Cine

Va a resultar al final que el turbio Mariano Rajoy es un tío fino como pocos. Fíjense. Hoy se cumple el 75º aniversario del estreno de “Lo que el viento se llevó”, ese enorme culebrón que ha dejado personajes y frases impagables en la historia del cine. Una de las más recordadas y reconocibles es esa en la que Escarlata O’Hara clama al cielo y dice “¡juro por Dios que nunca más volveré a pasar hambre!” Y ¿qué tienen que ver Mariano Rajoy y Escarlata?, se preguntarán ustedes. Pues mucho desde hoy, ya que Mariano ha elegido tan notable fecha de la historia del cine para el estreno mundial en todos los telediarios de su paga navideña de caridad para los parados de larga duración. Son nada más y nada menos que 426 euros al mes durante seis meses, una cantidad económica y un periodo de cobertura  que, sin duda, permitirán a muchos parados y paradas mirar al ocaso con el cheque en la mano de euros 426, los ojos arrasados en lágrimas de gratitud y exclamar “¡juro por Dios que nunca más volveré a pasar hambre!” No me digan que no lo están viendo sobre la marcha. Miles y miles de personas con la promesa de ese pastizal dispuestos ya a pagar el primer plazo de una barra de pan o a llevar la ganzúa al ferretero para poder seguir manteniendo a la familia a base de forzar la puerta de los gallineros.

De bagaje cultural de Mariano conocíamos solo su afición por el fútbol pero desconocíamos que tuviera una cultura cinematográfica tan enciclopédica y atinada, capaz de usar la efemérides fílmica más redonda del día para poner en las pantallas de la fanfarria periodística y la infamia económica y política una de sus superproducciones marianas que, aunque sea una burda reposición con cortes en el metraje y arañazos en los fotogramas, vuelve a presentarse con honores de estreno ante el pasmo de muchos, la indignación de más y el aplauso de los majaderos de siempre. Es ingenioso el presidente porque trata de presentar como cine de autor con exquisita sensibilidad lo que no pasa de ser una españolada más que si viviera Berlanga convertiría en una magnífica segunda parte de su amarga e inconmensurable “Plácido”, aquella del motocarro y los que ponían un pobre a su mesa en Navidad.

La filmografía política de Mariano Rajoy empieza a parecerse cada vez más a la de Mariano Ozores, aunque sin la capacidad de esta última para hacernos soltar alguna carcajada perdida. Mariano no pasa de ser un productor chapucero de espaguetis-leyes con las que pretende aguantar en la Moncloa más que Rhett Butler jugando al póquer en una casa de putas de Nueva Orleans.

Para darle ideas a Mariano le sugiero que presente el próximo programa electoral del PP coincidiendo con el aniversario del estreno de “El Padrino” ya que sus ofertas son de las que no se pueden rechazar, como las de don Corleone.

Regalitos

Se nota que se acercan las navidades. Rajoy se levantó rumboso el jueves y nos regaló nada menos que el fin de la crisis, así, sin pedírselo a los Reyes Magos ni nada, con dos cojones, como si fuera aquel Scalextric que pedíamos durante años y que una buena mañana del 6 de enero aparecía bajo el árbol por sorpresa. A Mariano le das un micrófono y un atril y te monta un final de crisis de todo a cien porque en el fondo es un blando. Nosotros le teníamos por un cruel míster Scrooge y resulta que es más tierno que Gracita Morales.  Este Gobierno no solo es capaz de retorcer la historia hasta convertir el presente en un presunto futuro y el pasado en un borrón, sino que además acaba de echar por tierra uno de nuestros tabúes ancestrales: los Reyes Magos no son los padres, son los ministros del PP. Solo alguien como ellos es capaz de terminar con la crisis en una tarde y de colocar ese hermoso paquete de regalo bajo nuestro árbol de Navidad, o como presente al niño Jesús en el portal de la transparencia. Esto sí que es eficiencia.

Nosotros los malos, los que nos regodeamos con las desgracias de España, nos empeñamos en ver gente parada, famélica y desahuciada. Miren que ejemplo navideño nos ha dado el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, qué regalo ha hecho a las familias madrileñas al negarse a abrir en vacaciones los comedores escolares. El presidente está evitando la obesidad mórbida de estos chicos, uno de los grandes problemas de esas familias a las que se corta la luz o se deja sin casa. Sin comedores, sin luz y sin hogar, esos niños serán los más delgados del barrio, unos chavales con suerte y un físico portentoso gracias a los desvelos del PP.

