Moscas

Quedan volando por casa cuatro moscas de temporada. Son cuatro o cinco, no hay más. Son el último reemplazo del verano del 14 o quizás han nacido a destiempo a causa de los calores raros del otoño. Se niegan a morir aunque ya les toque porque las temperaturas bajan y ser mosca tiene sus limitaciones genéticas. Pero ellas lo saben, ven como los días se acortan y refresca por las tardes, por eso andan ocultas y medio apijotadas buscando los últimos reductos de calor que ofrece este otoño que ya amanece con xelada. Se atrincheran en el techo de la cocina, su último reducto; buscan el calor pegando la panza a los cristales soleados, a la pantalla de la televisión o del ordenador, mantienen la misma actitud cargante y molesta que si estuvieran en pleno verano con toda la vida de mosca por delante, aunque hay algo en sus genes que las avisa de que están ya fuera de plazo. Vuelan en círculos alrededor de la nada, tal vez manteniendo entre ellas conversaciones de mosca, sobre la vida de las moscas, las ambiciones de las moscas o el futuro de las moscas muy similares a las que los seres humanos mantenemos sobre ambiciones, crisis y proyectos mientras volamos alrededor de todo esto que, al cambio, es una nada en la que creemos navegar seguros.

Estas moscas de mi casa serán seguramente primas lejanas de aquellas en las que se fijó Machado, tan buen poeta que hasta con las moscas hizo versos, moscas que molestando durante la siesta, jodiendo el aperitivo al cagar sobre las aceitunas, o posándose sobre nuestra boca, nuestro sexo o nuestra mierda cotidiana, siguen siendo las mascotas más fieles y pertinaces que los hombres han tenido. Las moscas de mi casa tienen los días contados, están fuera de plazo y cualquier madrugada de frío pelón morirán en silencio o serán devoradas por la gata que aprovechará la debilidad de los bichos para lanzarles un zarpazo mortal y piadoso. Solo alguna de ellas, tal vez la más estúpida, la más cobarde, la menos dispuesta a disfrutar de los últimos soles, se haya metido ya entre los pliegues de alguna cortina o la ropa de verano precipitadamente guardada en el armario y se nos aparecerá en pleno invierno hecha una mosca gorda, lustrosa y monstruosa, tras haber conseguido sobrevivir a su generación a costa de haberse escondido a tiempo.

El verano que viene vendrán otras moscas y tal vez haya otro juntaletras que juegue vanamente a ser Machado y les dedique unas líneas que volarán como moscas en este vacío llamado Internet. O tal vez nosotros nos vayamos con las moscas, o antes que ellas, porque a veces cuando llega el otoño y los días se acortan, los amigos se mueren y las cosas no son lo que creíamos, también tenemos la intuición fugaz de que estamos volando fuera de plazo, planeando sin tren de aterrizaje, de que disfrutamos de una prórroga traída por el viento sur de les castañes que se acabará con cualquier xelada cruda.

Despedida

Alguien que manda en El Comercio me escribió el viernes “te echas tu solo, eso que lo tengas claro” como remate de una conversación epistolar algo tensa tras la decisión del periódico de poner fin a mis colaboraciones tras el rifirrafe del que ustedes ya saben. Este argumento de que cada uno es culpable de sus desgracias se pone cada vez más de moda. La enfermera con Ébola es culpable de su enfermedad, el maquinista del Alvia que se estrelló en Santiago es el único responsable de la tragedia y, en general, todos estamos a dos velas, por haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Posiblemente yo me haya dedicado a opinar por encima de mis posibilidades y esa ha sido la razón de mi parcial suicidio periodístico. Ya se sabe que en los presuntos templos de la libertad de expresión es donde menos libertad de expresión existe, pero esa es otra historia que otros observadores de más fuste que yo analizarán. En casa del herrero, cuchillo de palo.

Yo me despido de El Comercio con la sensación de que hace algún tiempo que estaba de más en ese medio y de que, a pesar de saber que mis columnas conseguían un nivel de seguidores aceptable, tenían un encaje complicado en un diario cada vez más monolítico en su línea editorial, tal vez un pelín influida por Foro Asturias, según dicen algunos. ¿Es cierta esta afirmación? Cada uno tendrá su opinión. A este respecto solo puedo aportar una historia personal. Cuando dejé de ser redactor del periódico en 2006, pedí una excedencia de cuatro años para aceptar ser cargo de confianza del gobierno de Paz Fernández Felgueroso (PSOE). El director del periódico me respondió que solo me darían dos años de excedencia y me advirtió que si regresaba al diario una vez acabado ese plazo nunca más volvería a hacer información relacionada con el Ayuntamiento de Gijón porque estaría “marcado políticamente”. Me pareció una precaución excesiva aunque comprensible, por eso me extraña tanto que el periódico tenga ahora en su plantilla a dos personas que trabajaron a las órdenes de Foro Asturias. Como se ve, hay distintas varas de medir la “marca política” que deja en la independencia de los profesionales al prestar servicio a una u otra opción política. Todos tenemos pasado.

