Veraneos 8

Le gusta mucho escuchar la “Fanfarria para un hombre común” cuando vuelve a casa en el Audi oficial al final de la jornada. Esa música amplia, épica,  llena de metales limpios y percusiones compactas contrasta con su carácter gris, con su perfil ausente, huidizo, con su tono de voz monocorde y su expresión facial casi inalterable, algo enfermiza o fúnebre y sin matices. Él, piensa mientras ve pasar el paisaje tras la ventanilla del coche oficial, es un hombre común que ha llegado a aparecer en los libros de historia gracias a la política. Y se lo había labrado sin estridencias, desde la trastienda, a base de ser un segundón que, como los buenos karatekas, ha sabido usar la fuerza del adversario para dar sus propios golpes. Su forma de ser es la de un hombre común no la de un líder; le cansan las campañas políticas, dar besos y abrazos a desconocidos que igual ni te votan, andar por ahí  horas y horas perdiendo el tiempo. No tiene la sonrisa fácil, ni la cordialidad ni la verborrea de otros, pero al final ha conseguido lo mismo que ellos sin desgastarse, ofreciendo esa imagen de joven promesa sin estrenar a pesar de acercarse ya a la edad del retiro, algo que en los partidos políticos recibe el curioso nombre de “renovación”. Lo supo desde el inicio de su carrera: discreción, silencio y arrimarse a quien corta el bacalao. Ser bien mandado tiene sus recompensas en política y finalmente ha conseguido llegar arriba aunque eso no altere en lo más mínimo su perfil anodino que algunos aprovechan para llamarle vago. ¡Cabrones! Sus mentores se lo dejaron claro desde siempre. “Guaje, tú aguanta y haz lo que yo te diga”. Las cosas le van bien así, poniéndose de perfil ante los follones y navegando a favor del viento haciendo el mínimo gasto de su escaso carisma. Así que cuando este verano tocó cambiar de líder en el partido él no fue menos que nadie y se sumó a caballo ganador. Buscó en Cortefiel las camisas blancas de aldeanu endomingado que ahora se llevan en su partido, y partió hacia congreso escuchando la fanfarria interior que le aventuraba grandes éxitos. Las promesas no se cumplieron, le tomaron el pelo como si fuera un meritorio pero él no hizo un mal gesto porque eso es lo que se espera de alguien que ha basado su carrera en saber estar y, sobre todo, en saber no estar. A estas alturas de la vida ya sabe que el único camino es la aceptación, ponerse a la sombra y esperar hasta que haya que cambiar el color de la camisa y la fanfarria suene de nuevo.


Veraneos 7

Ella había calculado que por cada tres orgasmos de mujer un varón conseguía menos de uno. Para ella el valor de cada relación sexual se calibraba por el número de orgasmos conseguidos y el orgasmo era mucho más que una reacción mecánica. Muchos años atrás había llegado a la conclusión de que un hombre necesita sumar el equivalente a tres clímax de mujer para experimentar un orgasmo masculino decente, y casi ninguno lo consigue. Tres a uno para el “sexo débil”, pensó con una sonrisa. Y es que todo era un problema de conceptos. Los hombres usan el polvo como unidad de medida de su satisfacción, un concepto tan pobre como aburrido que a ella siempre le había recordado el recuento de perdices y liebres abatidas que se hace al final de las cacerías. A estas alturas de su vida ella no recordaba polvos, recordaba orgasmos y en su inventario sexual no había caras, nombres, fechas o tamaños: había sensaciones, experiencias, decisiones acertadas o fallidas vividas en busca de la felicidad. Pensaba ella en estas cosas mientras caminaba por el claustro románico en un atardecer castellano de agosto meditando el Cantar de los Cantares: “bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar”. Esa tarde celebraba su 85 cumpleaños con un breve paseo entre capiteles medievales en los que la lujuria había sido esculpida como un animal salvaje y peligroso. Tenía más de cincuenta años cuando decidió hacerse monja de clausura y cuando entró en el convento ya sabía por experiencia propia que el éxtasis es una moneda de cambio que las mujeres manejan mejor que los hombres, ya sea en la cama o fuera de ella. Al fin y al cabo el éxtasis es la capacidad de disfrutar de la vida en todas sus variables y el sexo es una de ellas. Si Dios tiene sexo será femenino, había pensado desde niña; siempre creyó que el pecado mortal es no disfrutar de la vida y que el amor de Dios se expresa también con el cuerpo. Los místicos que reniegan de su biología siempre le habían parecido inhumanos y aburridos y se negaba a creer que el alma es mejor al margen del cuerpo. Dio gracias a Dios por sus arrugas, sus años y también por sus todos los orgasmos que la hicieron una persona completa, cabal y generosa. Dedicó una parte de su oración vespertina a pedir la paz del mundo, una paz tan intensa como la que se experimenta cuando el cuerpo y el alma sienten a la vez ese latigazo de comprensión, alegría, ternura y confianza sin límites.