Y no hablemos ya del regalazo que prepara el ministro del Interior para estas fechas: inmigrantes de segunda mano para llenar de productos mediterráneos los países nórdicos. Inmigrantes en caliente, recién deportados con sus crías y todo. Qué detalle el de este señor a quien injustamente se le acusa de ser un viejo putero reconvertido a la mística del cofrade machadiano. Quien dijo eso no supo ver la exquisita sensibilidad de Jorge Fernández Díaz que, emulando a las damas de la caridad que recolectan juguetes usados para mandar a los pobres, él recoge senegaleses de segunda o tercera mano para mandarlos al polo Norte, cerca de donde vive Papá Noel . En Noruega, Suecia y Dinamarca los papás se frotan las manos porque al fin podrán regalar a sus hijas un subsahariano de carne hueso, con sus cicatrices de la valla de Melilla y todo lo demás. Como siempre, España es la reserva espiritual del mundo.

Solo falta saber ahora si en el lote de presentes que nos reserva Fernández Díaz se incluye un antidisturbios personalizado para cada español. No podremos hacernos selfies con él junto al árbol porque ello nos costará llevarnos una camada de hostias o pagar una multa de 30.000 euros. Qué Navidad tan excitante.

 

Portales

Ayer me asomé al Portal de la Transparencia del Gobierno y ví dentro de él el alma de Rajoy. Me dió repelús encontrarme con esa visión, pero después pensé que la cosa tiene sentido porque este nuevo engendro administrativo es producto del alma de quien lleva más de tres años gobernando a base de mentiras completas, medias verdades, frases sin acabar y la lectura minuciosa del Marca como todo soporte intelectual. El Portal de la Transparencia es un invento que se ha sacado de la manga uno de los gobiernos más corruptos de nuestra historia para hacernos creer, a un año escaso de las elecciones autonómicas, que este es un país parecido a Noruega o Suecia donde un ministro dimite por no recoger la caca de su perro en una acera o por copiar en los exámenes. Para que no se vea la mierda que tienen entre las uñas este gobierno, este PP y algunos otros que le rondan Rajoy, su vicepresidenta la menina y otros asesores aúlicos han ideado esta manicura populista (cuidado con los populismos, le dicen a Pablo Iglesias todos estos) que traza de embellecer las zarpas de una Administración que bendice  sueldos de menos de 600 euros y ha dejado en el paro a millones de personas.

El portal de transparencia es un producto más del alma cínica del Rajoy, como lo es sacarse ahora de la manga un cheque bebé (tildado de despilfarro cuando lo hacía ZP) o unas ayudas a los parados de larga duración que fueron rechazadas cuando hace unos meses las solicitaron los partidos de la oposición. El portalón de Rajoy es otra añagaza más con que se trata de crear el espejismo de una democracia perfecta. Trampa. ¿De qué me vale a mi saber que el presidente de la SEPI (antiguo INI) gana más de 200.000 euros al año? Lo han hecho público ¿y qué? ¿Vamos a poder conseguir  que ese sueldo sea rebajado a la mitad o a la cuarta parte? No. En la proclamación del rey Felipe VI se gastaron 66.000 euros en canapés que, entre otros, sirvieron para agasajar a Mariló Montero y el caradura del tan jaleado Nicolasete, el espía de Montaplex (referencia viejuna para la los de mi generación). ¿Van a devolvernos el dinero? ¿Nos mandarán las sobras a casa para la cena de Nochebuena? Tampoco.

El portal de la transparencia es en realidad la cueva de Ali Babá presentada como el portal de Belén. Los ladrones se disfrazarán de pastorcillos melancólicos y humildes mientras que Cospedal y Montoro, los ángeles exterminadores, pasarán unos meses hacièndo de arcángeles que anuncian la buena nueva, y los presidentes del Santander, el BBVA y Bankia harán de reyes magos que agradecerán las atenciones recibidas en estos años llevando sus presentes al Portal.

