Variedades

Les vino bien lo de Cataluña para que no hablásemos mucho de la corrupción. Luego les vino bien la corrupción para que no se hablase demasiado de lo de Cataluña. El problema se produce cuando hay tanta corrupción y tanta Cataluña juntas y, además, en Cataluña hay tanta corrupción que ya nadie sabe de qué hablar. La mierda es la única que ha conseguido en España plena autodeterminación.

El otro día me puse a sintonizar la TDT y lo hice tan mal que, de pronto, comencé a ver una cosa que juraría que era un NODO de 1969. Era un telediario. No sé si fue peor el remedio que la enfermedad.

Al parecer, el payaso siniestro que atemoriza a Gijón es un concejal de Foro Asturias. No contentos con el miedo que meten con toda una ciudad de calles levantadas y que se va a quedar sin aparcamientos en el centro, ahora juegan al jalogüin soltando por ahí a un fantoche para que nos vayamos todos pronto a casa y evitar que caigamos en alguna de las muchas zanjas abiertas a nuestra disposición. Hacer el payaso, meter miedo y hacer que se gobierna son tres cosas bastante parecidas en Gijón.

Hablando de gobernar y meter miedo a la vez, la alcaldesa Moriyón parece sobreactuada. Se acercan las municipales y está hablando con los periodistas más de la cuenta. Su mensaje es tan hueco como siempre, pero me ha llamado la atención lo mal que respira esta mujer al hablar en público. Entre eso y su falta de pericia oratoria, cada vez que quiere enfatizar alguna cosa o parecer cabreada le sale un tono que es más bien una mezcla entre Ana Torroja cantando la canción de la perrita Laika y Gracita Morales anunciando que la cena está servida. Si pretende seguir carrera política deberá tomar clases de dicción, alcaldesa.

A quien no he vuelto a ver es a José María Pérez, flamante candidato del PSOE a las elecciones municipales tras arrasar en las primarias. Josechu, como Blas, ganaste y te vas. O eso o el candidato está “haciendo un Fernández” que, como ya saben, consiste en la capacidad del presidente de evitar el desgaste propio de la acción política desapareciendo oportunamente. Igual la convivencia parlamentaria con nuestro jefe de gobierno virtual ha contagiado a Josechu esta prodigiosa puesta en práctica de la invisibilidad. O es eso, o lo mismo cree que el payaso friki que anda suelto por ahí es el defenestrado Santiago Martínez Argüelles que quiere vengarse y tiene miedo.

El índice de sinvergüenzas ha subido esta semana en España un 90% según la agencia de descalificación Golfos Apandadores Brothers.

Eternidad

Mi padre contaba este chiste. El infierno es un balde enorme lleno de mierda. Nada de llamas, solo mierda fluida. Los condenados a pasar allí la eternidad son sumergidos en la caca hasta la barbilla, justo hasta el borde del labio inferior, y allí de pie, sin punto de apoyo alguno, deberán escuchar los chistes que cuenta un demonio muy simpático, unos chistes cojonudos de esos que provocan la risa floja y contagiosa incluso a los condenados. ¿En qué consiste el castigo? En no poder reírse jamás a pesar de lo absurdo de la situación. ¿Por qué? Porque el mínimo movimiento de cualquiera de los condenados al carcajearse produciría olitas de mierda que entrarían sin remedio en sus bocas abiertas. Y así toda la eternidad porque la cloaca tendría siempre al mismo nivel de porquería.

Recordé este chiste mientras veía a Rajoy en la televisión, algo compungido y pidiendo disculpas por la corrupción en España, justo al día siguiente de ser detenidos medio centenar de políticos por robar a manos llenas para seguir manteniendo a nuestro alrededor el nivel de mierda habitual que ya la semana pasada parecía a punto desbordarse por los bordes del Estado gracias al asunto Bankia. Nosotros hemos sido condenados a vivir en esta cloaca máxima en la que los detritus nos llegan hasta el borde de la barbilla mientras vemos a Rajoy contar el chiste de la transparencia sin poder reirnos, ni movernos. Estamos de pie, aguantando por nuestras vidas, tratando de achicar la mierda que nos amenaza particularmente cada mañana, y de pronto vemos como se acerca otra avalancha de finas heces de banquero, de ministro, de diputado, de alcalde, de concejal, de presidente de diputación o de sinvergüenza en general. Cubiertos de mierda hasta más arriba del cuello nos aprestamos de nuevo a escuchar a pie firme otra tanda de chistes sobre la transparencia, el honor, la dignidad, el respeto por las instituciones y la promesa de que habrá limpieza. Y al final, entre Rajoy, Sánchez, Cospedal y los demás, conseguirán que nos vuelva a entrar la risa floja y que tragaremos caca una vez más. Y así por toda la eternidad.

