22 de mierda

Se nota a la perfección lo bien que ha entendido el PSOE el clarinazo recibido en las urnas del 22 de mayo (fecha que, por cierto, ya se empieza a conocer el círculos socialistas como el 22 de mierda). Sólo un dato revela a la perfección la sensibilidad democrática y dialogante del partido que gobierna España: la mordaza colocada a Carmen Chacón y el dedazo que ha designado a Rubalcaba. Tras años de presentar las primarias como la gran aportación del socialismo a la construcción democrática de los partidos políticos, de nuevo se nos hace saber con los hechos que las mejores primarias son las que no se celebran.

Las primarias socialistas tienen el mismo valor que el de un Mercedes Benz de última generación que, eso sí, no sale nunca del garaje. Se presume de lo bueno que es coche y de lo saludables que son las primarias mientras se toma el vermú, pero lo que no se dice es que no hay gasolina para mover el cochazo, ni valor para convocar las primarias. Si la política es el arte de lo posible, el Gobierno de España está haciendo todo lo posible por no volver a gobernar en muchos años. Mientras las urnas dan la “seria advertencia” que proclamó don José Blanco, y las calles claman desde el 15-M en pos de democracia de verdad, no de garrafón, el PSOE opta por el estilo “vintage” y recurre a los clásicos.

Tras hacer experimentos con gaseosa tipo Bibiana y compañía, el talante se ha terminado y es necesario apostar por valores seguros que salen del fondo de armario ideológico. Así se las ponían a Felipe II y a Rubalcaba, que sale a correr en una carrera que no tiene rival, pero que tampoco va a tener relevos. Nadie ha dimitido por sus meteduras de pata, nadie ha dicho “mea culpa”, nadie se baja del caballo ni agarra el toro por los cuernos. Más cornadas da el hambre, señorito. Rubalcaba es la renovación generacional del PSOE, la apuesta por la novedad, la frescura y el estilo. Y los guardias dando palos en la Plaza de Cataluña.

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Urnas y camas

 Las elecciones no sólo cambian los ayuntamientos y los parlamentos; las caras y los discursos también se adaptan a los avatares que generan las urnas. Por ejemplo, quienes han servido al régimen saliente afirman ahora con soltura eso de que “yo soy sólo un técnico, no un político”. Por si cuela. Quienes suspiraban en secreto por la toma del palacio de invierno y la llegada de “los suyos”, salen ahora de sus armarios políticos satisfechos, envalentonados y dispuestos a enarbolar esa otra frase: “¿qué hay de lo mío?”. Están luego los estrategas a toro pasado que, como hizo algún eximio líder popular, aseguran que lo del dividir el voto de Foro y el PP ha sido un acierto con tal de acabar con el PSOE. O sea que los partidos políticos pueden tener también marca “blanca”, como los espárragos. Los perdedores aseguran con la frente alta y sacando pecho que “nos queda el partido”, sin que nadie sepa muy bien si se refieren al suyo propio o a la final de la Champions.

Después de hacer unas elecciones se pueden decir tonterías parecidas a las que se dicen después de hacer el amor. En ambos casos, los sentimientos y las hormonas se disparan en pos de un fin muy concreto y, una vez conseguido (votos o besos), el cerebro padece un cortocircuito de tal voltaje que pierde el control de sus propias afirmaciones. Hay gente que hace y dice cualquier cosa por conseguir un ayuntamiento carnal o un ayuntamiento democrático, son variedades de ayuntamiento. El caso es tocar pelo, como dicen los toreros.

