Atasco

Leído en internet: “Ha muerto un hombre por llevar un vibrador atascado en el recto”. Noticia del día. Son cosas que pasan, como hay gente que muere en Gaza por tener un ejército israelí atascado en su espacio aéreo. A Podemos se le ha atascado Willy Toledo y viceversa. Así de imprevisible es la actualidad del mundo. Se nos atascan cosas, personas, libros, periódicos, aficiones que alguna vez nos metimos por alguno de los orificios de nuestra vida pensando que nos darían muchas satisfacciones y, al final, no dan más que dolores y molestias. Por ejemplo  Gijón tiene metido por el orificio democrático de sus urnas a un gobierno municipal que juega a las casitas con la mayor ciudad de Asturias y que exhibe como único mérito de su presunta gestión un carril bici muy mono que sirve para que la alcaldesa y sus amigos puedan rodar spots publicitarios emulando a María Garralón, Tito y Piraña. Mientras pasea en bicicleta, la señora Moriyón trata de hacernos digerir cómo es posible dar 40.000 euros de ayuda pública a una asociación muy de derechas que nada tiene que ver con esta ciudad y, a la vez, ir a los tribunales para pleitear contra el Ayuntamiento que ella misma preside para dejar sin efecto las ayudas que se dan a las familias desahuciadas de su casa por los bancos. Todo un ejemplo de equidad, justicia y sentido de la ética para ejemplificar un concepto de la política tan coherente como llevar un vibrador metido en el intestino grueso. Este Ayuntamiento estreñido por su propio concepto patrimonial del poder, poder de señorito y basado en ocurrencias o venganzas, es un cuerpo extraño metido en el orto de una ciudad que siempre fue muy suelta, algo anarcoide y con una flora ciudadana más activa que la de los yogures que anuncian las actrices. Sin embargo, Gijón padece desde hace más de tres años un creciente estreñimiento provocado por un gobierno local que tapona cualquier salida digna y una oposición que debería desayunar laxante para empezar a soltarse de una vez y dejar de cagar fuera del tiesto. Nada parece indicar que las cosas vayan a cambiar a corto o medio plazo. Veremos si en 2015 cambiamos de dieta política y sexual o seguimos todos con un cuerpo políticamente extraño metido en el culo.


Fiarse

Si no fuera porque he visto esta mañana el saldo de mi cuenta corriente antes de leer los periódicos  pensaría que Gijón es una ciudad de fábula en la que todo va viento en popa. Hoteles llenos, Feria de Muestras a reventar y un carril bici de ensueño que permite apreciar en toda su densidad los atascos que debemos agradecer al turismo, no afear a la imprevisión de nuestro inútil equipo de gobierno municipal. Y no hablemos de España, un lugar al que la prosperidad ha venido a  quedarse o tal vez a jubilarse como los alemanes de Benidorm. Las noticias que publica mi cajero automático y el de mis amigos, los titulares que se escriben cada mes en nuestras nóminas cada vez tienen menos que ver con los que ofrecen los periódicos, radios y televisiones. Las noticias cotidianas no paran de contradecir a la realidad, aunque puede que todo se deba a nuestra falta de perspectiva y que lo que está pasando es que la realidad no es lo que vemos nosotros sino lo que sale por la tele. Por ejemplo, yo creo que esta es una democracia adulta, con todas las tetas como diría Miguel Ángel Rodríguez, y resulta que vienen los del ‘Hola’ y sacan en portada a todos los Franco que en el mundo quedan veraneando en el Pazo de Meirás. Solo queda reflotar el ‘Azor’ y salir a la pesca de subsaharianos con potera. Los descendientes de Franco se ríen a cámara batiente en la medida que el botox se lo permite, mostrando que la dentadura de la dictadura sigue teniendo piezas suficientes con las que devorar lo que le echen. Y me atoro aún más cuando veo que la madurez solidaria de nuestra sociedad con los enfermos de ELA se manifiesta mediante el lanzamiento de cubos de agua helada. El horror se completa cuando leo que cierto tenorín anuncia que cambiará la letra del himno de Asturias, canción de borrachos que puede acabar siendo adaptada por idiotas con ínfulas de poeta . O me engañan mis ojos, o me engaña todo lo demás. Este es un conflicto que Groucho Marx resolvió con maestría cuando lanzó una pregunta que debemos hacernos cada día ante lo que nos cuentan: ¿de quién va a fiarse usted, de mi o de sus propios ojos? Pues eso.