El portal de la transparencia es un añadido más a la tragicomedia española cuando están a punto de liquidar al juez Ruz, el que tiene las llaves de ese otro portal que tratan de fregar a toda  prisa la Cospedal y los suyos para nunca sepamos qué se hizo en el PP con los sueldos cobrados en negro, o la caja “B” que sufragó las obras de su sede de Madrid y algunas otras. Cuando me enseñen quien vivía en el portal de esa casa de citas, quien era el presidente de la comunidad de vecinos y el portero del inmueble, creeré entonces que hay alguna esperanza para la transparencia real, la que pedimos los de esta parte la calle, los del portal de enfrente.

Vicente Díez Faixat: arquitectura personal

Foto de Marco Antonio Fernández Fonseca

Foto de Marco Antonio Fernández Fonseca

Vicente y Covadonga eran una exótica y amorosa pareja que paseaba por Gijón con una niña india llamada Agnes (su procedencia y el nombre lo supe muchos años después). Sabíamos que Vicente era arquitecto y que era hermano de aquél enigmático barbudo que paseaba el Muro de San Lorenzo cuatro veces al día. Llevaba ya entonces una barba que podría ser de progre al uso en aquellos tiempos, nada fuera de lo normal salvo su mirada apacible. Pero Covadonga era la belleza y el misterio a partes iguales con su piel siempre morena, su pelo intensamente negro recogido en una trenza y una forma de mirar el mundo tan apacible y acogedora como la de su pareja. Todo en ellos era diferente, aunque en ellos se notaba un afán por pasar inadvertidos. Sencillamente eran así.

La simple aparición de aquel peculiar trío en el mundo pequeño y rectilíneo del Gijón de hace más de treinta años, excitaba mucho nuestra imaginación de chavaletes y nos llevaba a mantener acaloradas discusiones acerca de si Covadonga (entonces tampoco sabíamos cómo se llamaba) eran una genuina india de las praderas americanas. En eso estábamos más o menos de acuerdo, aunque se discrepaba sobre si su procedencia era apache, comanche o pawnee. Habíamos visto muchas películas, Covadonga es de Gijón.

La suerte y la vida me han llevado a seguir cruzando mis pasos con los de Vicente Díez Faixat en muchas ocasiones: cuando dimitió por coherencia personal del único cargo público que tuvo; cuando se fue a Sarajevo con una caravana solidaria; cuando no tuvo pelos en la lengua para hablar de los desastres urbanísticos que se perpetraban en este Gijón o cuando empezó a apadrinar proyectos solidarios en medio de África. De él he aprendido que la arquitectura entendida como una disciplina completa es la que ejercen individuos que, como él, construyen a la vez su propia persona y los edificios que diseñan. Vicente se ha construido y se sigue construyendo a sí mismo con una mezcla de tozudez ideológica en la defensa de sus principios que no le impide ejercitar una inmensa capacidad de diálogo, de integración, de integridad, de dar guerra sin renunciar a hacerlo en paz, de discrepar sin quitar la palabra al otro y de seguir mirando el mundo con la mezcla justa de desasosiego y esperanza, de paciencia y de urgencia.

Vicente es un buen hombre en el sentido más machadiano de la palabra bueno. Lo años han ido acentuando físicamente los signos de la bondad con la que ha construído su vida. La última vez que hablamos le dije que cada vez se parecía más a esos maestros de filosofía oriental dotados de un poder irresistible para convencer con la mirada y enseñar con la propia vida. Él cree que exagero. Sus amigos dispersos en en lugares tan lejanos como México, Senegal o Japón hablan sin palabras de los cimientos de humanidad, solidaridad y universalidad sobre los que se ha ido edificando este hombre sabio, inteligente, agudo y comprometido con los más vulnerables. Su mirada sigue teniendo la misma limpieza y calidez que la que tenía cuando su hija mayor era un bebé recién adoptado. Sus palabras se pronuncian con la contundencia de quien está convencido de que solo la verdad nos hará libres, pero pronunciadas con la sencillez de quien se reivindica a sí mismo como uno más. Vicente sigue construyendo su familia, su persona y el mundo que le rodea desde la rebeldía del hombre maduro que pudo haberse quedado en ser un niño bien, un arquitecto más en medio de un mundo en ruinas que, sin embargo, él sigue queriendo rehacer con sus manos y las de quienes quieren parecerse en algo a las personas que, como Vicente, hacen que el mundo sea a veces un salón de estar acogedor en vez de un campo de refugiados.

Que sea por muchos años.