Me despido (recuerden: no me despiden, es culpa mía) de un periódico al que dediqué muchas horas de mi vida como redactor y como columnista y me voy con la sensación creciente y penosa de que hace mucho que El Comercio no representa a buena parte de esta ciudad. Hace tiempo que, sinceramente, creo que el periódico no se representa ni a sí mismo, un síntoma que expresa por sí solo la gravedad del problema. Y no lo digo ahora porque me hayan liquidado como colaborador. Eso no va a ninguna parte, yo soy uno de tantos y solo me represento a mi mismo. Ya encontrarán otros mejores, más dóciles, callados y baratos. ( A mi me pagaban 371 euros al mes por escribir 12 columnas. Otros lo hacen gratis). Hace tiempo que veo en las opiniones de la gente de la calle como se critica la despersonalización y la pérdida de peso informativo del periódico, y hace tiempo también que se lo hice saber a antiguos compañeros y buenos profesionales que hay dentro de ese medio de comunicación. El problema para El Comercio es que también hay muchos lectores o ex lectores que observan lo mismo y obran en consecuencia.

Para los de Gijón El Comercio siempre fue “el periódicu”. No hacía falta dar más explicaciones. “Lo leí en el periódicu”, y ya estaba todo claro. Eso era cuando el producto se veía, se pensaban y se hacía en, desde y para Gijón. Eso ya no es tan así. Pero algunos se empeñaron en que había que ser otra cosa, que no era bastante con contar bien lo cercano con profesionales de aquí. No se puede hacer el Washington Post con la redacción del Pulgarcito (en número de profesionales quiero decir, no en su calidad seguramente), ni se puede tratar Gijón con el mismo rasero informativo que se trata Badajoz, Bilbao o Murcia. Gijón ha tenido siempre una relación con el Comercio similar a la que tiene con el Sporting: les exigen mucho, los consideran suyos y no les perdonan un fallo. Es difícil de explicárselo a alguien que no sea de Gijón.

En fin, que adios a todo aquello. Yo que nunca tuve demasiada fe en el periodismo digital porque aprendí el oficio en el de papel, seguiré haciendo lo único que sé hacer en este blog que tenéis a vuestra disposición. Suerte a todos.

Diócesis

El arzobispo de Oviedo ha pedido a quienes apoyan la secesión de Cataluña que “pasen a confesarse”. En realidad no lo ha pedido, lo ha exigido porque los obispos nunca piden nada, lo ordenan. No ha aclarado monseñor Sanz si el separatismo es pecado mortal o solo venial, pero con sus órdenes de pasar por taquilla penitencial parece venir a indicarnos que hay una línea trazada, como en la copla;  los que están fuera de la Iglesia irán al infierno, eso ya lo sabíamos, y los que estén fuera de España, lo mismo. Esto es nuevo, porque poner a la misma altura las ofensas a Dios y a la Constitución no se había visto nunca. Es más, a los obispos en su mayoría no les ha gustado nunca la Constitución, pero se conoce que ahora que mandan los suyos y aunque se les ha escapado lo de la reforma de la ley del aborto siguen viendo en la Carta Magna un filón para meter baza en las cosas del Estado, que es lo que siempre les ha puesto muy cachondos desde que Franco entraba bajo palio en las catedrales. No sabemos si el arzobispo de Oviedo y otros más de sus colegas propondrán que los clásicos 10 mandamientos de la ley de Dios pasen a ser 11 incluyendo el de “no te independizarás” como novedad, o si la unidad del Estado será asimilable a la de la Santísima Trinidad: 17 territorios y una sola persona. Lo que ya ha dejado claro monseñor Sanz es que los independentistas tienen que confesarse de su pecado porque, al parecer, se entiende que España es algo asimilable al cielo y todo aquel que reniegue de la patria reniega también de valores eternos y, por tanto,  peca lo suficiente como para tener que rendir cuentas a las autoridades, a las civiles y a las religiosas. Este país vuelve a ir camino de la teocracia y ahora los obispos no solo se meten en la moralidad de lo que pasa de cintura para abajo sino que también lo hacen en el diseño del Estado. No han dicho nada aún sobre si el uso de tarjetas de crédito opacas también es pecado. Si alguna vez se reforma la Constitución Española es posible que en el grupo de expertos haya media docena de cardenales u obispos metidos a valorar el alcance teológico de las decisiones civiles. Hasta ahora habíamos conocido a los ponentes de la Constitución de 1978 como “los padres” de la Constitución. Los redactores de la próxima serán sin duda llamados los “santos padres”. España no es un país, es una diócesis. Amén.