Informe semanal 1

Thyssen presenta en Gijón un pasillo rodante que permite desplazarse a pie a 12 kilómetros por hora. Durante la inauguración y prueba del artilugio, el presidente del Principado, Javier Fernández, comentó con sus colaboradores la conveniencia de colocar estos pasillos en la sede de la presidencia del Principado “para dar sensación de que algo se mueve en Asturias”. Fuentes solventes añadieron que se baraja la posibilidad de colocar sobre los pasillos rodantes reproducciones de los consejeros autonómicos realizadas por el acreditado Museo de Cera de Benidorm para que los ciudadanos vean desde la calle a través de los ventanales como los muñecos se mueven arriba y abajo emulando una febril acción de gobierno.

Tenemos estatua de Mafalda en Oviedo. Es algo cursi, pero peor sería una de Jordi Pujol.

Hay algo en la dura mirada de la reina Leticia que oscila entre lo despectivo, lo altivo, lo arrogante y lo odioso. La reina de Alicia en el País de las Maravillas me parecía más equilibrada y, desde luego, la sota de copas mucho más entrañable.

Durante la transmisión del sarao principesco de Oviedo, en la TPA dijeron ayer sin dar más explicaciones que la Casa Real les había pedido que no se emitieran imágenes de la entrada de los Reyes en su coche oficial. O los Audis no han pasado la ITV, o las reinas tenían carreras en las medias, el pequeño Nicolás iba de copiloto, o el periodismo tiene cada vez más componentes de ocultismo y/o gilipollez.

Fernández Villa sigue hospitalizado con “síndrome confusional”, epidemia que se extiende como el ébola entre banqueros, politicos e imputados en general por echar mano al cajón. Fuentes médicas señalan que Villa contrajo la enfermedad al rozarse las mucosas con un fajo de billetes de 500 euros en mal estado. Igual no hizo el máster adecuado para quitarse el traje de sindicalista para ponerse el de defraudador o viceversa. Le preguntaremos a Ana Mato. Habla, mudita.

El Instituto Mundial de la Insania calcula que el índice mundial de gilipollez creció esta semana un 3,6% según la escala Obregón-Botella.

Mafaltosa

El realismo es lo que la realeza intenta fingir para que parezca que les interesa la realidad, aunque algunos se empeñan en hacer que la realidad parezca a veces un accidente por el que la realeza atraviesa de  puntillas sin llegar siquiera a mancharse los zapatos. Llegada ya la orgásmica jornada de los Premios Príncipe o Princesa de Asturias, el punto G de la sensibilidad de cualquier monárquico que se precie, la realidad y la realeza parecen acercarse mucho, aunque en realidad están más lejos que nunca la una de la otra. La realidad supera a la ficción y la ficción es lo más parecido a la realeza, de manera que no hay color cuando se trata de elegir. Entre la portada del Hola y la cola del Inem no hay duda.

Si la realeza fuese realista por una vez en su vida se dejaría llevar por la simple visión de lo que pasa en la vida real, la que está poblada por seres reales, que viven de nóminas reales, que pagan los pufos propios y los que han perpetrado muchos de los monárquicos banqueros que siempre han vivido protegidos por el infalible paraguas de la realeza para poder saltarse la realidad general y crear una propia. El realismo mágico ya no es solo patrimonio de los escritores. El realismo mágico se cultiva estos días con intensidad en los telediarios, los informativos y las páginas de los periódicos asturianos, volcados casi todos en la reinterpretación de la realidad desde la óptica de la realeza y no en poner a los pies de la realeza los restos mortales de la realidad asturiana como ofrenda real a la Casa Real.

Quienes reivindican que #somosreales son unos ilusos, unos utópicos, gente bienintencionada que espera que la realeza se mire por fin en el espejo de la realidad, pero eso es filosóficamente y físicamente imposible. Nadie puede verse la espalda a sí mismo, es muy complicado y produce contracturas dolorosas que nadie de sangre azul está dispuesto a soportar. La realeza española es un trasunto del retrato de Dorian Grey, aquel tipo que mantenía un falso aspecto juvenil mientras su retrato envejecía hasta la mostruosidad. El  retrato de los Borbones que Antonio López tardó 18 años en pintar es lo mismo que el retrato de Dorian Gray pero al revés: la realidad que aparece en el óleo ya no tiene nada que ver con la realeza española, y eso que López es un pintor hiperrealista.