Descanso

La resurrección de los muertos, como casi todo, está privatizada.  Ha quedado en manos de las empresas de telefonía móvil y de los despachos de abogados. Mi hermana murió hace  más de año y medio, pero France Telecom sigue empeñada en darla por revivida y enviar a su casa, la casa de mi madre anciana y desencajada al abrir esta macabra misiva, una carta en términos cada vez más amenazantes para que la difunta pague una deuda pendiente de 54 euros. Un despacho de abogados de nombre muy largo amenaza de forma expeditiva con obligar a la muerta a pagar costas judiciales, multas y recargos, amén de pasar a formar parte de listas de morosos. Habla con ella o de ella con la misma soltura y rigor que si estuviese viva y recibiera esas cartas llenas de prosa administrativa y amedrentadora.

Mi hermana ha muerto, pero desde France Telecom no se dan por enterados a pesar de que uno imagina que esas informaciones sobre el estado vital de cualquier difunto son de dominio público y sabe que tan amables representantes de la ley ya han sido advertidos en ocasiones anteriores de que el ser a quien se envía la reclamación ya no existe. A ellos les da igual. Los muertos no lo son del todo hasta que han dejado saldadas sus deudas con los vivos. Nuestra única herencia a la posteridad son los impagados y el ansia con que los buscadores de carroña siguen hurgando en nuestros restos mortales. La vida te lo ha quitado todo, pero tu compañía telefónica es incapaz de perdonarte 54 euros, de aprobar una quita post mortem de tus deudas. El presunto Dios que todo lo perdona habrá hecho borrón con lo tuyo, hermana, pero France Telecom es más que Dios. No perdona nunca nuestras deudas.

Así que en medio de este puente absurdo, desangelado y frío, de este puente que sirve a la golfa y repetida Navidad para empezar a enseñar sus muslos flácidos de espumillón y sus tetas de mazapán revenido, llega al buzón la carta gélida e impersonal dirigida a un ser que ya no existe y cuya muerte cambió para siempre nuestras vidas. Quedamos aquí cargando con el peso de su memoria dramática, con las circunstancias de su desaparición, con los alfileres que cada recuerdo clava en nuestra cabeza tantas veces torturada por su muerte. Vivimos cada día como podemos y hasta llegamos a creer que el duelo va pasando sus plazos obligados para permitirnos algún alivio parcial. Pero no es así. La carta de la multinacional telefónica es un mensaje que llega desde la versión administrativa y digital del purgatorio al que van las almas de aquellos que murieron sin pagar su último recibo del teléfono que sonó por última vez cuando ellos ya estaban fuera de cobertura para siempre. A día de hoy la muerte ya no garantiza el descanso eterno.

Estados fallidos

Los politólogos y comentaristas de la actualidad hablan de “estados fallidos” para referirse a esos países africanos situados en los confines de la miseria y en los que cualquier poder civil o administración pública es inexistente y los ciudadanos quedan abandonados a su suerte. No hay mimbres. Gobiernan allí clanes mafiosos, bandas de delincuentes, hordas de bandoleros y personajes sin escrúpulos que se dedican básicamente a enriquecerse y enriquecer a sus amigos, jefes o vasallos a cambio de su servidumbre o del poder. No importa quien caiga por el camino ni las tropelías que haya que cometer para conseguir el botín. El pillaje es la filosofía de vida, la supervivencia del fuerte es la estrategia y el avasallamiento constante es la táctica.

Desde Europa es fácil y entretenido crear categorías para divertir tertulianos,  instaurar teorías políticas de salón y diagnosticar sobre el caos que viven esos países de cabreros, piratas famélicos que asaltan mercantes en balsas de goma y toman rehenes a decenas armados con un Kalashnikov de segunda mano. Se sentencia que esos son estados fallidos desde estos estados de aquí en los que, por ejemplo,  la decisión de una opulenta compañía eléctrica y la racanería de una multinacional especuladora son suficientes para cerrar una fábrica como Alcoa y mandar a la calle a 600 familias. El muy sólido Estado español se lava las manos. Nada puede ni quiere hacer el insípido, atildado y espeso ministro Soria, imitador de Aznar, gran protector de los piratas de la flota de Repsol y amigo de muchos de los honorables miembros de los consejos de administración de las muy sobradas empresas eléctricas españolas. Nada puede hacer el gobiernín asturiano, una pulga en el culo de un elefante. Nada puede hacer ninguno de todos estos capitanes de la patria porque hace tiempo que ha quedado claro que ni gobiernos, ni parlamentos, ni jueces, ni fiscales, ni sindicatos pueden darle la vuelta a la decisión del mercado, a la dictadura de la “competitividad” sin paliativos.