Ahora, el pleno trance post-amatorio, conviene que todos, ganadores, perdedores y público en general, nos tumbemos un rato boca arriba en el lecho democrático, respiremos hondo, fumemos un pitillo (el que aún lo haga) y volvamos vestirnos por los pies después de tanta pasión. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

La famosa fiesta de la democracia

Por las grietas que las acampadas de la indignación abrieron en la corteza de las fincas de los partidos políticos ‘de toda la vida’, se ha colado a chorro en el 22-M una vigorosa derecha de nueva expresión que ha ahogado a la indecisa y cansada socialdemocracia, empeñada en hacer candidaturas con gaseosa en tiempos en los que el consumidor pedía a gritos cava gran reserva. Los ‘indignados’ deberán hacer hueco en sus campamentos urbanos a algunos aspirantes a concejales que son ya cesantes antes de debutar. Candidatos que dejarán el Audi para asumir ser ‘perroflautas’ de la política hasta 2015 (por lo menos). ‘La fiesta de la democracia’ ha dejado esta vez unas resacas de pronóstico reservado, una noche de pañuelos largos y una mañana de estupor en unos barrios y alegría desbocada en otros.

Las tracas lanzadas desde las urnas por el soberano pueblo han tomado trayectorias inesperadas, arrancando de cuajo la cabeza de prometedores candidatos y brillantes estrategas. Pongamos la corona de laurel sobre la frente de los vencedores. Apiadémonos de los vencidos. Perdonemos a los pecadores y busquemos las raíces del pecado. Miremos uno a uno los árboles porque, si no, no podremos ver el bosque que vamos a atravesar en los próximos cuatro años. Digamos hoy frases de perplejidad, consuelo, felicitación o profetismos a toro pasado. Todos sabíamos que no sabemos nada de política, pero hemos hecho como que sí. Ahora sabemos que nunca votarás sin aprender una cosa más. En fin. Hay mucha digestión que hacer. Hagámosla. Felicidades a los premiados. Pésames a los vencidos. Sus amigos no les olvidan. ¿O sí?

No es broma

A primeros de abril se celebró el Día Internacional de la Diversión en el Trabajo. Si se tiene en cuenta que en España hay casi cinco millones de parados, la simple posibilidad de ir a trabajar debería ser una alegría (lo de diversión me parece demasiado), pero me temo que no debe ser así en la mayoría de los casos. La verdad es que, salvo los siete enanitos de Blancanieves, he conocido a poca gente que vaya alegre a trabajar y, menos aún, a personas que se diviertan haciéndolo. Los más pesimistas (o lo que Mario Benedetti llamaba “optimistas bien informados”) aseguran que el sexo se acaba cuando empieza el matrimonio, posiblemente porque se convierte en una parte de las obligaciones del contrato marital. Cuando era ocasional y amateur (nunca mejor dicho), siempre parecía escaso. Cuando se entra en la dinámica del sábado,  sabadete… puede resultar hasta cansino por obligado. En las cosas laborales todo queda estipulado por contrato, todo es obligatorio, de manera que cualquier atisbo de diversión en el trabajo parece condenado a nacer muerto.

Además, la palabra trabajo es una derivación del latín “trepalium”, un tipo de tortura consistente en “horadar el cráneo u otro hueso con el trépano”. Casi nada. Si se tiene en cuenta este truculento origen del término, y si a él se suma que lo que nos pide el cuerpo es holganza, se cierran aún más las posibilidades de ir cantando a trabajar con el picachón a la espalda. Por otra parte, yo no me fío demasiado de quienes se dicen que se lo pasan bien trabajando, salvo que esa afirmación tan campanuda vaya unida a un sueldo anual terminado en seis ceros o más. Luego están las empresas-secta, esas que van de guais y les ponen a los empleados mesas de ping-pong, una “wii” por barba, un minibar, o una máquina de petacos. Ponen la disculpa de que eso se hace para “estimular la creatividad” de los empleados aunque, en realidad, lo que se trata es de estabularlos para que se pasen 18 horas en la oficina.

El trabajo no es ninguna broma, así que no tiene por que ser divertido.