PPorro

El aspirante oficialista a presidir el PP, David González Medina, fue sancionado hace tres años por consumir cocaína y hace diez por trapichear con hachís. Este obús mediático lanzado contra la línea de flotación del candidato estaba ya cargado y apuntando hacia él hace un mes y se hace público de forma muy oportuna unos días antes de que los militantes del PP procedan a elegir a su presidente. La cosa era sabida y la revelación estaba planeada como una pieza más de nuestra hispánica y tabernaria manera de hacer política: a patadas. Si tan graves e inhabilitantes se consideran los antecedentes judiciales del señor Medina bien estaría que quienes los conocían los hubieran hecho públicos cuando comenzó el proceso electoral interno del PP, no cuando ya está en su fase final. Si tanto preocupan los hábitos que antaño tuvo el señor candidato y por los que ya pagó en los tribunales, dígase todo en el minuto cero de la contienda para que todos jueguen a lo mismo. Tal vez él mismo debió ponerse al frente de la manifestación y contar sus pecados antes de que los aireasen los demás. ¿Por qué no lo hizo? No lo sé, aunque supongo que uno tiene derecho a pasar página en su vida, errores incluidos, sobre todo cuando algunos fueron cometidos hace diez años en circunstancias que seguramente eran otras. Yo no conozco de nada al señor Medina, no me interesan mayormente las cuitas internas del PP, y tampoco haré apología del consumo de drogas, aunque sí opino que es evidente que no se trata  ni de un traficante ni de un toxicómano, y añadiré que uno ha tratado de primera mano durante años con cargos públicos de todas las ideologías cuyas costumbres privadas en lo que se refiere al consumo de todo tipo de sustancias “estimulantes” eran muy variadas y discutibles. Como detalle, recordemos que los cubalibres son más baratos en el bar del Parlamento que en el cualquier otro. Sacar a pasear a estas alturas el porro o las rayitas de juventud del señor Medina me suena a fariseismo desesperado o a mojigatería, máxime en un país donde casi todos vamos camino de tener que intoxicarnos con algo para poder sobrevivir a este lamentable estado de cosas en lo que a la política se refiere. Si quieren que les diga la verdad, me fío más de un ex porrero del PP que de un consejero de Bankia.

Extracto

La lectura detallada del extracto de gastos de la tarjeta black de Rodrigo Rato en Bankia me reconcilia un poco con el personaje. Ya no me parece un tipo tan elitista y tan chorizo como me pareció al principio de todo este asunto. Las cosas como son. En primer lugar descubro que nos gustan los mismos restaurantes: la Zamorana, la Pondala, Casa Yoli… El ex ministro es un tipo de buen pico, de paladar bien educado y, fíjate, pese a haber sido director nada más y nada menos que del Fondo Monetario Internacional y de haberse paseado seguramente por las mejores mesas de reputados chefs internacionales, sigue apegado a su tierrina y a los productos sencillos. A ver si Christine Lagarde se da alguna vez una vuelta por Deva a comer una tortilla de patata de Casa Yoli. Ni de coña. Esa no pasa de la tortilla francesa escuálida. Rodrigo Rato sigue prefiriendo los huevos de aldea, bien grandes, como los que hacen falta para pulirse una tarjeta de crédito opaca con esa contundencia y esa contumacia. Don Rodrigo ha dejado en Asturias muchos miles de euros procedentes de la rapiña organizada en la que tomó parte durante años y eso, quieras que no, es un detalle que le honra. Mira a Fernández Villa, todo el día presumiendo de defender los intereses de Asturias y resulta que ahora se descubre que tenía la pasta escondida en el extranjero. El mundo al revés. Va ser verdad que el capitalismo salvaje es una única alternativa que nos queda para salir de la crisis. La hostelería asturiana debe mucho más a Rodrigo Rato que a Fernández de Villa, eso para empezar, y se lo debe además en cantidades abultadas porque algunas de las facturas abonadas a tarjetazos por el ex ministro no eran moco de pavo. ¿No dicen que los asturianos somos grandones? Pues él señor Rato el que más. Haciendo patria. Ese es otro detalle que ayuda a perdonarle estos deslices financieros que hemos pagado entre todos para rescatar Bankia. Cuando se defrauda pero se hace con la finalidad de comer marisco del Cantábrico en reputados establecimientos de Asturias y a lo grande, tenemos que ser indulgentes. Así que dejen ya de pedir que le retiren a Rato el título de Hijo Adoptivo de Gijón. Lo que hay que hacer es que sea ratificado en el primer honor y ,además, nombrarle Embajador de la Hostelería, Pregonero del Marisco o Padrino de la Tortilla de Patata. Hay que rechazar el pecado y compadecer al pecador, aunque si los centollos son del Cantábrico parece que da menos pena.