Los piratas de esta parte del mundo no son desarrapados adoradores de Alá. Son tipos con tres o cuatro papadas que manejan flotas de barcos, consejos de ministros y unos teléfonos móviles en cuyas memorias están almacenados los números justos a los que hay que llamar para que todo siga en su sitio. De manera que toda España y media Europa son estados tan fallidos como Somalia o Eritrea. La única diferencia es que los piratas de aquí van mejor vestidos y no actúan por hambre.

El ébola comenzó a ser alarmante cuando se contagiaron los europeos. Los estados fallidos son otra epidemia presuntamente africana que igual nos ha infectado ya sin remedio. El Cuerno de África limita con España.

Fútbol

Si el domingo hubiesen llegado a Madrid unos autocares cargados de manifestantes pro aborto, anti recortes o pensionistas yayoflautas, la muy eficiente delegada del Gobierno habría desplegado miles de policías para evitar que estas peligrosas personas alterasen la ingesta del vermú o la salida de misa de doce a la buena gente de adora a Ana Botella. Y al que se mueva, toletazo y a comisaría. Pero como lo que llegaron a la capital fueron solo un par de autocares cargados de ultras borrachos y de doblete que viajaron 500 kilómetros con la única intención de darse de hostias con barras de hierro, cadenas y otras herramientas, la delegada y los de la Liga de Fútbol pensaron que ello no era motivo de alarma.  El resultado fue un muerto apaleado y tirado al río, un proceso de eliminación de las personas físicas que recuerda a los empleados por la mafia de Chicago en los años veinte.

Al parecer, el Estado que dirige nuestros destinos tiene mucho miedo a quienes se manifiestan por las calles en demanda de derechos, justicia, decencia y estas cosas, pero sigue confiando en que el fútbol y su mundo son inocentes entretenimientos, y que esos muchachos que se ponen  de alcohol hasta las cejas y se matan a palos cometen locuras de juventud que se curarán con la edad o con la muerte prematura. Y que me perdonen los muchos aficionados sensatos, templados y normales que siguen saboreando un buen partido con buenas jugadas y estrategias, pero cada día me afianzo más en la idea de que el fútbol no solo corona y hace millonarios a musculosos ídolos medio analfabetos, sino que además consigue insólitos beneficios fiscales y de la Seguridad Social, sirve de plataforma privilegiada para traficar negocios e influencias, convierte en ilustrados babayos a periodistas de medio pelo y prohija tertulias en las que se entra de lleno en los límites de la zafiedad más burda, el machismo más casposo y la violencia verbal más propia de un bar de carretera que de un medio de comunicación (descontadas las presuntas “tertulias políticas” tan en boga). El fútbol sigue teniendo la sartén por el mango porque, además de ser un enorme negocio para algunos, cumple el mismo servicio que hace cuarenta años: idiotizar al que se deje. Sin ir más lejos Mariano Rajoy ha llegado a ser presidente del Gobierno con un bagaje intelectual del que tan solo sobresale su afición al fútbol. Al parecer eso humaniza al estadista y permite que se le perdonen otros pecados.

 De manera que el muerto del domingo en una reyerta entre bandas de  “ultras” tendrá en breve la consideración de accidente o daño colateral, nada que ver con este noble deporte que excita el patriotismo de los pueblos de España y sigue siendo el cemento que garantiza nuestra unidad nacional. La policía tiene cosas más importantes que vigilar en las calles. Al fin y al cabo, el fútbol es garantía del orden social..