Veraneos 15

Durante los últimos meses y sin haberla buscado uno ha recibido abundante información acerca de las diez mejores maneras de conseguir abdominales de hierro, la dieta de adelgazamiento infalible que sorprende a los médicos más avezados, los más de cien infalibles trucos de la farmacopea vietnamita para mantener la erección en todo lo alto, además de ofertas de cursos de hebreo online, dossieres con las claves secretas de cómo Podemos nos pasará a todos por la piedra, las mejores recetas del arroz con chirlas, además de vídeos de perritos listos, gatitos tiernos, caballos aspirantes al premio Nobel, así como completa y detallada narración de vacaciones familiares explicadas a través de fotografías de pies, paellas, desayunos continentales, sardinas a la plancha y, desde luego, cachopos de tamaños variables. El cachopo es la unidad de medida del ocio y la gastronomía de la misma manera que el “like” es la medida del talento, la fama o la consistencia intelectual de cualquier frase, declaración o fotografía colocada en Internet para ser sometidas al público escrutinio. Seguir la corriente como un borrego se denomina “tendencia” y ser “trending topic” aunque sea durante una mañana tiene más valor que haberse sacado el graduado escolar. Me he enterado sin estar interesado en ello de las cosas que hacen, comen, beben o piensan ciudadanos a los que posiblemente nunca conozca y que no tienen interés ninguno en conocerme a mí. Internet ha arrojado sobre mí citas poéticas de calidad variable, diatribas contra el gobierno, los bancos, las corridas de toros y otras alimañas, escritas todas de principio a fin con letras mayúsculas, y también he visto solemnes declaraciones sobre asuntos de gran calado social (los fichajes del Barcelona o del Madrid, pongo por caso) cuajados de campanudas faltas de ortografía. Por si fuera poco, tras morir Lauren Bacall el glamour en parejas famosas lo ostentan oficialmente Bigote Arrocet y María Teresa Campos. “Si me necesitas di Mairucha, cha, cha”, dicen que le dijo él a ella. Hay veranos en los que el espacio vacío que deja la muerte de los mitos es ocupado sin remedio por personajes de vulgaridad deprimente y el ordenador no es más que una bola de cristal que solo ofrece respuestas a las preguntas que uno no se plantea.

 