69,68, 67

Siempre los números. Estas cosas les encantan a los cabalistas. Eso del martes y trece del viernes trece, del número de  la lotería que con el que soñó la otra noche. Mi generación, la de los sesenta, lleva años enganchada con las cifras que empiezan por seis. Ya empezamos con las coincidencias. Primero fue el mayo del 68. Éramos demasiado jóvenes para andar buscando arena de playa bajo los adoquines de los Campos Elíseos, pero nuestros hermanos mayores, padres y demás pelmazos nos dieron la turra con ese mítico mayo feliz, libertario, del prohibido prohibir y tal. El 68 nos ha perseguido como un complejo y, puede que por eso, ahora vemos mayos del 68 de garrafón en cualquier conato de revuelta social. Todo nos suena a un “déjà vu” revolucionario que, en realidad, solo vimos en la televisión.

Luego fuimos pasto del 69. Si la revolución social la vimos en el telediario, la revolución sexual la vimos en los cines y de refilón. Lo del 69 se convirtió para nuestra quinta y las anteriores en un mito, en el ideal olímpico que sólo conseguían ejecutar en gran pantalla los atletas eróticos del momento. Soñábamos con el 69 a todas horas, pero nuestros mitos eróticos hispánicos no pasaban de ser Ágatha Lis y Maria José Cantudo. Todas de los cuarenta.

Y ahora, cuando ya habíamos desmitificado el 68 y dado por perdido el 69, viene el Gobierno y nos atiza con el 67. Llegar a los 67 años para jubilarse. Ahí va, que te preste. Otra cifra maldita que empieza en seis, que atiza de lleno a los que nacimos en  los años sesenta y que llegaremos a los sesenta años sin explicarnos en qué se nos ha ido la vida, sin haber organizado a tiempo un buen mayo del 68 y haber practicado tan poco el 69. Echen cuentas.

El beso del candidato

La semana pasada me besó en la boca un candidato. El encanto se obró ante un cartel electoral  cuando yo soñaba votar haciendo de papeletas corazón, de tripas voluntad y de necesidad virtud. Llegó el candidato en traje de faena, con su camisa arremangada, sus andares campechanos, sus saludos urbi et orbe, su convicción de manual, su sonrisa sin caries, su programa con roña… Y yo, que en el fondo soy un mitómano, me quedé helado ante la visión del mesías de los carteles allí,  a mi lado, en carne mortal.

-Busco un votante, dijo él como dijo el Príncipe azul que buscaba ala Bella Durmiente, como Diógenes desde su barril, aquél que buscaba un hombre.

-Busco un votante, dijo de nuevo mirándome a los ojos.

-Yo voto poco y menos por usted, perdone, dije muy bajo mientras él se acercaba a mí con la mano derecha extendida en posición de apretón.

-¡Pues tienes que animarte hombre!, me gritó mientras atenazaba mi mano como quien exprime un limón.

-Es que… -balbuceé yo sin más argumentos que los del pobre ciudadano de a pie que oye los mítines como quien oye el croar de las ranas o el coro de los grillos que cantan a la luna- no me creo que usted no nos vaya a salir rana una vez que le hayamos mandado a Estrasburgo o por ahí….

-¿Rana yo?, río el candidato. Vamos, muchacho, dame un abrazo y verás cómo te convenzo.

Y yo, que soy un membrillo educado con tanta Transición y tanto consenso me eché en brazos de aquel energúmeno. Él me inmovilizó  mientras, con rabia, me susurraba al oído: “¿Salir rana yo? Ahora verás, cabrón”, y me besó en la boca metiéndome dentro una lengua larga y fina, como un batracio que cazase una mosca o un voto. Y así fue. No tuve tiempo ni de llamarle guarro. En un santiamén me ví verde, paticorto, con más papada que en mis tiempos de humano y saltando entre las papeletas amontonadas, perseguido por el presidente de la mesa, el candidato, los apoderados, el segundo vocal y unos niños que andaban por allí.