Niños sin cinturón

Hay niños que están más seguros viajando en un coche a doscientos kilómetros por hora que siendo pasajeros de la vida de sus padres. Hay parejas muy responsables al volante, obsesionadas con ponerle el cinturón de seguridad a los niños para ir a la esquina y que, sin embargo, les obligan a viajar en el asiento de atrás de sus vidas de parejas descontroladas sin tener en cuenta que los hijos son seres frágiles, de poco peso, aún sin hacer,que no tienen  recambio y a los que un mal golpe puede matar en un minuto. Hay padres que conducen mejor el coche que la propia vida, que van viviendo mientras pisan a fondo, sin mirar nunca por el retrovisor a ver si los más pequeños se marean, vomitan, se cansan o se dan golpes contra la carrocería cada vez que la pareja empieza a dar volantazos, a frenar en seco, a darse voces sin mirar a la carretera, sin atender a los límites, a circular por terrenos peligrosos en los que las posibilidades de un vuelco mortal son muy altas.

 Uno no debería llevar pasajeros en su vida si no está dispuesto a asumir la responsabilidad de su cuidado. Ellos y ellas deberían renunciar a la tentación de tomar como rehenes a los viajeros que han tenido la desgracia de subirse a ese taxi maldito, a ese transporte que iba a ser de largo recorrido y que ya no pasa de cercanías porque anda de milagro, con las ruedas gastadas, el motor gripado y al mando de un chófer enloquecido.

El carné de padre o madre, el de ser humano en general, se saca con demasiada facilidad. No hay examen teórico ni práctico. Cuatro generalidades sentimentales, cuatro fotos de boda y a correr, y a parir, y a pensar que los niños son bichones malteses o loritos para enseñar a las visitas, y locos bajitos que joden solo con la pelota. Y entonces, cuando el coche se cala y la vida se queda sin gasolina y el amor deja arena en la garganta y el gatillazo deja paso al gatillo, esos enanos cobran la forma de paquetes pesados, de fardos que estorban, de piezas del ajedrez legal que sustituye a la pasión, de objetivos estratégicos en la guerra a muerte del divorcio, de daños colaterales que lo mismo caen víctima del llamado fuego amigo.

 Y entonces hay algunos que convierten a esos niños en la maleza que ha dado la mala cosecha de su matrimonio y los meten en el maletero de su vida con la idea de hacerlos desaparecer en cualquier descampado, como un mal recuerdo. Y esos niños se convierten entonces en la última bala, en la mina antipersonal con la quieren matar a esa que dejó de quererles, al que se fugó con la vecina, a la que se hartó de palos y gritos y cortó por lo sano ante el juez.

 Ayer mismo un padre mató a garrotazos a sus dos hijas. Seguro que jamás las habría dejado ir en el coche sin cinturón de seguridad.

España: instrucciones de uso

1. Para transitar por este país sin romperse la crisma, sin ahogarse en arenas movedizas, sin sufrir un derrame cerebral con el boletín informativo del desayuno, hace falta tener extremo cuidado, por ejemplo, para no ser arrollado al paso del cortejo de la duquesa cadáver grande de la España cadáver, rentista y especuladora cuyo único mérito consistió en ser millonaria por debajo de sus ambiciones y por encima de nuestras posibilidades y que redondeó su vida  con un inefable amor por toros y toreros, por los palacios libres de IBI, por coleccionar cuadros de Goya y maridos extremadamente raros. Lo que para cualquiera de los pequeños de España hubiera sido una vejez ridícula, ver a su madre con la baba colgando, peinada como un caniche y hablando como una muñeca de feria, para los telediarios ha sido el ejemplo de rebeldía con pedigrí. Tenga mucho cuidado con la nobleza.

2. Si usted no ha aún caído de bruces contra el suelo del patio del solar hispano al paso de la comitiva fúnebre de la duquesa heterodoxa, cuídese de no tropezar con un obispo tumbado en el suelo que así, haciendo de felpudo del Altísimo, pide perdón por sus colegas que hacían cosa feas en la trastienda de la catequesis. El obispo muerde el suelo consagrado en penitencia-espectáculo por los curas que hacían morder almohadas a ciertos jóvenes que lo mismo creían mirar la eternidad pero no pasaban de ser puestos mirando a Cuenca, según la más vulgar de las acepciones de esta indicación geográfica. Cuidado con los obispos postrados.

3. Si ha sorteado al prelado yacente y penitente en decúbito prono y pudo esquivar el túmulo de la duquesa incorrupta, ojo si se cruza con la comitiva penitenciaria que se lleva al trullo a la cantaora que blanqueaba sentimientos y capitales al compás de Quintero, León y Julián Muñoz. Ojo porque tras el furgón de los galeotes, los motoristas y la Benemérita van cuadrillas de periodistas, fans desdentadas y presos en tercer grado que piden el voluntario ingreso en prisión, que reniegan del indulto con tal de compartir patio, ducha común y escudilla carcelaria con este prístino ejemplo de la bosta cultural ibérica. Y ojo también a su hijo Paquirrín, ese inclasificable artista y mamífero, que ha proclamado sentir asco por España. Coño, igual que Albert Plá. Los extremos se tocan.