Veraneos 6

Un pastor analfabeto y sin dientes descubrió aquel verano en Siberia un enorme agujero que se abría en el suelo como un sumidero siniestro y abismal. El pastor había oído hablar de otros pastores antiguos a quienes se les había aparecido la Virgen María y no tardó en dar parte de su hallazgo a las autoridades por si aquel sumidero de la Tierra tenía algún valor sobrenatural o daba acceso directo a otra dimensión desconocida y eso le hacía rico o santo. Los científicos llegaron en tromba hasta los bordes de la fosa con sus aparatos de medición y teorías diversas basadas en la física, la geología, la deriva planetaria o la tectónica de placas. En un segundo círculo alrededor de la grieta montaron sus campamentos seguidores de sectas más o menos homologadas, visionarios, adivinos, nigromantes, consumidores de peyote y tontilocos entusiasmados y dispuestos a ser los primeros en ver el inicio del Armagedón. Tras días de inútiles conjeturas, de meter en el agujero sondas de alta tecnología para tratar de entender aquel abismo, el pastor que lo había descubierto llegó una mañana al campamento diciendo que él tenía la explicación. Los investigadores y los milagreros dieron audiencia al aborigen. El pastor se limitó a desplegar sobre una mesa el periódico que llevaba bajo el brazo y a poner el dedo índice sobre una foto. En ella se veía el cráneo de un niño palestino perforado por la metralla israelí mientras jugaba en una playa de Gaza. La herida que había vaciado la cabeza del niño como una nuez era una reproducción exacta y en miniatura del siniestro agujero de Siberia. En los informativos de la noche las imágenes de televisión mostraron el fuselaje del avión de Malaysian Airlines derribado sobre Ucrania. Un jirón del fuselaje desguazado y casi todos los cadáveres presentaban agujeros idénticos a la sima oscura del pastor. La Media Luna Roja informó de la aparición de una plaga de llagas que afectaba a todos los habitantes de un campo de refugiados sirios. Cada herida reproducía al detalle la boca del enigmático agujero. El pastor volvió un amanecer a la sima ya abandonada por fanáticos y científicos. Tumbado en el suelo al borde de su abismo, asomó la cabeza y escuchó con atención.Volvió al pueblo horrorizado y juró haber oído subir desde lo más profundo de aquel abismo un rumor ciego que condensaba todo el dolor, el miedo y el mal de este planeta.