Javi, por si las moscas

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El mundo está lleno de abusones, acusicas y mucha mierda; las tías van por ahí provocando vestidas o a medio vestir, y los tíos tenemos una tendencia muy pronunciada a meter la pata cuando estamos con ellas. En resumen, esta puede ser la vida vista por cualquiera. Si además esa persona aprende con poco más de 40 años que el ictus no es precisamente una planta de interior, su tendencia a ver la existencia como un vaso medio lleno (de mierda) puede agudizarse hasta acabar tumbado frente a un psiquiatra tras haber sido recogido del suelo de los bares por los amigos o por los guardias. Sin embargo, aún quedan seres humanos a quienes no engañan las apariencias fáciles de este valle de lágrimas de Lladró y buscan su propio camino desbrozando con la pluma como espada y el pincel como machete esta selva espesa de hijoputismo, decepciones y vino tinto con Sintrom. Ayuda también conocer en el camino a  legionarios llorones que pagan cervezas en el Savoy, mujeres de pechos reventones que se dejan rozar, jefes de cocina que incluyen la tortura en el menú del día, bizcos distraidos y bizcas cachondas, jamonas que cecean para provocar o yonkis sin dientes que acceden a hacerse un selfie en la entrepierna a cambio de una cerveza. Javi Guerrero, superviviente de sus propios y variados apocalipsis, poseedor en su antebrazo de sensores eróticos cuyo origen aún es un enigma para los antropólogos, forma parte de estos privilegiados seres humanos que han recibido de lo alto la luz justa en el momento y el lugar adecuados para narrar lo que pasa a su lado tratando cosas y casos con la ternura Hannibal Lecter o el sadismo de los hermanos Grimm. Y así lo hace y lo escribe todo seguido, cocinado vuelta y vuelta como leerán, en su doble obra “El baile de las moscas Silvia” y “Mira qué tonto”, dos perlitas duras como cagadas de cabra, dos conguitos de chocolate amargo que Isabel Preysler sustituirá por los Ferrero Rocher en la primera fiesta que organice cuando le llegue el alivio de luto.

Javi Guerrero es un deslumbrante cronista del muladar humano que fue peluquero y camarero tarado antes que dibujante y escritor. Fue emigrante entre andorranas y con almorranas, bebedor compulsivo de vino blanco en el desayuno, sembrador de vientos, recolector de anacolutos, metáforas, semánticas de arrabal y autor del censo de unos seres fronterizos a quienes todos quisiéramos haber invitado a unos vasos de vino tinto, más que nada para poder escribir luego cosas tan inimitables, redondas y humanas como las que hace Javi en estos dos libros que él mismo acaba de editar y que ojalá se vendan como churros hasta en Andorra.

Así que sepan que será tonto el que no los lea. Uno avisa, por si las moscas Silvia.