4. Sólo una instrucción más para sobrevivir en España. Matricúlese en la academia del pequeño Nicolás, esa especie de ninot indultat, con ojos de besugo y discurso de pequeño lord de la calle de Serrano. Este si que sabe lo que hay que hacer para entender España, para sacarle el tuétano y, encima, para que te den palmaditas en la espalda como si fueras un ajedrecista o un genio precoz en vez de un estafador aventajado de esta España llena de trampas y tramposos que acechan en cada alcantarilla a medio cerrar. Mucho cuidado.

Brandy, de gran reserva

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Quisiera brindar por Brandy, por Florencio Díaz Brandy. Brindo por este bigardo de buena planta, alto como los húsares de la reina, como los antiguos y galanes guardias municipales de Gijón que, vestidos de azul marino o blanco nuclear, hacían suspirar a propies y foriates porque siempre tenían para ellas una buena palabra, un guiño, un cantarín por lo bajo, un chiste picante sin llegar a verde. Levanto mi copa llena de palabras porque ya ni para vino nos queda, para desear salud y largos años a uno de los pocos seres vivos capaz de reírse de la vida, de la muerte, de las desgracias, de las gracias, del Sporting y del Madrid, de la tragedia cómica que es la vida.

Brindo por la generosidad sin límites de Brandy de la que sus amigos son testigos privilegiados. Brindo por la ternura y la bondad que se esconde bajo ese vozarrón de fiera o de barítono de ópera italiana con el que lo mismo manda ”a tomar polulco” al policía que acaba de multar su coche mal aparcado, que llama “¡cromu!” a una moza guapa que cruza la calle y resulta digna de tal piropo. Brindo por como presume de ser padre y abuelo, por su capacidad para dar la cara por los suyos, por seguir adelante a pesar de que la dureza del camino y por hacerlo sin quejarse, sin dar que hacer, sin amargar la vida a nadie, haciendo del humor (a veces del humor más negro) el salvavidas con el que él y los que le rodean se mantienen a flota.

Brandy pertenece a la vieja y casi extinta estirpe de los playos que disfrutan aún de la tertulia, la sidra y la baraja, de la discusión venga o no venga a cuento, de la risa con los amigos, del arte de perder el tiempo en buena compañía. La pasta de la que está este Brandy de solera, la pasta genérica de que salió este tierno duro como pocos, este duro del oeste capaz de soltar una lágrima ante la desgracia del prójimo más débil, debería ser conservada en alguna cámara de alta seguridad para inocular una pizquina a cada niño que nace a este mundo donde lo que se lleva cada vez más es la indiferencia y la gilipollez. Un poco de “brandysmo” es el antídoto perfecto para vivir con algo más de elegancia y de capacidad para hacer que la vida de los otros y la de uno mismo sea menos complicada, menos la almidonada, más vivible.

Brindo por Brandy, por el musolari más impertinente y babayu de la mesa que, acabada la partida, hace que sus rivales lloren de risa con su última ocurrencia, como por ejemplo la de hacerle una foto a un camarero de Casa Justo que arregla el aire acondicionado del chigre subido en una silla colocada a su vez sobre una mesa. Título de la foto, según Brandy: “la cabra actúa hoy en Casa Justo”. Levanto la copa que no levantará el Sporting por el Brandy que es uno de los más ácidos, certeros y peleones críticos deportivos de esta ciudad. Brindo por quien tiene bastante con una palabra para dejar en evidencia a los gilipollas, tan abundantes desde siempre.

Brandy de gran reserva es este gijonés que está más dispuesto a la consolar la desgracia ajena que a quejarse de la propia. Es ese amigo que, como canta Serrat, pertenece a la clase de aquellos a quienes “si les roza la muerte disimulan, que para ellos la amistad es lo primero”.
Gracias, cromu, chaval, grande. Gracias por dejarnos aprender de ti que la vida es un chiste y que solo entendiéndola así podremos decir que hemos vivido.