Así que doy todo mi apoyo a quienes reivindican que #somosreales por su empeño en dar a la realeza un baño de realismo social, aunque les vaticina poca suerte. Siempre tendrán más éxito las fotos de la realeza con posibles trastornos alimentarios, las del pobre Quino tomando sopa como si fuera un indigente o las de la informal y rebelde Mafalda estatizada y “estatuizada” contra su voluntad hasta el extremo de conseguir que alguien llegue a pensar que en Asturias será llamada desde ahora Mafaltosa, atrapada en su propio e irreal molde de hiperrealismo falsificado a beneficio de la realeza, no de la realidad.

Moscas

Quedan volando por casa cuatro moscas de temporada. Son cuatro o cinco, no hay más. Son el último reemplazo del verano del 14 o quizás han nacido a destiempo a causa de los calores raros del otoño. Se niegan a morir aunque ya les toque porque las temperaturas bajan y ser mosca tiene sus limitaciones genéticas. Pero ellas lo saben, ven como los días se acortan y refresca por las tardes, por eso andan ocultas y medio apijotadas buscando los últimos reductos de calor que ofrece este otoño que ya amanece con xelada. Se atrincheran en el techo de la cocina, su último reducto; buscan el calor pegando la panza a los cristales soleados, a la pantalla de la televisión o del ordenador, mantienen la misma actitud cargante y molesta que si estuvieran en pleno verano con toda la vida de mosca por delante, aunque hay algo en sus genes que las avisa de que están ya fuera de plazo. Vuelan en círculos alrededor de la nada, tal vez manteniendo entre ellas conversaciones de mosca, sobre la vida de las moscas, las ambiciones de las moscas o el futuro de las moscas muy similares a las que los seres humanos mantenemos sobre ambiciones, crisis y proyectos mientras volamos alrededor de todo esto que, al cambio, es una nada en la que creemos navegar seguros.

Estas moscas de mi casa serán seguramente primas lejanas de aquellas en las que se fijó Machado, tan buen poeta que hasta con las moscas hizo versos, moscas que molestando durante la siesta, jodiendo el aperitivo al cagar sobre las aceitunas, o posándose sobre nuestra boca, nuestro sexo o nuestra mierda cotidiana, siguen siendo las mascotas más fieles y pertinaces que los hombres han tenido. Las moscas de mi casa tienen los días contados, están fuera de plazo y cualquier madrugada de frío pelón morirán en silencio o serán devoradas por la gata que aprovechará la debilidad de los bichos para lanzarles un zarpazo mortal y piadoso. Solo alguna de ellas, tal vez la más estúpida, la más cobarde, la menos dispuesta a disfrutar de los últimos soles, se haya metido ya entre los pliegues de alguna cortina o la ropa de verano precipitadamente guardada en el armario y se nos aparecerá en pleno invierno hecha una mosca gorda, lustrosa y monstruosa, tras haber conseguido sobrevivir a su generación a costa de haberse escondido a tiempo.

El verano que viene vendrán otras moscas y tal vez haya otro juntaletras que juegue vanamente a ser Machado y les dedique unas líneas que volarán como moscas en este vacío llamado Internet. O tal vez nosotros nos vayamos con las moscas, o antes que ellas, porque a veces cuando llega el otoño y los días se acortan, los amigos se mueren y las cosas no son lo que creíamos, también tenemos la intuición fugaz de que estamos volando fuera de plazo, planeando sin tren de aterrizaje, de que disfrutamos de una prórroga traída por el viento sur de les castañes que se acabará con cualquier xelada cruda.

Despedida

Alguien que manda en El Comercio me escribió el viernes “te echas tu solo, eso que lo tengas claro” como remate de una conversación epistolar algo tensa tras la decisión del periódico de poner fin a mis colaboraciones tras el rifirrafe del que ustedes ya saben. Este argumento de que cada uno es culpable de sus desgracias se pone cada vez más de moda. La enfermera con Ébola es culpable de su enfermedad, el maquinista del Alvia que se estrelló en Santiago es el único responsable de la tragedia y, en general, todos estamos a dos velas, por haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Posiblemente yo me haya dedicado a opinar por encima de mis posibilidades y esa ha sido la razón de mi parcial suicidio periodístico. Ya se sabe que en los presuntos templos de la libertad de expresión es donde menos libertad de expresión existe, pero esa es otra historia que otros observadores de más fuste que yo analizarán. En casa del herrero, cuchillo de palo.