El Facebook de Dios

Al cardenal Rouco no le gustan las redes sociales. Santa teresa dijo que Dios estaba también entre los pucheros, pero a monseñor Rouco le parece imposible que la divinidad emita en banda ancha. En fin. A mí siempre me pareció que Dios andaba divinamente por donde le daba la real gana (si es anda por alguna parte) y que obispos y cardenales trataban de llevarlo a su huertecito particular, a su sacristía, a su capillita. ¿No hay Dios en Internet? Pues es donde debería estar, si es que Dios quiere estar con la gente y los obispos son intérpretes acreditados de la voluntad divina. Es curioso cómo, sin querer, se parecen Rouco y Zapatero: ambos tienen una afición compulsiva por prohibir, ya sea a chatear, ya sea a fumar. En cuestión de dogmas y mano dura, la izquierda y la Iglesia han estado siempre más cercanas de lo que parece, sobre todo a la hora de imponer doctrina.

Que a estas alturas de la película haya jóvenes y no tan jóvenes que tengan más fe en Facebook que en Dios, no debe extrañar a nadie. Son opciones de vida. A Dios nunca se le ha visto, es por tanto un ser virtual, como las amistades que se cultivan en las redes sociales que tanto denigra el buen prelado. La fe es un  ejercicio de comunicación y confianza a larga distancia, como las redes sociales, y no olvidemos que antes de que existiera el twitter había guateques parroquiales en los que la gente ligaba o hacía lo que podía. ¿No era eso una red social sin ordenador? Pues eso.

Lo que más me apena de esta Iglesia es su manifiesta cabezonería para no dejarse interpelar por eso que el Evangelio llama “los signos de los tiempos”, es decir, las cosas que van cambiando y las que hay que meterse con sotana y todo si es cierto que se quiere dar visibilidad a Dios. El las redes sociales hay también gente normal, solitaria, arrinconada por una sociedad dura. En las redes también se busca ser escuchado, una obra de caridad cada día más necesaria para muchas personas.

En todo caso, y de ser posible el experimento, estoy seguro de que Jesucristo tendría más amigos en Facebook que Rouco Varela y sus colegas. Me juego lo que quieran.

Obispos sin ceja

El arzobispo de Oviedo (Asturias) pidió a “los de la ceja” que condenen “también” la intervención militar en Libia. Tiene razón el monseñor Sanz al pedir coherencia a los antibelicistas, tipos que siempre andan dando guerra por ahí con el rojerío encajado entre ceja y ceja, y siempre están metidos en esas onegés que plagadas de mangantes, como el señor arzobispo advirtió también a su grey en fechas recientes. Por otra parte, se percibe en las palabras del prelado un cierto tonillo despectivo hacia “los de la ceja”; me temo que don Jesús no simpatiza con “los de la ceja” en ningún momento: ni cuando condenan una guerra, ni cuando dejan de condenarla, así que lo de la guerra es accesorio. Si todos los católicos se hubieran negado por sistema a ir a la guerra, si todos los papas y obispos se hubieran cerrado en banda a bendecir tanques, cañones y dictaduras, puede que la historia de la humanidad se hubiera escrito de otra manera, con más paz, algo que se pide por principios, por fe, por esperanza o por caridad, lo hagan “los de la ceja” o los que no son de la ceja.

No sé si el obispo encuentra alguna contradicción en el que hecho de que algunos gobernantes que condenan el aborto y las parejas homosexuales no pusieran pega alguna a la guerra de Irak. Son los mismos que los sábados por la tarde, con algún obispo que otro a la cabeza por cierto, se manifiestan por las calles de Madrid poniendo sonrisa de ardilla cuando alguien llama asesino a ZP, pero, eso sí, en defensa de la familia de toda la vida. La única. La fetén. La homologada.