Veraneos 5

Parece ser que la confianza del empresariado español en la recuperación económica comienza a crecer. La noticia publicada de forma muy destacada en un diario de los de color salmón venía ilustrada con unos diagramas muy serios y líneas quebradas que daban solvencia científica a algo tan etéreo como la confianza. Si le preguntasen a él cual era en este momento su nivel de confianza en la economía nacional e internacional no sabría expresarlo con un diagrama de barras. En su manera de entender las cosas la confianza es un sentimiento, una cuestión de fe que tiene poco que ver con la aritmética, como si un teólogo pudiera demostrar la existencia de Dios a base de hacer números. A pesar de todas estas reflexiones que a él le parecían bastante sensatas, la noticia sobre la confianza del empresariado era comentada exahustivamente y en términos muy favorables por varios expertos en análisis de coyuntura que posaban en las fotos cuidadosamente despeinados, luciendo gafas de diseño y trajes de Emidio Tucci. Todos ellos coincidían en opinar que un empresariado confiado es fundamental para mirar al futuro con fe. Junto a sus opiniones autorizadas y las gráficas de marras aparecían frases entrecomilladas de varios banqueros clásicos, presidentes de consejos de administración nombrados por este Gobierno o anteriores y, en general, tipos muy bragados, capitanes de la industria y las finanzas que siempre salían de las crisis con más millones de los que tenían al entrar. En fin. Se limpió el culo con la página del diario económico que le había ilustrado durante su deposición y tiró de la cadena. En el váter del albergue municipal en el que comía a diario ese verano desde que quedó en paro se había terminado el papel higiénico hacía varios días y solo quedaba la opción de limpiarse el esfínter con papel de prensa. Se subió los pantalones y salió raudo hacia la cola del comedor de caridad en la que pudo constatar un día más que el grado de confianza en la economía de los empresarios españoles no tiene nada que ver con la de quienes esperaban allí su bocadillo de mortadela rellena de desesperanza.


Veraneos 4

Leyendo biografías había llegado a la conclusión de que para ser un artista de prestigio era necesario ser un maldito: alcohólico, mujeriego, homosexual, misántropo, suicida o todas esas cosas a la vez. Tras años de escribir sin éxito todo tipo de piezas literarias determinó que no había otro camino que la rareza para llegar al Parnaso. En su palmarés solo figuraba un segundo puesto en el concurso de redacción de Coca Cola y un accésit en el certamen de cuentos de una caja de ahorros hoy intervenida por Hacienda. Se le había pasado el arroz para ser una joven promesa, en las tertulias literarias era un cero a la izquierda, las editoriales le devolvían sus originales sin haberlos leído,  y a fuerza de abrazar con idéntica pasión la línea editorial de periódicos de extrema derecha y de extrema izquierda con tal de seguir en el candelero, sus artículos de opinión (sic) eran calderilla. De modo que ese verano decidió hacerse un maldito, tomar el atajo para intentar ser un artista. Probó primero con el alcoholismo. Había leído que muchos grandes escritores y pintores desayunaban cazalla y seguían trasegando al mismo ritmo hasta ver ratas por las paredes mientras escalaban hacia las cumbres de la creación. Pero él no era Baudelaire ni escribiendo ni bebiendo y aunque con un par de copas tenía cierta agilidad mental y vomitaba sentencias vitriólicas, su paso por el alcoholismo devengó una cuenta de gastos con vistas al abismo y una pancreatitis crónica. Sus intentos por ser mujeriego le dejaron como saldo dos palizas de otros tantos novios celosos además de varias denuncias por acoso. Si en la heterosexualidad las cosas la iban fatal, no merece la pena explicar cómo salió todo cuando quiso ejercer de bisexual y homosexual. Cero. Así que llegó a la conclusión de que era mediocre hasta para ser maldito y decidió que el suicidio sería el camino recto. Dejó un soneto mal rimado a modo de despedida y lanzó al vacío desde el quinto piso. Lo malo de vivir en una vivienda social es que en verano los tendederos del patio de luces están llenos de ropa. Quedó colgado de uno dos pisos más abajo y se rompió tres vértebras, pero ahora, en el sanatorio mental donde le han metido sus hermanos, pasea una aristocrática cojera y gana siempre al parchís. Los otros locos le llaman “el artista”.