Yo me despido de El Comercio con la sensación de que hace algún tiempo que estaba de más en ese medio y de que, a pesar de saber que mis columnas conseguían un nivel de seguidores aceptable, tenían un encaje complicado en un diario cada vez más monolítico en su línea editorial, tal vez un pelín influida por Foro Asturias, según dicen algunos. ¿Es cierta esta afirmación? Cada uno tendrá su opinión. A este respecto solo puedo aportar una historia personal. Cuando dejé de ser redactor del periódico en 2006, pedí una excedencia de cuatro años para aceptar ser cargo de confianza del gobierno de Paz Fernández Felgueroso (PSOE). El director del periódico me respondió que solo me darían dos años de excedencia y me advirtió que si regresaba al diario una vez acabado ese plazo nunca más volvería a hacer información relacionada con el Ayuntamiento de Gijón porque estaría “marcado políticamente”. Me pareció una precaución excesiva aunque comprensible, por eso me extraña tanto que el periódico tenga ahora en su plantilla a dos personas que trabajaron a las órdenes de Foro Asturias. Como se ve, hay distintas varas de medir la “marca política” que deja en la independencia de los profesionales al prestar servicio a una u otra opción política. Todos tenemos pasado.

Me despido (recuerden: no me despiden, es culpa mía) de un periódico al que dediqué muchas horas de mi vida como redactor y como columnista y me voy con la sensación creciente y penosa de que hace mucho que El Comercio no representa a buena parte de esta ciudad. Hace tiempo que, sinceramente, creo que el periódico no se representa ni a sí mismo, un síntoma que expresa por sí solo la gravedad del problema. Y no lo digo ahora porque me hayan liquidado como colaborador. Eso no va a ninguna parte, yo soy uno de tantos y solo me represento a mi mismo. Ya encontrarán otros mejores, más dóciles, callados y baratos. ( A mi me pagaban 371 euros al mes por escribir 12 columnas. Otros lo hacen gratis). Hace tiempo que veo en las opiniones de la gente de la calle como se critica la despersonalización y la pérdida de peso informativo del periódico, y hace tiempo también que se lo hice saber a antiguos compañeros y buenos profesionales que hay dentro de ese medio de comunicación. El problema para El Comercio es que también hay muchos lectores o ex lectores que observan lo mismo y obran en consecuencia.

Para los de Gijón El Comercio siempre fue “el periódicu”. No hacía falta dar más explicaciones. “Lo leí en el periódicu”, y ya estaba todo claro. Eso era cuando el producto se veía, se pensaban y se hacía en, desde y para Gijón. Eso ya no es tan así. Pero algunos se empeñaron en que había que ser otra cosa, que no era bastante con contar bien lo cercano con profesionales de aquí. No se puede hacer el Washington Post con la redacción del Pulgarcito (en número de profesionales quiero decir, no en su calidad seguramente), ni se puede tratar Gijón con el mismo rasero informativo que se trata Badajoz, Bilbao o Murcia. Gijón ha tenido siempre una relación con el Comercio similar a la que tiene con el Sporting: les exigen mucho, los consideran suyos y no les perdonan un fallo. Es difícil de explicárselo a alguien que no sea de Gijón.

En fin, que adios a todo aquello. Yo que nunca tuve demasiada fe en el periodismo digital porque aprendí el oficio en el de papel, seguiré haciendo lo único que sé hacer en este blog que tenéis a vuestra disposición. Suerte a todos.

