prominente…”, canta Javier Krahe en su último disco. Eso mismo que canta Krahe quieren decir esos miles de gentes que han salido a las calles para quejarse de todo lo quejable, para decir que nos gusta la democracia pero de otra manera, sin trampas ni cartones, sin apaños y, sobre todo, sin tics autoritarios destinados a tapar la boca a los presuntos incorrectos. Llevamos años oyendo como los partidos políticos piden, solemnes,  una “sociedad civil madura y participativa”. Pues ahí la tienen, señores, en la calle y cantando las cuarenta. ¿O es que el mensaje político es unidireccional y siempre hablan los mismos y callan los mismos? Los candidatos nos piden el voto acudiendo a una sarta de generalidades aburridas que el personal aguanta con paciencia y buena voluntad, pensando incluso si votar a tirios o troyanos.

Pero resulta que ha habido cambio de menú. A los mítines se responde con motines y a los folletos electorales en papel satinado con pancartas hechas a mano en las cajas de cartón. ¿No nos dan jornada de reflexión para reflexionar y sacar conclusiones? Pues las que han sacado miles de ciudadanos es que quieren otra cosa, que este traje democrático se queda pequeño y que los sastres que lo cosen cada cuatro años toman mal la medida. Nos tira la sisa padeciendo lo que algunos padres de la patria sisan del público cajón y nos sentimos estafados porque el hueco que el sistema deja para los más débiles es cada vez más estrecho.

Los candidatos han pedido el voto para ellos mismos y sus partidos. Dejen que ahora que los ciudadanos se lo pidan a ellos. Lo que se pide es que los políticos voten por los ciudadanos, no por sí mismos, sus partidos sectarios, sus cargos de duración interminable y otras canonjías. Que voten por nosotros o, al final, conseguirán que nadie vote por ellos. Ni por nadie. Y sería una pena.

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