Veraneos 14

Alaska canta el Cara al Sol con la silicona nueva en toda la Escalerona acompañada por Lina Morgan, Carlos Rubiera y los de la cabra. Es la Semana Grande y el espectáculo debe continuar a ritmo del ébola que es la canción del verano. Llegan de Andorra unos gaiteros con barretina que llevan los maletines de Jordi Pujol. El Yoda sodomiza a España subido a un taburete mientras grita Más y Más. Donald Draper me ofrece un culín de sidra que va escanciado mientras cae con suma elegancia desde el ático del Bankunion Building por cuya fachada, a la sazón, asciende el Sporting de segunda división a primera depresión. Le siguen hordas de inmigrantes que trepan desde Melilla para conocer a Fátima Báñez y los milagros que hace con la Virgen del Rocío. Se suma al exorcismo el arzobispo de Oviedo que dona un riñón a la Virgen de Begoña con motivo de las fiestas patronales. Lo hace a riesgo de padecer la venganza de la Santina que siente unos celos pequeñinos y galanos mientras, despechada, aprende a cantar tangos papales con letra de Rouco Varela y Homero Manzi. Los arzobispos siempre hacen sus cálculos, aunque sean renales, y las vírgenes están ahí para aguantar lo que sea: bodas de luto, ofrendas florales, forales o foristas y bautizos con champán. Jovellanos se bajó de la peana el 6 de agosto por ser alérgico a las coronas y pasea en albornoz por el Muro pidiendo un polígrafo y un bolígrafo, buscando un digno e ilustrado sucesor y pillando sitio de preferencia para ver los fuegos. Pablo Iglesias se suelta la coleta y se convierte en Mario Vaquerizo y ríe como una hiena analfabeta al tiempo que  devora los despojos de los toros tullidos y descabellados del Bibio. Los toros mansos se suicidan a la vez que Robin Williams y se largan haciendo una peineta al respetable. “Si no aguantan bromas que se vayan del mundo”, declara Ruiz Gallardón apartando los muertos no nasciturus de la semana mientras se coloca la mantilla española bajo la que esconde a su hijo borracho. Se dice que el presidente silente, Javier Fernández, ha participado en el descenso del Sella de incógnito. Lo ha hecho buceando para acallar las voces de esos que dicen que aún no ha hecho nada digno de mención. “Llevo tres años aguantando la respiración. Ahora verán de lo que soy capaz”, declaró Fernández a un grupo de periodistas sordomudos que tomaban nota en cuadernos sin papel con bolígrafos sin tinta. Todos ellos son mancos. Se abre la puerta del ascensor y aparecen Jorge Javier y una ex novia de Paquirrín que me dicen “llevas la bragueta abierta”. Despierto con taquicardia bañado en sudor frío. Las siestas de verano son muy peligrosas.

 


Verano 13

Si en la calle aparecían un par de coches con matrícula de Madrid es que el verano ya había llegado de verdad. Los madrileños eran los seres más exóticos a los que él podía tener acceso en unos tiempos en los que el turismo internacional era cosa de las películas de Alfredo Landa. En una ciudad pequeña como la suya los únicos coches con matrícula francesa o alemana que se veían durante el verano eran de emigrantes que se buscaban la vida en aquel lugar tan lejano y misterioso que se llamaba Europa, pero no eran europeos de verdad, de los que hablaban en idiomas raros. Así que los coches con matrícula de Madrid que cada verano llegaban al barrio eran el toque cosmopolita de aquellos largos veranos de playa por las mañanas y jugar en la calle por la tarde. Y esos coches fueron aún una imagen mucho más excitante desde que de uno de ellos se bajó Charo. Era una adolescente morena, sobrina madrileña de uno de sus vecinos, tres o cuatro años mayor que él y poseedora de una explosiva belleza dentro de los cánones de lo que aún en esa época se llamaba “mujer española”. Aquellos años de diferencia hacían que él fuera un niño y Charo una mujer que, pese a ello, le saludaba cariñosamente cada mañana cuando se iba a la playa con su familia de Vallecas. Cada “buenos días” de Charo hacía que le temblaran las piernas y ese efecto desestabilizador fue aún más grande desde aquel día que se la encontró a la orilla del mar, perfectamente bronceada dentro un bikini mojado por el que merecería la pena ir de cabeza al infierno. Charo volvía cada verano al barrio un poco más guapa y un poco más inaccesible para él. Seguía saludándole con un cariño algo condescendiente hasta que en uno de aquellos veraneos, el último, apareció acompañada por su novio, un tipo con pinta de macarra o encargado de unos coches de choque. Años después tuvo noticias de que se habían casado de penalty. Tal vez Charo fue eso tan cursi del primer amor. Ahora andará por los sesenta años y no hay verano que no la recuerde saliendo de un R-8 matrícula de Madrid.