Diócesis

El arzobispo de Oviedo ha pedido a quienes apoyan la secesión de Cataluña que “pasen a confesarse”. En realidad no lo ha pedido, lo ha exigido porque los obispos nunca piden nada, lo ordenan. No ha aclarado monseñor Sanz si el separatismo es pecado mortal o solo venial, pero con sus órdenes de pasar por taquilla penitencial parece venir a indicarnos que hay una línea trazada, como en la copla;  los que están fuera de la Iglesia irán al infierno, eso ya lo sabíamos, y los que estén fuera de España, lo mismo. Esto es nuevo, porque poner a la misma altura las ofensas a Dios y a la Constitución no se había visto nunca. Es más, a los obispos en su mayoría no les ha gustado nunca la Constitución, pero se conoce que ahora que mandan los suyos y aunque se les ha escapado lo de la reforma de la ley del aborto siguen viendo en la Carta Magna un filón para meter baza en las cosas del Estado, que es lo que siempre les ha puesto muy cachondos desde que Franco entraba bajo palio en las catedrales. No sabemos si el arzobispo de Oviedo y otros más de sus colegas propondrán que los clásicos 10 mandamientos de la ley de Dios pasen a ser 11 incluyendo el de “no te independizarás” como novedad, o si la unidad del Estado será asimilable a la de la Santísima Trinidad: 17 territorios y una sola persona. Lo que ya ha dejado claro monseñor Sanz es que los independentistas tienen que confesarse de su pecado porque, al parecer, se entiende que España es algo asimilable al cielo y todo aquel que reniegue de la patria reniega también de valores eternos y, por tanto,  peca lo suficiente como para tener que rendir cuentas a las autoridades, a las civiles y a las religiosas. Este país vuelve a ir camino de la teocracia y ahora los obispos no solo se meten en la moralidad de lo que pasa de cintura para abajo sino que también lo hacen en el diseño del Estado. No han dicho nada aún sobre si el uso de tarjetas de crédito opacas también es pecado. Si alguna vez se reforma la Constitución Española es posible que en el grupo de expertos haya media docena de cardenales u obispos metidos a valorar el alcance teológico de las decisiones civiles. Hasta ahora habíamos conocido a los ponentes de la Constitución de 1978 como “los padres” de la Constitución. Los redactores de la próxima serán sin duda llamados los “santos padres”. España no es un país, es una diócesis. Amén.

PPorro

El aspirante oficialista a presidir el PP, David González Medina, fue sancionado hace tres años por consumir cocaína y hace diez por trapichear con hachís. Este obús mediático lanzado contra la línea de flotación del candidato estaba ya cargado y apuntando hacia él hace un mes y se hace público de forma muy oportuna unos días antes de que los militantes del PP procedan a elegir a su presidente. La cosa era sabida y la revelación estaba planeada como una pieza más de nuestra hispánica y tabernaria manera de hacer política: a patadas. Si tan graves e inhabilitantes se consideran los antecedentes judiciales del señor Medina bien estaría que quienes los conocían los hubieran hecho públicos cuando comenzó el proceso electoral interno del PP, no cuando ya está en su fase final. Si tanto preocupan los hábitos que antaño tuvo el señor candidato y por los que ya pagó en los tribunales, dígase todo en el minuto cero de la contienda para que todos jueguen a lo mismo. Tal vez él mismo debió ponerse al frente de la manifestación y contar sus pecados antes de que los aireasen los demás. ¿Por qué no lo hizo? No lo sé, aunque supongo que uno tiene derecho a pasar página en su vida, errores incluidos, sobre todo cuando algunos fueron cometidos hace diez años en circunstancias que seguramente eran otras. Yo no conozco de nada al señor Medina, no me interesan mayormente las cuitas internas del PP, y tampoco haré apología del consumo de drogas, aunque sí opino que es evidente que no se trata  ni de un traficante ni de un toxicómano, y añadiré que uno ha tratado de primera mano durante años con cargos públicos de todas las ideologías cuyas costumbres privadas en lo que se refiere al consumo de todo tipo de sustancias “estimulantes” eran muy variadas y discutibles. Como detalle, recordemos que los cubalibres son más baratos en el bar del Parlamento que en el cualquier otro. Sacar a pasear a estas alturas el porro o las rayitas de juventud del señor Medina me suena a fariseismo desesperado o a mojigatería, máxime en un país donde casi todos vamos camino de tener que intoxicarnos con algo para poder sobrevivir a este lamentable estado de cosas en lo que a la política se refiere. Si quieren que les diga la verdad, me fío más de un ex porrero del PP que de un consejero de Bankia.