Veraneos 3

 

Sacó la camilla con el cadáver por el ascensor de servicio y avanzó hacia su sala de trabajo. Era una chica joven, un accidente de tráfico de los muchos que hay cada verano. No era su primer muerto, pero para él seguía siendo toda una responsabilidad. No por miedo, qué va, a él no le daban miedo los muertos; lo que le preocupaba era hacer un buen trabajo. Cuando se quedó en el paro hizo un curso de tanatopraxia. Fue el primero de su promoción y recogió el diploma de tanatopractor con la misma ilusión que si fuera un doctorado de Oxford. Le daba igual el pitorreo de sus amigos, que le llamasen Sinué el Egipcio o Jack el maquillador. Le importaba poco espantar a casi todas las chicas que había conocido cuando en la primera cita le preguntaban a que se iba a dedicar. “Tanatopractor”, soltaba él en tono rimbombante, con el mismo orgullo que si estuviera diciendo “neurocirujano”. Algunas salían corriendo. Otras se hacían las interesadas pero jamás volvían a aparecer. Las menos volvían a llamarle para que retocase bien a su abuela recién fallecida. Para él, ese favor personal que le pedían era más importante que una segunda cita. Maquillar muertos tiene sus ventajas, pensaba. No es necesario darles conversación, el lugar de trabajo está refrigerado y eso viene muy bien en verano y, sobre todo, el manejo del maquillaje y los pinceles le da a uno un poder extraño sobre la muerte al conseguir una especie de prórroga para el cadáver a base de peine y colorete. Había puesto a los muertos dentaduras postizas, ojos de cristal, pendientes, amuletos y hasta brazos de goma. Conseguía que alguno, sin falsa modestia, tuviese mejor aspecto de muerto que cuando estaba vivo. Mirando las caras plácidas de sus clientes estaba convencido de que la muerte no era tan mala y solo por eso ya merecía la pena pasarse la vida tan cerca de ella. Cerró la puerta, frenó la camilla y levantó la sábana. No es posible: es ella, es Clara, la única chica que no se rió cuando le dijo que era tanatopractor. Había muerto esa noche en un accidente de moto. Casi llora, pero se sobrepuso. Se puso los guantes, cogió los materiales y decidió que “su” Clara sería la muerta más guapa del tanatorio, su novia aunque fuese novia cadáver.

 


Veraneos 2

Mientras limpiaba con veneración el polvo que se había posado sobre aquel piano de cola Steinway & Sons pensó en la hija adolescente que había dejado al otro lado del Atlántico para venir a buscarse la vida en España. La niña sí que tocaba bien y sí que le sacaría partido a aquel instrumento hermoso, negro y carísimo que reposaba en el centro del salón con vistas al jardín y que nadie tocaba ya salvo el afinador. Una vez había escuchado decir a la señora de la casa que el Steinway costaría ahora más de setenta mil euros. ¡Setenta mil euros! Con un sueldo de apenas quinientos euros como limpiadora ella necesitaría trabajar una vida y no comer para poder comprarlo. El sol de julio caía a plomo sobre las hamacas aburridas y alineadas frente a la piscina del chalé. No había nadie en casa y ella estaba agotada después de sacarle brillo a tantos muebles, a tanta plata y a tantos suelos, así que se sentó en el taburete de cuero ante el teclado del piano cerrado, apoyó los codos sobre la tapa del teclado, colocó la cabeza sudada entre las manos y recordó. Ella también había tocado el piano cuando fue niña -hace siglos, pensó- mientras sus padres pudieron permitirse pagarle algunos cursos de piano, solfeo y armonía hasta que la crisis y las dictaduras acabaron con todo. ¡Qué placer hacer salir música de aquellos viejos pianos de pared del conservatorio provincial! Recordaba a su viejo hipnotizado escuchando discos de Richter, Brendel o Arrau interpretando a Chopin, Beethoven o Bach. Ella tuvo que dejar de hacer dedos en el teclado para ejercitarlos con las bayetas y los plumeros. Luego pensó que España sería la solución. Volvió a la realidad y se vio reflejada en el cristal de una de las vitrinas del salón, sentada ante el Steinway mudo con su uniforme rosa y blanco de limpiadora sudaca, su pelo recogido y sus guantes de goma. “La fregona que sabe solfeo”, murmuró mientras se quitaba los guantes con media sonrisa. Sin darse tiempo para la duda, levantó la tapa y sintió como su cuerpo crecía ante las teclas, como sus manos cobraban vida propia y como hasta los pájaros del jardín quedaban mudos cuando ella empezó a tocar “Para Elisa”, el nombre de la hija que la esperaba sentada al piano al otro lado del mar.


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