Ya que el buen obispo se ha metido a pedir coherencia a “los de la ceja”, que aproveche el viaje y se la pida también a quienes no lo son. Ante los cambios imparables de la sociedad, esta Iglesia se atrinchera cada vez más y repele al personal en vez de atraerlo. Por no mover, no mueve ni una ceja.

Enfermos en economía

Ha dicho el candidato socialista a la Alcaldía de Gijón que una de las grandes virtudes de la candidatura que encabeza es la de que “incluye doctores en Economía”. El señor candidato parece convencido de que esos doctores curarán los males del paro, la recesión y los tipos de interés en lo que respecta a Gijón y su comarca.  O Santiago Martinez Argüelles ha confundido las elecciones municipales con unas oposiciones  a cátedra, o el día que hizo esas declaraciones había pasado una mala noche. Con la crisis que está cayendo, decir que el fuerte de su oferta política es que está trufada de doctores en economía es lo mismo que proponer a Ferrán Adriá como solución para acabar con el hambre en el mundo. 

Unos cuantos doctorados en Economía, la mayoría con plaza fija y sueldazo en el Banco Europeo, el Banco Mundial o el Banco de España, han sido incapaces de bajarle una sola décima a la fiebre de los mercados. Desde estos bancos, los mentados doctores han mandado al banquillo a varios  millones de trabajadores y, ahora, aconsejan moderación salarial. Claro quedó que estos doctores nada sabían de medicina preventiva contra las recesiones y llegaron casi justo a hacerle la autopsia a lo que queda del famoso Estado del bienestar, creciente causa de malestar generalizado entre quienes nos refugiamos aún los deteriorados palos de este sombrajo cada vez más pelado.

No sé si los doctores en Economía que acompañan al bienintencionado don Santiago estarán en posesión de alguna pócima especial que cure tantos números rojos. Yo, por si acaso, le sugiero que se abstenga de mencionarlos en sus comparecencias y que presuma de cualquier cosa menos de doctores en Economía. Su sola mención nos sube la fiebre a los enfermos de la economía.

El abogado de Strauss

Si yo fuese el abogado del afogado señor Strauss-Kahn trataría de usar como eximente de sus presuntos delitos sexuales el argumento de la deformación profesional. Strauss es una víctima, no un verdugo. Al director del Fondo Monetario Internacional, socialista de carné y amante de la carne fresca, le pagan por acosar. Acosa economías, acorrala países, abusa de miles de ciudadanos a un tiempo, viola tratados comerciales, le mete mano a continentes enteros y se acuesta cada noche con la economía de mercado, esa puta de lujo cuyo chulo es el sistema capitalista, un proxeneta de altos vuelos y pocos escrúpulos a quien sirve, entre otros, el señor Strauss-Kahn. Véanlo así: un tipo a quien se recompensa por humillar a continentes enteros debe de sentir una irrefrenable necesidad de pasarse por la piedra a quien se le ponga por delante o por detrás. Un señor capaz de cepillarse toda una economía se siente seguramente con derecho para cepillarse a una camarera, o a todas las coristas de Broadway. Es deformación profesional, está clarísimo. A todos nos pasaría si nos acostumbran a ser los amos del mundo y dormir en hoteles de 3.000 euros la noche.

Este monstruo con el que convivimos y al que hemos convenido en llamar Sistema, ha ido generando, alimentando y encubriendo a individuos como Strauss-Kahn. Nosotros nos hemos resignado a ello y hasta admiramos sus brillantes carreras. Ellos son quienes hacen el trabajo sucio, quienes traen el dinero a paladas y, en consecuencia, creen tener el derecho de pernada incluido en su contrato. Los moralistas clásicos dirían que el caso Strauss ejemplifica como entre avaricia, soberbia y lujuria hay escasas diferencias de matiz, y que estos caminos llevan a lo que unos llaman el infierno y otros llamamos un mundo invivible para millones de personas, cuyas existencias dirige en albornoz desde su suite de 3.000 euros por un sátiro septuagenario. Vaya panorama.