Peste

Moriremos de ébola o de asco. O de las dos cosas. Estamos sentenciados. Hay una epidemia en España que nos llevará a todos por delante el día menos pensado. Dará lo mismo que tomemos medidas preventivas porque esta rabia no se acabará ni aunque muera el perro. Estos perros que andan sueltos por todos los ministerios y otros negociados, estos perros con tarjeta de crédito, estos perros rabiosos que ladran desde el alba hasta el ocaso y nos roban el hueso, se han reproducido en camadas tan numerosas que será imposible acabar con ellos. Hemos llegado tarde y ya no podremos librarnos de la plaga de asco, de incompetencia, de chulería y de ignorancia soberbia que se ha desatado a la vez que el ébola. Ya teníamos fundadas sospechas del desastre, pero viendo estos días el esquema mental que exhiben cada vez que hablan quienes nos gobiernan, su absoluta indigencia profesional, moral y política, el desprecio que sienten por los ciudadanos por muy moribundos que estén, el asco que sentimos ante todo estos tipos y tipas nos confirma que lo peor aún está por llegar.  Nuestras necesidades básicas, las cosas que nos importan, la salud, el futuro, lo más sagrado, lo más esencial, el caldo corto en el que se ha convertido nuestra vida después de hervir a fuego lento en la pota de la crisis, está por completo en manos de una cuadrilla de Ilustres ignorantes, de chulos, de señoritos y señoritas de Serrano premiados con una dirección general, de corruptos moralistas, de gentuza bien vestida que trata a los votantes como trata a los empleados del servicio doméstico de sus casas y cree además que la democracia es una barra americana en la que lo tienen todo pago gracias a la mayoría absoluta que consiguieron mintiendo como tahúres. Moriremos de asco o de ébola o de las dos cosas porque quienes se encargan de evitar la propagación de ambas epidemias son los mismos gobernantes incapaces, despectivos, impertinentes y displicentes que siguen a lo suyo  jaleados y ayudados por la ralea de ciertos periodistas que se arrascan la sarna del alma ante el micrófono antes de ir a misa de doce a pedirle a su dios que acabe de una vez con todos nosotros, ya sea de ébola o de asco. Cualquier peste les vale.

Sálvame

No somos nada. El socialismo se queda sin líderes, sin ideas, sin mitos, sin gobiernos y sin referentes. Sus sumos sacerdotes han sido sorprendidos metiendo la mano en el cepillo. Se empieza teniendo cuenta en el economato del pozu María Luisa y se acaba con un millón y pico de euros sin justificar. Un poema. El socialismo hace aguas mientras algunos de los suyos hacen caja. Fernández Villa, el mecagonminanto más legendario y amenazante de todas las reconversiones, la reserva ideológica del PSOE asturiano, el catecismo con patas que tronaba de Rodiezmo al Pozu Funeres,  revela ahora que tenía las ideas claras en la cuenca minera y el dinero oscuro en el limbo fiscal. Hacienda somos algunos. Los sindicalistas de antes vivían esperando las amnistías generales para salir de la trena por ser rojos, para poder volver casa con la parienta y trabajar en la construcción o haciendo chollos. Algunos sindicalistas de ahora están más pendientes de las amnistías fiscales que de las políticas y de conseguir un puesto de consejero en una caja de ahorros, porque se conoce que han comprendido que si no puedes contra el capitalismo lo que tienes que hacer es unirte a él y hacerlo con la misma unción que antes aprendiste a cantar “la Internacional”. Fernández Villa, patrón de los socialistas asturianos, mano férrea que puso y quitó candidatos, conciencia insobornable de lo que es y no es ser un izquierdista de raza (no se sabe ahora de qué raza), puso en orden su alma ante el Fisco y ante la Historia (pongo ambas con mayúsculas porque les tengo mucho respeto) para regularizar un millón y pico de euros que eran como su versión particular de los fondos mineros. Los socialistas asturianos eran hasta ahora los únicos de España con la cartilla limpia. Los andaluces cargaban con el asunto de los ERES. Ahora ya están todos empatados a chorizadas y lo que habrá que empezar a preguntarse es si el protectorado que Villa proyectaba sobre tantas generaciones de cargos socialistas era solo político o también tenía su parte económica, es decir, si hay más gente por ahí con carné del PSOE y cuentas pendientes con Hacienda. Veremos. Ahora entiendo por que el secretario general del PSOE tiene tanto interés en salir en “Sálvame”. Las historias de algunos de sus compañeros socialistas solo están a la altura de personajes como Isabel Pantoja o Julián Muñoz