Extracto

La lectura detallada del extracto de gastos de la tarjeta black de Rodrigo Rato en Bankia me reconcilia un poco con el personaje. Ya no me parece un tipo tan elitista y tan chorizo como me pareció al principio de todo este asunto. Las cosas como son. En primer lugar descubro que nos gustan los mismos restaurantes: la Zamorana, la Pondala, Casa Yoli… El ex ministro es un tipo de buen pico, de paladar bien educado y, fíjate, pese a haber sido director nada más y nada menos que del Fondo Monetario Internacional y de haberse paseado seguramente por las mejores mesas de reputados chefs internacionales, sigue apegado a su tierrina y a los productos sencillos. A ver si Christine Lagarde se da alguna vez una vuelta por Deva a comer una tortilla de patata de Casa Yoli. Ni de coña. Esa no pasa de la tortilla francesa escuálida. Rodrigo Rato sigue prefiriendo los huevos de aldea, bien grandes, como los que hacen falta para pulirse una tarjeta de crédito opaca con esa contundencia y esa contumacia. Don Rodrigo ha dejado en Asturias muchos miles de euros procedentes de la rapiña organizada en la que tomó parte durante años y eso, quieras que no, es un detalle que le honra. Mira a Fernández Villa, todo el día presumiendo de defender los intereses de Asturias y resulta que ahora se descubre que tenía la pasta escondida en el extranjero. El mundo al revés. Va ser verdad que el capitalismo salvaje es una única alternativa que nos queda para salir de la crisis. La hostelería asturiana debe mucho más a Rodrigo Rato que a Fernández de Villa, eso para empezar, y se lo debe además en cantidades abultadas porque algunas de las facturas abonadas a tarjetazos por el ex ministro no eran moco de pavo. ¿No dicen que los asturianos somos grandones? Pues él señor Rato el que más. Haciendo patria. Ese es otro detalle que ayuda a perdonarle estos deslices financieros que hemos pagado entre todos para rescatar Bankia. Cuando se defrauda pero se hace con la finalidad de comer marisco del Cantábrico en reputados establecimientos de Asturias y a lo grande, tenemos que ser indulgentes. Así que dejen ya de pedir que le retiren a Rato el título de Hijo Adoptivo de Gijón. Lo que hay que hacer es que sea ratificado en el primer honor y ,además, nombrarle Embajador de la Hostelería, Pregonero del Marisco o Padrino de la Tortilla de Patata. Hay que rechazar el pecado y compadecer al pecador, aunque si los centollos son del Cantábrico parece que da menos pena.

Javi, por si las moscas

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El mundo está lleno de abusones, acusicas y mucha mierda; las tías van por ahí provocando vestidas o a medio vestir, y los tíos tenemos una tendencia muy pronunciada a meter la pata cuando estamos con ellas. En resumen, esta puede ser la vida vista por cualquiera. Si además esa persona aprende con poco más de 40 años que el ictus no es precisamente una planta de interior, su tendencia a ver la existencia como un vaso medio lleno (de mierda) puede agudizarse hasta acabar tumbado frente a un psiquiatra tras haber sido recogido del suelo de los bares por los amigos o por los guardias. Sin embargo, aún quedan seres humanos a quienes no engañan las apariencias fáciles de este valle de lágrimas de Lladró y buscan su propio camino desbrozando con la pluma como espada y el pincel como machete esta selva espesa de hijoputismo, decepciones y vino tinto con Sintrom. Ayuda también conocer en el camino a  legionarios llorones que pagan cervezas en el Savoy, mujeres de pechos reventones que se dejan rozar, jefes de cocina que incluyen la tortura en el menú del día, bizcos distraidos y bizcas cachondas, jamonas que cecean para provocar o yonkis sin dientes que acceden a hacerse un selfie en la entrepierna a cambio de una cerveza. Javi Guerrero, superviviente de sus propios y variados apocalipsis, poseedor en su antebrazo de sensores eróticos cuyo origen aún es un enigma para los antropólogos, forma parte de estos privilegiados seres humanos que han recibido de lo alto la luz justa en el momento y el lugar adecuados para narrar lo que pasa a su lado tratando cosas y casos con la ternura Hannibal Lecter o el sadismo de los hermanos Grimm. Y así lo hace y lo escribe todo seguido, cocinado vuelta y vuelta como leerán, en su doble obra “El baile de las moscas Silvia” y “Mira qué tonto”, dos perlitas duras como cagadas de cabra, dos conguitos de chocolate amargo que Isabel Preysler sustituirá por los Ferrero Rocher en la primera fiesta que organice cuando le llegue el alivio de luto.

Javi Guerrero es un deslumbrante cronista del muladar humano que fue peluquero y camarero tarado antes que dibujante y escritor. Fue emigrante entre andorranas y con almorranas, bebedor compulsivo de vino blanco en el desayuno, sembrador de vientos, recolector de anacolutos, metáforas, semánticas de arrabal y autor del censo de unos seres fronterizos a quienes todos quisiéramos haber invitado a unos vasos de vino tinto, más que nada para poder escribir luego cosas tan inimitables, redondas y humanas como las que hace Javi en estos dos libros que él mismo acaba de editar y que ojalá se vendan como churros hasta en Andorra.

Así que sepan que será tonto el que no los lea. Uno avisa, por si las moscas Silvia.