Veraneos 12

Casi nadie se había dado cuenta de que durante aquel verano el mundo había regresado a la Edad Media. Se veía todo en Facebook, era trending topic y había varios hashtag diarios que lo anunciaban a los cuatro vientos, pero nadie parecía reparar en el verdadero sentido de todo aquello. Los buenos criminales saben que para la prueba del delito sea invisible a cualquier observador no hay mejor cosa que dejarla a la vista de todos, entre los objetos cotidianos, así pasará inadvertida aunque su presencia sea clamorosa. Por eso la gente presenció sin inmutarse en sus teléfonos, sus ordenadores y en los telediarios cada uno de los detalles del regreso a la Edad Media, sin que a nadie le pareciera extraño, ya que los telediarios e internet gozaban aún de bastante consideración.  Las cruzadas volvieron a estallar en Oriente con el mismo furor sangriento que en los tiempos de Saladino y Ricardo Corazón de León, aunque revestidas de un esplendor tecnológico deslumbrante y una pátina de justificaciones morales y políticas muy elaboradas. Las televisiones transmitieron en directo las masacres en los Santos Lugares y las fotos de niños degollados por los cruzados de la cristiandad y sus nuevos amigos sionistas. Como ya ocurrió hace diez siglos aquella guerra medieval y desproporcionada compartió actualidad con la expansión de una moderna peste negra y descontrolada llamada Ébola que, como siempre, mató a los más débiles y blindó aún más las murallas de las ciudades gobernadas por caciques que guardaban dinero en agujeros secretos, robaban a sus súbditos y ejercían el poder de forma hereditaria mientras presumían de ser unos demócratas de toda la vida. Los albergues de caridad se llenaban a diario, los pobres dormían en los bancos, pero los especuladores bancarios seguían viviendo de la antigua usura. Los reyes seguían teniendo bastardos y amantes, además de organizar cacerías para reforzar sus negocios. En las plazas de toros se celebraba la carnicería subvencionada de cada verano y el olor a podrido salía de las alcantarillas cada mañana con un poco más de intensidad. Sólo unos pocos elegidos huyeron ese verano de aquel mundo espeso y maloliente. Fue en el teatro Colón de Buenos Aires oyendo tocar el piano a Martha Argerich y Daniel Barenboim.


Veraneos 11

Buscando el ocio veraniego y el aire acondicionado del cine soportó muy tardíamente el visionado de “Ocho apellidos vascos”, un bodrio con pretensiones sociológicas muy jaleado por el buenrollismo mediático nacional tan dispuesto a tapar las vergüenzas a Rajoy y Botín como a defender cualquier mierda como producto señero de la presunta #marcaEspaña. Tratando de darle otra oportunidad al segundo vicio solitario que más le gustaba, aprovechó las reposiciones veraniegas para ver “Noé”, inducido seguramente por una deficiente formación religioso-cinematográfica conformada a partes desiguales por películas tan dispares como “Ben-Hur” o “La aventura del Poseidón”. “Noé” era, en efecto, una mezcla bastarda de “Los Diez Mandamientos”, “El coloso en Llamas” y “Transformers”, o sea un pastiche audiovisual en el que a Russell Crowe solo le falta acabar abriendo un hotel rural con bodega propia, ambiente hippie, menú vegano y nombre pacifista en el monte Ararat, el sitio en el que, al parecer, varó el arca (de Noé, claro) con su zoológico portátil a bordo cuando escampó. Así que nada de cine. Es obligatorio el aire libre. Venga veranito, solecito, terracita, no seas ranciu chaval. Pero para quienes deciden que las playas serían maravillosas en caso de estar asfaltadas y vacías, el verano es una época dura para pasarla en una ciudad costera de provincias. Los turistas están muy bien para que los políticos hagan estadísticas y los hosteleros hagan caja, pero él formaba parte de quienes no soportaban la invasión y “postalización” veraniega de cualquier calle de su pueblo, y mucho menos formar parte de las exhibiciones en las terrazas vespertinas de pantorrilas y escotes requemados por sesiones de bronceado a tres turnos. Imposible tomar vinos donde el resto del año sin riesgo de ser pisoteado por el público o ninguneado por el camarero  No digamos nada de darse una vuelta por la Feria de Muestras sorteando comitivas de airadas autoridades, capitanes de la industria regional con cara de galleta revenida y fotógrafos que sudan la misma foto que el año pasado. Tal vez por todo esto cada mes de agosto sentía una extraña nostalgia del otoño, del frío y de las calles mojadas. En fin, un tipo raro.

 


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