Separatistas

Ha perdido el culo el siempre lento Tribunal Constitucional para aprestarse en declarar ilegal el referéndum catalán. Sus señorías, tan apáticas para juzgar los asuntos de la clase de tropa en general, se han dado mucha prisa en sentenciar que lo que proponen Artur Mas y los suyos es separatismo de la peor especie y que el separatismo va contra la Constitución, o sea que se acabó lo que se daba. En este país siempre nos hemos empeñado en estar todos muy juntos para así poder organizar mejor unas guerras civiles del carajo. El separatismo es ilegal y rechazable, al parecer, y si para cortarlo en seco es necesario liarse a tiros estamos dispuestos a ello. Hay precedentes de que si hace falta matar al de al lado para que no se separe del resto se le da matarile y a otra cosa. Así somos. Lo bueno de la democracia es que ahora tenemos un Tribunal Constitucional que lo sentencia todo con enorme diligencia y tiene un ojo de lince tremendo para saber cuando hay separatistas tratando de pasarse de listos. Esos jueces del Constitucional son igual que aquellos viejos directores espirituales que con solo preguntar “¿cuántas veces?” ya se hacían una composición de lugar de como de podrida estaba tu alma y de las penas del infierno que te podrían caer encima. Traducido a lo constitucional, el separatismo es un pecado mortalísimo que atenta contra lo más sagrado de la patria y que debe ser sentenciado con diligencia. Lo que ignoro es si el Tribunal Constitucional sabe que en España hay muchos más separatistas de los que parece y que todos ellos están violando sagrados preceptos de la Constitución. Tenemos a los que viven en total separatismo de un puesto de trabajo decente desde hace años. Luego están los que han sido separados de su subsidio, de una parte de su pensión o de una ayuda a su dependencia. A ver cuando meten caña los jueces a estos y también a esos otros  separatistas que se han ido a vivir a otros países y que en vez de ejercer aquí sus carreras de ingenieros viven en Londres o en Melbourne poniendo copas. Con tal de joder la unidad de España  y el progreso nacional no saben qué hacer. Alerta, señorías: España no es un país, es una patera en la que navegan un montón de separatistas cabreados que cualquier día tratarán de desembarcar sin papeles en Gibraltar para invadir su propio país uno, grande y libre, quitar el trabajo a los españoles de verdad y acabar con nuestro prometedor futuro. Hagan algo ya. Lo de Cataluña solo es el principio.

 

Metaformosis

El mismo día que nos enteramos de cómo una banda de sinvergüenzas se pulía tarjetas de crédito en Bankia, van unos paleontólogos o como se llamen y dicen haber descubierto en la India el parásito social más antiguo de la Humanidad. Tiene 52 millones de años de edad y no es un banquero, es un escarabajo. Su estrategia depredadora consistía en colarse en el nido de otros bichos. Se colocaba allí poniendo cara de buena persona, se arrellanaba en el salón haciéndose pasar por uno de ellos y cuando ya nadie reparaba en él se zampaba todo lo que había en la casa, incluyendo a los hijos de sus inadvertidos anfitriones. Si a este escarabajo conservado en ámbar se le hubiera dado una tarjeta de crédito de Caja Madrid y se le hubiera hecho miembro del consejo de administración, su comportamiento no habría diferido en nada con el de toda esta banda de políticos y sindicalistas que ponían barra libre en los puticlubes y los últimos restaurantes de moda a base de saquear los ahorros de todos los pensionistas. Llegados a cierto punto, la diferencia entre un escarabajo y un consejero de Bankia es solo una tarjeta de crédito. Estas coincidencias vienen a demostrar que los ladrones y los parásitos sociales han existido siempre y que la tarjeta de crédito puede ser considerada como un avance del capitalismo o como una regresión al parasitismo social de hace 52 siglos, todo depende. La función crea el órgano, aunque a veces el órgano (la tarjeta) invita a ejercer la función (robar). De hecho, la historia reciente de Caja Madrid y Bankia ya no va a ser estudiada por economistas sino por especialistas en escarabajos y parásitos sociales del Jurásico  ya que hay noticias que solo se pueden entender si se analizan desde el punto de vista de un insecto especializado en ser depredador de lo ajeno. Una vez más nada es lo que parece. Hay ejecutivos trajeados que viajan en Audi o sindicalistas con aspecto responsable y camisa de cuadros a quienes nadie confundirá a simple vista con un escarabajo. Ahora bien, póngales usted en la mano una tarjeta de crédito “negra” con cargo a lo ajeno y verán cómo se convierten en coleópteros dispuestos al saqueo feroz y sistemático con la misma saña que unos bichos de hace 52 siglos. Franz Kafka pasó a la historia como un tipo raro por escribir un libro contando la metamorfosis de Gregor Samsa, el tipo aquél que despertó una mañana convertido en escarabajo. Lo que escribió Kafka es una broma comparado con lo de Caja Madrid, un edificio que parecía un banco pero que estaba administrado por escarabajos saqueadores.